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ENCUENTRO
GARDELIANO
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Walter
Celina
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Con
motivo del Día Internacional de los Derechos
Humanos y en ocasión de un nuevo aniversario
del natalicio de Carlos Gardel, la convocatoria
fue a un encuentro en Tacuarembó. Asistiríamos
a una exposición reivindicatoria de la
identidad de nuestro máximo cantante y
rendiríamos un tributo a la viva memoria
de la más grande voz popular de la lengua
hispana.
Si bien desde Venezuela el Dr. Israel Álvarez
de Armas debió diferir -con su ausencia,
motivada por razones de fuerza mayor- una exposición
con más pruebas, concurrentes a demostrar
la distinta identidad del francés Charles
Romuald Gardés y la del
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rioplatense
Carlos Gardel, expertos pusieron arriba de la mesa conclusiones
antropológicas relevantes.
Al mismo tiempo, hermanos argentinos y uruguayos subrayaron,
una vez más, la vigencia de su adhesión
al Zorzal Criollo y a los perfiles de la música
que nos representa: el tango.
Fue así que compartimos una misma mesa de labor,
porteños, montevideanos, litoraleños de
ambas bandas del Río Uruguay, con amigas y amigos
tacuaremboenses.
ENTRANDO
EN MATERIA
Las casi distantes investigaciones del periodista Erasmo
Silva Cabrera y las posteriores indagatorias del Dr. Eduardo
Payssé González, del Arq. Nelson Bayardo
y otras talentosas personalidades del tango, afirman -más
allá del vigoroso enraizamiento de Gardel en la
cultura criolla-, la esencialidad de una identidad que
surge, se amasa y nutre en nuestros propios espacios geográficos.
Un chico, presuntamente “toulousiano”, que no domina ni
tampoco pronuncia bien el francés, desde luego,
no podía tener la nacionalidad europea que le fue
atribuida.
A su vez, un francesito -hijo de Berthe Gardés-
exhibe cualidades propias y distintivas.
¿Cuáles
eran? Una excelente escolaridad y, al parecer, aptitudes
escasas para el canto y una conducta con baja puntuación.
Cabe decir que allí, donde las huellas del tiempo
parecen perderse, la visión de gente asociada a
distintas disciplinas, va derribando muros y posicionando
focos en sitios con penumbras y oscuridades.
ESTUDIO
ANTROPOLÓGICO DEL 2001
Muy brevemente, relato que estaba en posesión de
un estudio formulado, en julio de 2001, por el Lic. Horacio
E. Solla, antropólogo forense, miembro del American
College of Forensic Examiners.
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A
su consideración se sometieron varias fotografías,
a saber: A) De un niño de edad escolar y
un adulto uniformado (corresponderían a Charles
Romuald Gardés, hijo natural de Berthe) y
B) Dos más, correspondientes a Carlos Gardel.
Una de joven y otra de adulto.
Tras realizar superposiciones, cortes sagitales,
mezclas y comparaciones digitalizadas por computadora,
etc., atendiendo contornos craneanos, pabellones
auriculares y otros elementos inherentes a los rasgos
fisonómicos, se concluyó que se trataba
de “dos individuos diferentes”.
Lo que en un momento fue “verdad oficial”, sostenida
por publicaciones que presentaban a un Gardel (o
Gardés) único, ahora el instrumental
forense revela que se trata de dos personas, bien
distintas.
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Más
todavía. Atendiendo las fotografías que
corresponderían a Charles Romuald Gardés,
la similitud detectada llega al orden del 75%. Se trata
de las concordancias entre un escolar y alguien adulto,
con vestimenta militar, al que la Sra. Berthe Gardés
hizo pasar por el Carlitos nuestro, cuando, en realidad,
se trataba no del niño “adoptado”, sino de su propio
hijo. Aquel que la señora Gardés tuviera
en Francia, cuando Carlos estaba en suelo uruguayo, seguramente
pisando las calles del Barrio Sur, en Montevideo.
