UN
POCO DE LA OTRA CARA
Por:
Walter Amaro - Sydney/Australia
Uno
de los lineamientos a los cuales nos aferramos con mayor
tozudez, es el de no generalizar ni establecer comparaciones
que puedan llegar a ser odiosas, o que despierten un malestar
inesperado en el lector. Esa no es nuestra intención;
aunque a veces no se puedan soslayar ciertos temas que
puedan encender polémicas, o crear situaciones
confusas. El generalizar, invariablemente, puede herir
la sensibilidad de algunos que se puedan sentir erróneamente
aludidos por el tema que se desarrolle. De todas formas,
y en esta nota en particular, trataremos de hilar finito
para que nadie se sienta molesto.
En
nuestro correo de lectores de la pasada semana, una asidua
lectora de Informe Uruguay se confesaba confusa acerca
del relato de una amiga, radicada en el exterior, la cual
le señalaba que su hija "no quiere saber nada
con Sudamérica". Me lo imagino. Por un lado
se encuentra con una persona que no conoce, destacando
cómo aman al país, aún sin conocerlo,
aquellos que llegaron niños, y sus hijos, nacidos
en Australia, y por otro lado esta persona de confianza
desliza en una conversación que su hija no quiere
saber nada de nosotros...
Como me hubiese gustado decirle que se equivoca; pero
lamentablemente está en lo cierto. Algunos jóvenes
no quieren saber nada con Sudamérica, ni con Uruguay,
ni con nada. El punto es el porqué. Y aquí
vuelvo a abrir el paraguas.
Podemos,
estimada señora, ennumerar una cantidad de motivos
para ello. Algunos son entendibles; otros no tanto, y
del resto sólo podemos sentirnos avergonzados.
Todo sienta sus bases en la fortaleza del individuo.
Les dije en el pasado boletín, que nuestro pasado
nos dio la fortaleza necesaria
 |
para
soportar y superar un montón de cosas, inclusive
los horrores de la discriminación y lo humillante
de numerosas situaciones. Fíjese usted que
cuando llegamos no podíamos entender una
palabra del idioma inglés. Supóngase
entonces, tener que recurrir a un ginecólogo
por problemas propios del sexo femenino y no saber
explicarse ni entender lo que le dicen. Imagínese
una |
situación
laboral donde le ordenan realizar una tarea y usted no
entiende cuál. Hágase a la idea de mantener
una discusión cuando pisotean sus derechos o rechazan
su origen o se mofan de usted o le dicen simplemente que
usted es un WOG (juego de palabras en siglas, con la que
intentan decirle que se es un sucio inmigrante que está
de más en este país, como claro signo de
rechazo) y usted no maneja más que 20 0 30 palabras
en esa lengua.
Créame estimada amiga que se lloró mucho
al llegar a casa luego de jornadas de 14 a 16 horas de
trabajo. Llanto de impotencia, de rabia contenida... de
frustración... de amargura...
Hoy
es diferente. Hoy día se han superado esas etapas,
y la legislación contempla la igualdad de derechos
en los más mínimos detalles para que nadie
se sienta avasallado o marginado o tal vez discriminado.
Pero han quedado huellas. Posiblemente, la hija de su
amiga sea una de esas ojeras del pasado.
Como contrapartida, recuerdo por ejemplo la hija de mi
amigo Pedro, le cuento como anécdota, que ella
fue separada del grupo de sus compañeras de clase,
en la escuela, puesto que en una pequeña fiesta
de grado no llevó ningún confite para compartir
como deberían hacer las niñas en ese día.
Lo que se les olvidó es que la mocosa no entendía
el idioma; sus papás no tenían ni un centavo
para comprar tortas, y Lucía sólo tenía
8 añitos. ¿Cómo piensa que se criaron
estos chicos? Duros por supuesto... pero con valentía,
tratando de superar cada etapa con entereza mientras hacían
respetar sus derechos... Todavía hoy, mientras
caminan por pobladas avenidas o concurridos "shoppings",
nuestros niños y jóvenes hablan español
porque no se avergüenzan de su origen ni su pasado.
Otros no pudieron resistirlo...
Varios
de nuestros menores optaron por silenciar su origen, tratando
de hacerse pasar por australianos para no sufrir discriminaciones.
Fueron, en otras palabras, derrotados por una debilidad
cuestionable. Cuestionable porque hasta sus padres comenzaron
a querer hablar el idioma de Shakespeare con sus hijos,
atacados por el mismo síndrome; cuestionable porque
cuando otros vieron que sus hijos perdían apego
por sus raíces, lengua y costumbres, se sometieron
a la impasividad de tolerarlo, estableciendo diálogos
en un tan cómico como ridículo "spanglish"
que despertaba la hilaridad hasta de los propios. Cuestionable
porque varios "papis" dedicaron más tiempo
al trabajo que al cuidado y educación de sus hijos
rayando en el abandono, permitiendo que se australianizarán
en las partes más conflictiva. Sin embargo, y como
es de imaginarse, en todos lados se cuecen habas, y varios
hogares, a pesar del esfuerzo de los padres no pudieron
superar el carácter de algunos chicos en particular.
Debo puntualizar que algunos niños "mal aprendidos"
optaron por integrarse a la "fácil",
amenazando a sus padres con abandonar su hogar si no se
atendían sus caprichos o se imponía su voluntad.
