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Los
cambios que trajo el 2003
Oscar A. Bottinelli
El año
culmina con la consolidación de un significativo
giro en el comportamiento político de la sociedad
uruguaya. El gran giro comenzó hace casi cuatro
décadas y el envión final llegó con
el invierno del año 2002. El primero se comprobó
en las elecciones, el segundo se registró en las
encuestas de opinión pública. Pero con las
encuestas siempre queda una duda, que es cuánto
recogen ellas de verbalización y cuánto
de actitudinal. En particular los perjudicados por las
mediciones guardan la esperanza que la manifestación
oral signifique el desahogo ante el descontento, la frustración
o el golpazo en la cabeza y que, calmadas las aguas, todo
vuelva a su cauce; los beneficiados tienen el temor al
entusiasmo prematuro, a soñar un sueño
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que
quede solo en eso. De ahí pues la conveniente
prudencia con que se acogen las mediciones. Es que
de las encuestas a las urnas existe la distancia
que va del decir al hacer. Y el 7 de diciembre las
urnas fueron el hacer, marcaron que la gente no
solo decía un cambio, sino que actúa
en relación a ese cambio. Giro que si bien
es notorio en el crecimiento de la izquierda, del
Frente Amplio y sus aliados, es más notable
aún en lo que implica de caída de
los partidos radicionales, de ambos en |
conjunto y de cada uno en
particular. Se abre la expectativa de si el 2004 reforzará
este giro o, como es la esperanza manifiesta de los líderes
tradicionales, producida la catarsis y con el auxilio
de una recuperación económica, una parte
de las aguas retornen a la vieja corriente.
Pero este 2003 también produjo un hecho político
que significa un retroceso de escenario para el Partido
Nacional. A mediados del año anterior, la colectividad
blanca descubre la existencia de un esquema letal para
su sobrevivencia. El nacionalismo aparecía subsumido
y desleído en un esquema binario, donde uno de
los dígitos lo constituía la izquierda liderada
por el Frente Amplio y el otro dígito la coalición
de gobierno, cuyo referente principal era sin duda el
gobierno y consecuentemente el partido del gobierno, el
Partido Colorado. Esta fotografía ayudó
y mucho a que la mayoría la ruptura
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de la coalición, entre otras cosas con el objetivo
de restablecer el juego de tríadas, la triangulación
del sistema político. La salida del gobierno
fue reforzada con un juego efectivamente de tríadas,
donde el Partido Nacional en más de una oportunidad
se alineó con el Frente Amplio y en contra
del gobierno, y en otras oportunidades votó
con el gobierno contra el Frente. No solo demostró
que en el país hay tres grandes actores político-partidarios,
sino además que el nacionalismo es el fiel
de la balanza, el que vuelca las decisiones para un
lado o para el otro, y además que es el gran
articulador, el que impide que el sistema se fracture.
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Esta estrategia
fue erosionada primero y agujereada luego por el referéndum.
Es que un acto plebiscitario o referendario es por naturaleza
un acto binario, polarizado: se está de un lado
o del otro, por el SÍ o por el NO, por el verde
o por el amarillo, a favor o en contra de lo que fuere.
Y si hay dos opciones no caben más que dos bloques.
Así fue como el referéndum operó
no sólo como el elemento que permitió consolidar
el giro político, pasar del decir al hacer, sino
además borró todos los esfuerzos nacionalistas
por romper el esquema binario. De un lado estuvo el Frente
Amplio y sus aliados. Del otro el Partido Colorado más
el Partido Nacional, en una reedición de la coalición
de gobierno.
Pero la
simplificación de la fotografía operó
no sólo contra el Partido Nacional sino también
contra el Partido Independiente. La búsqueda de
un espacio
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al de los tres grandes partidos, el del cuarto espacio,
resulta en este país una tarea azarosa. En
las últimas cuatro elecciones ha habido un
cuarto partido en el Parlamento y en tres de ellas
en esencia fue siempre un partido diferente, aunque
también siempre con algo (mucho o poco) del
anterior. Pero en este quinquenio esta tercera experiencia
de cuarto espacio llegó a su fin; se partió:
una parte, la mayoría desde el punto de vista
de las autoridades partidarias, giró hacia
la izquierda y conformó una asociación
con el Encuentro Progresista-Frente Amplio que en
los hechos deviene en una incorporación a
uno de los bloques frenteamplistas, el liderado
por Mujica. El otro grupo, que representa la |
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mayoría de los legisladores
del Nuevo Espacio, sin liderazgo nítido, con pérdida
de la marca de origen, debió navegar a la intemperie.
Y al navegar no siempre se encuentra el rumbo con facilidad.
Al principio por decisión propia apareció
muy cercano a los partidos tradicionales y a la coalición
de gobierno, lo que dio la imagen de que el Nuevo Espacio
se partió en dos con dos rumbos: una hacia la izquierda
y otro hacia el bloque tradicional; esta imagen fue reforzada
con la presencia en el gabinete ministerial de un afiliado
al flamante Partido Independiente y mucho más todavía
cuando una de las tres figuras clave asume un importante
cargo de confianza política del gobierno. El P.I.
vio el
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a tiempo y desarrolló una estrategia de separación,
de corrección de lo que podía ser
una ilusión óptica, enfrentó
a las colectividades tradicionales mediante exitosas
denuncias e investigaciones, y buscó la equidistancia
entre frenteamplismo y partidos tradicionales. Cuando
estaba logrando el efecto deseado, el referéndum
lo arrincona y lo junta con ambos partidos tradicionales.
El Partido
Independiente participó en la redacción
y votación de la Ley de ANCAP, y con coherencia
salió a oponerse a su derogación.
Pero la coherencia política le significó
sufrir los efectos de la simplificación política
que supone un |
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referéndum. Este
es el otro cambio que produjo el final del 2003 y que
lleva que tanto un partido grande como un partido pequeño,
deban enfrentar el 2004 con bastante terreno perdido en
la lucha por la imagen.
Pero quizás
el cambio mayor que trajo este año es que la elevada
probabilidad de triunfo de la izquierda apunta a desplazar
el foco de la atención. Para la gente, más
importante que lo que hizo o dejó de hacer este
gobierno, o estos últimos gobiernos, es lo que
puede pasar en el futuro. En definitiva, ahora pasa a
ser más relevante la expectativa sobre la propuesta
que la crítica al pasado. Y este es el gran desafío
que los efectos del 7 de diciembre ponen sobre el Frente
Amplio y sobre Tabaré Vázquez: la exigencia
de mostrar con mayor precisión cuál va a
ser el rumbo, cuáles van a ser las propuestas,
qué es lo esperable de un gobierno de izquierda.
Y las incógnitas a despejar son muchas y muy importantes.
Publicado
en diario El Observador
diciembre 26 - 2003
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