CORROBORACIONES
ACTUALES
Ahora bien. En el encuentro gardeliano de Tacuarembó
se conocieron nuevos elementos, los que van en refuerzo
del estudio que acabo de citar.
Se trata de otro concluyente análisis, formulado
por el Dr. Horacio E. Solla y dirigido al Dr. Héctor
Bello, compatriota de vasta trayectoria al servicio de
la música platense. Las conclusiones fueron adquiridas
hacia fines de agosto último.
También, la poetisa argentina del lunfardo, Sra.
Martina Iñiguez, aportó datos ampliatorios
que refieren a la escolaridad de Charles Romuald Gardés,
arrojando más luz a los estudios de la investigadora
Guadalupe Aballe y al reforzamiento de las tesis del Dr.
Eduardo Payssé González.
MÁS
SOBRE LA IDENTIDAD DE GARDEL UNA PERSONALIDAD RELUCIENTE
TRASPASA LA “CULTURA BÁRBARA”
Las sociedades platenses, tras de acceder primero al estatus
formal de países independientes, debieron después
ir plasmando los contenidos de su sensibilidad, en un
tránsito que Barrán ha denominado como de
un abandono progresivo de la “cultura bárbara”.
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Seguramente
que la peripecia infantil de nuestro Carlos Gardel
entronca con un mundo asediado por los rasgos de
un primitivismo que hoy nos parece absurdo. En el
camino de las ineluctables transformaciones, ese
universo daba pasos hacia su caída pero,
aún, no desaparecía.
El Código Civil uruguayo fue precedido por
un informe de una Comisión Revisora, que
se expediera en 1867, quedando sancionado como la
Ley N° 917, durante el denominado Gobierno Provisorio
Dictatorial de Venancio Flores.
Dicha legislación reguló la propiedad,
la forma de heredar, los contratos -que dan regularidad
a los negocios- y un serie de capítulos más,
relativos a las personas, para citar lo más
significativo.
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En
cuanto a las personas dicha normativa va a establecer
qué es estado civil y cómo se prueba; cómo
se constituye el matrimonio y cuáles son las responsabilidades
emergentes; la paternidad y la filiación, incluyendo
el derecho del hijo a contestarla o reclamarla; los hijos
naturales y maneras de proceder a su reconocimiento y
otras especificaciones.
El Código de Tristán Narvaja aparecía
como un instrumento para un estado social que todavía
continuaría prevaleciéndose de anacrónicas
modalidades.
Comenzando el siglo XX, con el acento de las presidencias
de Batlle y Ordóñez y la potenciación
de las ideas de justicia -enarboladas por el movimiento
de obreros, trabajadores, científicos y políticos-,
las prácticas bárbaras se trocarían,
merced a corrientes humanísticas pujantes, que
pulsearon y abatieron a las fundadas en la conmiseración
y la moral pacata. La nuevas corrientes iban al encuentro
de los derechos del hombre y del niño.
Los que Carlos Gardel no conoció. Él, como
tantos, soportó su vulneración. Él
como pocos, pasó frente a los infortunios de su
niñez estoicamente, como si no los hubiera padecido.
Todo ello arroja luz sobre una faceta que habla de su
altura moral, de su enorme inteligencia natural y capacidad
para forjar las cualidades de su indiscutida grandeza.
La legislación constitucional uruguaya, la que
arranca en 1918, como la inmediata siguiente, del 34,
y las de los Códigos Penal y del Niño de
ese año, reforzarían -con más “agiornadas”
nociones- la protección de los derechos básicos
de las personas. No mencionamos ya otros aportes de la
legislación nacional, ni los Convenios Internacionales
del 48 y del 89, suscritos por el Uruguay.
Es pues, por estas consideraciones, que podemos entender
como una cuestión atinente a los derechos humanos
el item relacionado con la ocultación y sustitución
de la verdadera identidad del máximo exponente
del tango y del canto rioplatense.
EL
MÁS RECIENTE ESTUDIO ANTROPOLÓGICO
En el encuentro gardeliano de Tacuarembó tomé
conocimiento del último estudio antropológico
sobre Carlos Gardel. Está fechado el 26/VIII/2003
y rubricada su copia por el Dr. Horacio E. Solla, a quien
me he referido en nota anterior.