Finalmente podemos destacar otra categoría que,
lamentablemente, es la de aquellos hijos de resentidos
sociales que achacan al Uruguay las causas de sus males
endémicos y posterior inmigración. Recibiendo
clases de sociabilidad y cultura, en la que lamentablemente
salíamos perdiendo. Despotricando contra el país,
sin aclararle a los menores las diferencias entre éste
y los individuos que lo administran.
Además,
no debemos olvidar que en el exterior se vive en otro
mundo. No intentamos pontificar ni mucho menos, pero aquí
los hijos se pueden "divorciar", si entendió
bien, divorciar de sus padres a cualquier edad, o emanciparse
a la edad de 16 años o llevar a los padres ante
un magistrado si osa aplicarle un correctivo. También
recibe paga semanal por el seguro de paro al cumplir los
16 años por una cifra que muchos uruguayos no ven
en todo el mes...y podría seguir escarbando hasta
hacerme daño en cantidades de por qués.
Pero no vale la pena.
Mejor
me gustaría contarle de aquellos que viajan al
país y luego no se quieren volver; o de los otros,
la inmensa mayoría, aquellos de los que ya les
conté que lloran cuando pierde Uruguay, o que poblaron
por miles el "Aussie Stadium" mientras jugaron
los Teros. De los que bailan folklore, los que zapatean
malambo, los que juegan en equipos de fútbol uruguayos,
los que van a la escuela de candombe, o los que se pintan
para salir en la murga, o los que cada jueves se hacen
presentes en la escuela Artigas para aprender español,
a los que toman mate y comen asado, a los que juegan al
truco y a los que bailan al ritmo de Los Fatales. A los
que llevan en el coche los discos de Zitarrosa y Los Olimareños
y pegan calcomanías con un corazón bien
grande donde dice: "Yo amo al Uruguay", los
que comen torta fritas cuando llueve o se sirven un cortado
en vaso, a los que se juntan cada año un 25 de
Agosto para festejar nuestra fecha patria e izar nuestra
bandera y cantar el himno. A los que hacen campañas
solidarias para ayudar hospitales, psiquiátricos,
hogar de ancianos y asilos, a los que cada mes, puntualmente
depositan parte de su sueldo para ayudar a comedores y
merenderos infantiles...
Me
gustaría amigos de Informe Uruguay, poder ser más
explícito. Transmitirles mi estado de ánimo
mientras escribo, comunicarme con claridad para contarles
que orgullosos nos sentimos y que tan orgullosos se deberían
sentir ustedes de saber qué y cuanto, nuestros
purretes se interesan por nuestro país, por sus
cosas, por la gente. Esos mismos chicos que llegaron un
día con ciega confianza en el criterio de sus padres
saben de inmigraciones. Saben de apretar los dientes y
salir adelante. Y lo más positivo, saben transmitir
a sus descendientes la calidez que recibieron, y describir
con amor sus costumbres y tradiciones. Son en suma, los
mejores maestros para estas nuevas generaciones de "canguros
orientales".
Tal
vez, como sucede a menudo, ese "no me interesa"
pueda sufrir un drástico cambio cuando aterrice
en nuestro suelo. Cuando deba sacudirse las bolsitas de
plástico que se te agarran de la botamanga mientras
caminás por 8 de Octubre mirando vidrieras, o cuando
se aburra de esperar un "bondi" o se enchufe
en un concierto en la rambla, o descubra la Sinfónica
en pleno 18 de Julio ejecutando tangos, o se llegue a
cualquier sala de teatro, o tenga que hacer olas con las
manos para alejar un "maraño" empedernido
en la playa Ramírez, o se harte de bizcochos, o
se le chorrée la salsa de tomate de la pizza de
La Pasiva, o sepa lo que es una húngara con panceta.
Tal
vez descubra lo simple de nuestra gente. O se asome a
un mundo donde la amistad sincera se codea groseramente
con el hambre. Hasta quizás se anime a chupar de
una bombilla esa agüita verde que ayuda a mitigar
las injusticias, o sepa lo que es sentarse en el cordón
de la vereda a reírse del mundo o en la rueda con
otros pibes de su edad, hacer una colecta para comprar
un paquete de "Nevada". O que se le pasen los
tiempos...que se enteren de que la gente no sólo
está en los shoppings o en las salas de cine, sino
que les puede encontrar a cada paso o en cada esquina
o en cada parada de ómnibus; y que se puede emborrachar
de la simpleza de la gente, esa por la cual escribimos
canciones y fuimos perseguidos, aquellos que con cacerolas
como armas restituyeron nuestra democracia...y tal vez;
sólo digo tal vez, le agarre el mismo síndrome
que atacó a tantos y luego no quiera volver a chamuyar
en gringo y prefiera quedarse, o en su defecto, tratar
de volver una y otra vez para conjugar los mismos sentimientos
que nuestros botijas australianos.
Espero
de corazón, estimada amiga (permítame llamarla
así), que sus dudas se disipen, y que cuando su
amiga visite Uruguay, lo de su hija sólo haya sido
un exabrupto propio de los jóvenes. De no ser así,
y sabiendo que no es el mejor momento del país
para que cambie su modo de pensar, está en usted,
o personas con sus mismas inquietudes que se preocupan
de nuestra imagen, la llave para cambiar estos conceptos.
Hago votos para que esto ocurra.
Nos encontramos en siete días si así lo
disponen los lectores de Informe Uruguay. Hasta entonces