GUERRA E INFORMACION: Romper el
hechizo
Roger Lindo
¿Quiere estar bien informado sobre la guerra?
Apague el televisor.
Lea los periódicos, cuantos
pueda (y libros). Aprenda a valerse de la internet: la red ofrece acceso
a decenas de periódicos de todas las regiones del planeta. Algunos
de ellos pueden ayudarle a ensanchar su visión del mundo, a ahondar
en las raíces del conflicto. Recuerde: una de las primeras víctimas
de toda guerra es la verdad. En esta época de reporteros encamados
-embedded- con las unidades militares que están en el frente,
hay que aprender a distinguir entre periodismo y propaganda.
La manipulación de la opinión
pública es tan antigua como la guerra. Bonaparte la consideraba
factor esencial de su proyecto de poder y de sus campañas: Haced
imprimir algunos escritos con habilidad para desmentir la marcha de
los rusos... Trabajad un poco más para mantener la opinión
pública. Decid a los redactores que, aunque esté lejos,
leo los periódicos; que si continúan en este tono les
despediré. Encargad algunas caricaturas. Eran
sus instrucciones a Joseph Fouché, primer ministro y jefe de
la policía secreta bonapartista. Es una regla del poder: hay
que destacar los descalabros del enemigo y magnificar los triunfos propios.
Y si es necesario, mentir, mentir, mentir, como profesaba Goebbels.
Esto lo saben tanto Sadam Husein como la Administración Bush
y sus publicistas.
No nos equivoquemos: los medios
noticiosos son utilizados, más de lo que ellos se imaginan
decía en estos días Lucian K. Truscott IV en el New York
Times. Es dudoso que los reporteros encamados que conviven con la tropa,
que se alimentan de sus raciones y dependen para su sobrevivencia de
sus armas, puedan ser independientes. No lo son. Y siendo incapaces
de tomar distancia de la fuerza a la que acompañan, ¿no
los convierte esto en propagandistas? La verdad, a pesar suyo sería
muy difícil que fueran otra cosa.
En realidad, el problema no está
en los corresponsales, sino en los medios para los cuales trabajan.
Algunos de ellos, como la derechista Fox (cuyo propietario, un australiano
nacionalizado estadounidense llamado Rupert Murdoch, hizo su fortuna
dispensando enormes dosis de amarillismo) tienen por norma apoyar a
la derecha política estadounidense. Está en su interés.
El martes, nada menos, una reportera de Fox repetía la especie
de que ciertas instalaciones descubiertas por los invasores anglo-estadounidenses
en el sur de Irak, podían estar vinculadas con armas
químicas. Se trata de una bola que originalmente echo a rodar
un reportero encamado del Jerusalem Post. Varios medios la retomaron
y la hicieron correr a su vez. El Pentágono la desmintió
hace tiempo, pero Fox todavía la repite.
A otros no les basta con ser portadores
de propaganda. Generan además el hecho noticioso que devendrá
en material propagandístico. Paul Krugman, columnista habitual
del New York Times, desveló que fue una estación radial,
KRMD, la que maquinó un reciente ritual en Louisiana en el que
una turba destruyó una pila de discos de las Dixie Chicks. ¿Que
dio origen a este celo inquisitorial, que evoca las piras de libros
perpetradas en la Alemania nazi? El hecho que Natalie Maines, la cantante
principal del grupo, osara criticar al presidente Bush. Resulta, dice
Krugman, que la radio de marras pertenece a Clear Channel Communications,
una hidra con 1,700 estaciones de radio -250 de ellas en Mexico, Australia,
Nueva Zelandia y Europa- con sede en San Antonio, e íntimamente
conectada con los Bush y su fortuna. Asegura que la mayor parte de las
manifestaciones pro guerreristas organizadas en estos días se
gestaron en estaciones afiliadas a Clear Channel.
Por supuesto, para enterarse de lo
que está ocurriendo, no basta plantarse frente a un tubo y dejarse
bombardear por haces de medias verdades. La verdad no viene a uno. Hace
falta salir en su busca.
Afortunadamente, se ripostará,
vivimos en un país bendecido por la libertad de prensa. En Irak
o en cualquiera otra comarca autoritaria nos cortarían la lengua
por hablar así de la gente en el poder.
Pero la libertad de prensa, aquí
y en cualquier parte, es sólo un bello decreto sin una prensa
libre.
Una sociedad alucinada por la televisión
no puede estar bien informada. Menos en momentos como este, cuando hay
tan poderosos intereses -económicos y políticos- detrás
de esta guerra. Hay que romper el hechizo de la caja mágica.
Hay que oprimir el botón del control del mundo y lanzarse fuera
en busca de la verdad.
Roger Lindo es editor asistente de
la página editorial de La Opinión.