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..SEIS
DE JUNIO... SIETE DE JULIO... SAN FERMÍN (parte I) --
por Graciela Vera
Como siempre que
llega julio, en los tres últimos años desde que vine a España, durante
siete días esperaré cada mañana los encierros de los ‘Sanfermines’.
A
las 7:45 suena el despertador. Sin poder abrir aún los ojos me tiro
de la cama y en forma casi maquinal sigo lo que ya parece haberse
convertido en un ritual: de pasada hacia el baño enciendo en televisor;
mucha agua fría en la cara para despabilarme bien y no perderme
detalle de lo que viene, todavía me queda tiempo para sacar la leche
del frigo, agregarle el café y ponerla a calentar en el microondas;
la pantalla ya trae el bullicio contagioso que atrapa cuando estoy
colocando las rebanadas de pan en la tostadora.
Aún no sé porqué
hago ésto cuando podría desayunar tranquilamente unos minutos más
tarde después de finalizado el espectáculo del día. Pienso que
lo que sucede es que los San Fermines contagian su ritmo y es imposible
utilizar el don de la sensatez.
Me pregunto: ‘¿Si
se fuera sensato, habría alguien que se colocara voluntariamente
delante de los pitones de un toro en carrera?’, y la respuesta es
siempre la misma: ‘No, pero ¡Bendita insensatez que nos permite
gozar y cometer locuras porque de momentos locos se escribe la historia!’.
La fiesta de
San Fermín comienza el día 6 de julio a mediodía con el ‘txupinazo’
el lanzamiento de un gran cohete desde el balcón principal del Ayuntamiento
ante la expectativa primero y la euforia después de miles de personas
que visten la plaza, las calles y la vida toda de Pamplona de blanco,
rojo y negro. El calor arrecia bajo el sol y el brindis se hace
indispensable y bienvenido. Por 204 horas ininterrumpidas, hasta
el 14 de julio, se vivirá la gran fiesta, bailes, corridas, encierros,
beber y comer como consigna...
Recuerdo que siendo
pequeña, en mi querido Uruguay la tonadilla formaba parte de nuestros
juegos ‘... uno de enero...dos de febrero...tres de marzo...
cuatro de abril.... cinco de mayo...seis de junio.... siete de julio,
San Fermín... a Pamplona hemos de ir....’ por entones no tenía
siquiera idea de a qué nos estábamos refiriendo, con la canción
que había dado vuelta al mundo.
Muchas personas
consideran, como lo hacía yo no hace más de tres años, que ésta
es una salvajada, una tradición bárbara. Difícilmente quién no
está dispuesto a abrirse para entender las costumbres del pueblo
navarro, pueda comprender el espíritu de los sanfermines.
España toda es
así, insólita, exótica, una mezcla permanente de lo religioso y
lo pagano, de dolor y alegría, de valientes sensatos y de inconscientes
que sueñan con ser valientes. No es fácil de entender y posiblemente
sean muchos los que nunca lo harán.
Seguro que los
mozos que van a correr el encierro ya estaban en pie cuando se hicieron
oír las dianas del día. Al menos yo no dormiría mucho si mi intención
fuera ponerme pocas horas después delante de los cuernos de varios
toros.
‘Vestidos de pamplonica’
los hombres, y últimamente también alguna mujer van llenando las
calles por donde las bestias serán conducidos en una desenfrenada
carrera hacia la Plaza de Toros. Las camisas y pantalones blancos,
las fajas y pañuelos rojos, zapatillas deportivas que cada vez más
van suplantando a las alpargatas, el elenco de esta puesta en escena
está ya pronto; los únicos que no se preocupan mucho porque no saben
que serán primeras figuras son los toros.
Aunque la fiesta
tiene más de quinientos años de historia, se puede decir que se
puso traje largo cuando el escritor norteamericano Ernest Hemingway
escribió sobre ella, narrándola, recreándola, viviéndola, porque
se había enamorado de ella y la hizo su predilecta por muchos años.
Fue entonces,
cuando ya conocida por el mundo, el turismo comenzó a llegar hasta
convertirse en la gran masificación actual con sus pros y sus contras,
sus defensores y sus detractores.
Desde que estoy
en España he aprendido mucho sobre los Sanfermines, tanto como que
el turista es el gran enemigo de la seguridad durante los encierros
porque llega a ellos generalmente más alegre de lo que sería deseable
y sin dormir, ya que la juerga de la noche suele finalizar cuando
comienzan las actividades de la mañana. Pero incluso su presencia
podría obviarse de no ser que por pura imprudencia puede sufrir
un accidente o provocar que un corredor lo sufra.
He aprendido viendo,
oyendo y leyendo sobre los encierros. La fiesta de San Fermín es
variada, con espectáculos para todos, desde ofrendas infantiles
hasta la procesión en honor al Santo. Hay verbenas, recitales de
rock, de música regional, deportes, cabezudos, fuegos artificiales,
bandas, desfiles e, imposible de obviar, los recitales de Jotas
con su gracia y colorido, pero la televisión me trae en directo
ésto que llamo ‘exótico’, agregaría que único, tan especial que
desde el sur andaluz me transporta y me lleva a participar inmaterialmente
de la ceremonia.
¿Los mozos aún
no han cantado a San Fermín?.... ya están prontos... van a empezar;
es el primer canto, de cara a la imagen del Santo, las manos, con
el periódico hecho un rollo, en alto: ‘...a San Fermín pedimos,
por ser nuestro Patrón,, nos guíe en este encierro y nos dé su bendición...’,
lo repetirán tres veces antes de que se de la señal de largada.