Su dictamen es concurrente en cuanto a conclusiones con
otro del año 2001.
Indica
ahora el forense que en el análisis facial “se
compararon y estudiaron fotografías” para saber
“si existen correspondencias fisonómicas significativas”
a nivel “de ojos, nariz, boca y, especialmente, del pabellón
auricular”.
Conviene indicar que, en lo principal, se trata de dos
fotos, ampliamente difundidas, respecto de las cuales
se sostuvo que correspondían a Carlos Gardel. Una,
es de un niño, en período escolar; la otra,
de un adulto con barba y bigotes, que viste uniforme.
Los estudios fisonómicos primarios advierten, para
la primera foto, conformación de cara oval, barbilla
fina, labios más bien gruesos, nariz fina y algo
pronunciada, atendiendo a los prototipos de Comas y Saller.
Para la segunda foto la coincidencia es plena con la anterior.
Se comparó la cara del niño con la del uniformado,
mediante cortes sagitales y mezclas digitalizadas de computadora.
Hubo confrontación de los pabellones auriculares
izquierdos (únicos visibles).
Los resultados obtenidos establecen “coincidencias muy
significativas en puntos clave de la cara”, mostrándose
“una gran similitud entre los contornos de la cara en
general, nariz, labios, forma de mentón”. Igualmente
las coincidencias vuelven a repetirse en “los dibujos
y formas de los pabellones auriculares”. Con esta precisa
anotación del especialista: los mismos “adquieren
su morfología definitiva e inalterable luego de
los 4 meses de vida”, con el agregado que “son diferentes
en todos los individuos, al igual que las huellas dactilares”.
Las coincidencias fisonómicas a juicio del perito
son importantes “desde el punto de vista antropológico”,
situándose en el 70%.
CONCLUSIÓN
DE CONCLUSIONES
El “Carlos Gardel” presentado por Berthe Gardés,
otras personas y algunas publicaciones, no es nuestro
ídolo. Se trató de una falsificación,
en virtud de la cual la susodicha mujer se valió
de la estratagema de superponer al hijo que tuviera en
Francia -Charles Romuald Gardés-, sobre la identidad
del Carlos Gardel rioplatense. Sobre fotos no claras,
que acusaban el andar de los años, pudo perpetrarse
una suplantación temporaria, de corto vuelo histórico.
Un cotejo prolijo, con nuevo instrumental y modernas técnicas,
determinan que las dos personas analizadas por sus rasgos
se corresponden entre sí. Charles Romuald Gardés
sirvió en el ejército de su país,
no así Carlos Gardel, que nunca vistió uniforme
militar. En consecuencia, el niño de la primer
foto -que se quiso hacer pasar como la del cantor de cantores-
no fue otro que el hijo de Berthe Gardés, un infante
aplicado, que obtenía buenas calificaciones. Los
rasgos de este y del uniformado resultan coincidentes
en una proporción altísima.
El Gardel único e inmortal es el niño de
Tacuarembó, el “guachito”del Coronel Escayola,
el que vagó por estancias al norte del Río
Negro y habitó en el Montevideo Sur; el que vivió
y creció respirando el cosmopolitismo de la gran
Buenos Aires. El que allí cantó y gozó
de las mieles de la fama. El que no renunció a
su patria de origen, ni negó su “pago chico”.
Deshilado el velo que cubría un aspecto trascendente
de su intimidad, sentimos que la verdad va saldando una
deuda de justicia, sobre la que ni la adulteración
ni el olvido pudieron triunfar.
Por eso el Zorzal Criollo, liberado de las ataduras que
le impusieran, se lanza a nuevos vuelos, con sus canciones
magistrales, para decir que el tango vive.
Dueño de sí y de su historia más
plena, transita por las calles que silban sus canciones
y es anfitrión en los pequeños y grandes
escenarios en que la vida se representa.
No es extraño pues, que a diario se asome para
buscarnos, con amistosa sonrisa y voz imperecedera.