Volvemos a tropezar con esa fe de los españoles, que escapa
de lo convencional.
Las calles, angostas,
que sigue un tortuoso trazado medieval están mojadas por la humedad
de la mañana y por las bebidas que se han derramado durante la celebración
de la noche anterior. No es el piso más seguro para lo que va a
desarrollarse en ellas. El público se amontona sobre paredones,
en balcones, detrás de las altas vallas dobles que cada mañana se
colocan para protección.
Ocho menos tres
minutos de la mañana. Sentada en el borde del sofá siento los músculos
tensos. Soy una más entre los corredores. O soy a la vez muchos
de ellos, ubicada en distintas posiciones, participo desde distintos
ángulos, tantos como me lo permiten las cámaras de la televisión
que trasmiten en directo para toda España y el extranjero.
Cuando vi los
primeros encierros creía que lo que había que hacer era correr delante
de los toros y ganarles. Esa es la errónea impresión que tenemos
los ignorantes.
Los toros son
mucho más veloces que los seres humanos y éstos solo podrían mantenerse
delante o a la par que ellos durante unos poquísimos segundos. Los
más deportistas quizás le aguanten de igual a igual unos cuarenta
o cincuenta metros pero el recorrido del encierro es de 850 metros
los cuales serán completados en unos tres minutos.
Me he ubicado,
en la Cuesta de Santo Domingo, muy cerca de los corrales. Se oye
el primer cohete, el que anuncia la apertura de los portones. Un
segundo cohete avisa que ya están los quince toros en la calle,
son seis toros bravos y nueve mansos.
Salen
muy rápido, asustados, tanto o más de lo que yo lo estoy y eso que
no estoy ni más ni menos asustada que los muchos cientos de corredores
que se extienden a lo largo de la ruta. Es un tramo difícil. Los
toros resbalan a causa de la velocidad que traen; caen en las curvas,
algunas veces varios, unos sobre otros o sobre los participantes.
Son imprevisibles y en muchas ocasiones han arremetido contra algún
corredor o turista que en su interés por obtener una buena instantánea
se ubica en un sitio prohibido por lo peligroso. Los cuernos atemorizan
pero sentirse pisoteado por quinientos kilos tampoco es una sensación
agradable.
Al ver venir la
manada siento todo el vértigo del peligro, ese que creo es lo que
lleva a que tanta gente esté ya corriendo hacia la Plaza. Dos animales
caen pero se levantan rápidamente.
Ahora estoy ocupando
mi segundo lugar. Ésto es un privilegio de quien participa de la
emoción sin dejar la comodidad de su casa. Me encuentro en la calle
de la Estafeta, lo cierto es que en mi anterior ubicación los animales
pasaron a mi lado formando un bloque compacto y sin ofrecer mayores
problemas. Los pastores con sus largos palos no tuvieron trabajo
alguno para dirigir, ni a la manada ni a los imprudentes de siempre
pero ya aquí dos toros se han separado y según dicen, un toro que
se ve aislado puede comenzar a cornear a diestra y siniestra.
Estoy junto a
uno que intenta darse la vuelta. Los mozos que venían corriendo
detrás y al costado suyo se detienen, el animal arremete contra
un hombre que apenas tiene tiempo de deslizarse bajo las vallas.
No me considero muy valiente en estas circunstancias y decido que
lo mejor es guarecerme del otro lado. Hay tensión, algunos corredores
se acercan al toro golpeándolo con diarios. Los pastores tratan
de disuadirlos a ellos de su actitud y también disuadir al toro
de la suya.
Recuerdo que el
año pasado uno de los toros encontró abierta la puerta de una casa
y se introdujo en ella, porque en algunos trechos del recorrido
por esta ruta estrecha las fachadas de las casas son las barreras
naturales del encierro. No fue la primera vez que sucedía algo semejante,
pude ver imágenes de otro toro, subiendo una escalera e intentado
salir por el balcón de otra casa.
La magia del papel
me permite elegir una tercera ubicación para participar de este
encierro. Estoy delante de las puertas de la Plaza de Toros. El
bullicio es impresionante. Ya han entrado todos los animales menos
uno. Viene rezagado, la carrera se ha extendido en más de un minuto
y parece ser que el toro empitonó a un chaval. Los partes de personas
heridas se darán al finalizar el encierro.
Ya está cerca.
Lo sé porque se acerca una marea humana que corre delante, a los
lados y detrás del animal. Todos quieren llegar para entrar a la
Plaza. El toro está asustado, yo diría que aterrado y no es para
menos. Aquí la calle se estrecha y se forma un montón compacto entre
toro y corredores que parecen unificarse en una sola, enorme masa
en movimiento. Algunos mozos caen en el callejón de la entrada
de la plaza y los que los siguen tratan de saltarlos o simplemente
y sin otra opción, los pisan. El toro, por suerte, pasa sobre ellos.
Un tercer cohete anuncia que toda la manada está en el ruedo.
Los pastores tratan
de guiarlos hacia los corrales pero los mozos se han convertido
en improvisados toreros. Al final se logra la tarea y el cuarto
cohete avisa que el encierro de hoy ha terminado.
Mi corazón late
más agitado que de costumbre. ¿Corrí en el encierro o lo vi por
televisión?, no importa si fue lo uno o lo otro, porque de lo que
estoy segura es de que viví este encierro con el mismo fervor que
los mozos que pedían, antes de empezar, la protección del Santo
Mañana habrá
otro encierro. Son siete días más en los que trato de comprender
un poco más a ese pueblo y a este país.
Almería
3 julio 2003
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