VERDADES
QUE QUIERO COMPARTIR
por Graciela Vera
Cuando leí el escrito que voy a transcribir
me dije que no podía atesorarlo sin pecar de egoísta.
Borinquen Literario es un boletín de distribución a través de la red.
En el correspondiente a marzo (año 4 Nº 9) colaboró un escritor con
el que quisiera poder algún día contactar. Su nombre David Sánchez Juliao,
autor de ‘Ahamed, el árabe’.
A él y a Borinquen Literario agradecemos
poder leer esta joya. Yo solo la transcribo.
AHMED,
EL ÁRABE.
Eran tres o cuatro, no recuerdo muy bien, me dijo, mientras buscaba mis
ojos en el espejo retrovisor, pero yo lo miraba a él desde la silla
trasera. Él conducía y yo iba de pasajero y, claro, me sucedía lo que
a uno le sucede cuando entabla conversación con un taxista. Lo había
tomado en el Aeropuerto Kennedy de Nueva York y me llevaba hasta la
calle 33 East de Manhattan. Estaba de prisa. Cuando no la tengo,
acostumbro tomar el autobús hasta Penn Station y de allí, sí,
agarro el taxi a casa. Pero aquel día mi vuelo había llegado con horas
de retraso. Eran tres o cuatro, repitió, blancos todos, wasps,
usted sabe, me atacaron saliendo de un Groceries Store, casualmente
por allí por donde usted va, por la 33 East con Lexington,
yo no luzco muy árabe, usted ve, pero pienso que me oyeron hablar cuando
pedí una cajetilla de cigarrillos. Ah, esto de las torres lo ha cambiado
todo en Nueva York... y en el mundo.
Ya buscábamos el Van Wyck Expressway, es decir, la
Carretera Interestatal 678. Su nombre era Ahmed, me dijo, y había
sido un Ph.D. en ingeniería. ¿Había sido?, le pregunté: Yes, indeed
respondió Ahmed en perfecto inglés--, y por el indeed,
más que por el acento, supe que había estudiado en Inglaterra, pero
¿cómo es eso de que uno puede ser un ex-Ph. D? Pensé que resultaba tan
absurdo como ser ex-escritor. Sí, respondió, al volante del taxi, muy
pendiente de mantenerse en el carril que le correspondía, pese a la
prisa y el descuido de los otros conductores. Sí, claro, insistió, nos
ha pasado a muchos de origen árabe. No sólo a mí. Trabajaba en
una compañía de ingenieros en Manhattan, y con cualquier pretexto en
la semana del 12 al 19 de septiembre nos fueron despidiendo a todos,
uno a uno, pero bueno, ya pasará, nos dijimos y, ¿y?, y usted sabe,
pese a todo... este país es en sí mismo muy recursivo, fui a una compañía
de taxis y, gracias a Dios, pude conseguir trabajo como taxista, ¿a
Dios?, sí, sí señor, si lo quiere saber: soy musulmán. Pese a ser de
donde soy, pues en mi país son más los cristianos.
¿De dónde?
Libanés, soy de Zahle, Líbano, hermosa tierra. ¿Distinción,
dice? No, jamás, aquí no suelen hacer distinciones. Pero... usted no
es americano, ¿verdad?, no, ¿de dónde?, de Colombia, Sudamérica, ah,
entonces sí puedo decirle algo: son ignorantes, ricos pero ignorantes.
Se definen con dos palabras: nuevos-ricos. Me duele mucho lo de las
torres, señor colombiano, ¿sabe?, conocí gente que trabajaba allí, dos
ingenieros amigos, uno árabe y el otro americano, fue doloroso, muy
doloroso, pero eso no les da derecho...
¿A qué?
A tratarnos como nos tratan, ¿ha visto usted cómo nos tratan?,
no, es la primera vez que vengo a Nueva York luego del desastre. Pero,
¿por qué ignorantes, Ahmed? Señor: habría que hacerles claridad, mucha
claridad, a ellos y al mundo. Mire, este país parece empezar a desmoronarse,
tiene que hacer algo para no convertirse en un Supermán senil, ¿me entiende?,
pues esto, lo de las torres, ha sido la primera kriptonita. Ellos
tienen, como los boxeadores, gran capacidad de asimilación, y sé que
lo lograrán. Ojalá entiendan que todos los imperios han caído, todos:
Asiria, Macedonia, Egipto, Roma, Turquía, Austrohungría, Inglaterra,
Francia, Portugal, España, la historia es cíclica, y hay que aprender
de ella.
Tienes Razón, Ahmed, ¿no es cierto, señor?, sí, doctor,
le respondí, y él sonrió al espejo, ya nos mirábamos a través del espejo
retrovisor. Primero que todo no hay que generalizar: a ellos, a los
americanos, les sucede con Oriente lo mismo que les sucede con la América
Latina de usted, señor, sí, le dije, fíjate que hace unos años Reagan
saludó en Bogotá a los habitantes de La Paz, ¿cómo así, señor?, es que
Bogotá es Colombia, Ahmed, ¿y La Paz?, La Paz es Bolivia, oh,
lo siento, señor, no hay problema, doctor Ahmed, y él volvió a sonreír,
no hay problema porque todos en el mundo somos ignorantes, en mi país,
Colombia, no sabemos en qué parte del Líbano queda su hermoso Zahle,
pero aún peor: no somos capaces de responder a la siguiente pregunta:
¿qué capitales tienen Rwanda, Tanzanía, Malasia, Uzbekistán o Bangladesh?
Sí, dijo Ahmed, sobre los Estados Unidos lo sabemos todo porque nuestros
pueblos, el suyo y el mío, son colonias, ¿entonces, doctor?, volvió
a sonreír con lo de doctor, ¿entonces?, pues que me han atacado
a la salida del Groceries porque para ellos los afganos
y los libaneses, o los sirios o los palestinos o los musulmanes chiítas
o los sunitas, o los fundamentalistas o los no fundamentalistas, son
la misma cosa, ¿entiende?
¿Será que todos en el mundo somos ignorantes, Ahmed, y que la ignorancia
genera violencia e intolerancia?
Ahmed guardó silencio, tomó una curva con el cuidado de un ingeniero
y habló, mientras yo empezaba a extrañar en el amplio panorama a distancia
de la querida Nueva York la presencia de aquellas dos torres que casi
tocaban el cielo. Estábamos ya a punto de entrar al Long Island Expressway,
ese largo corredor entre Brooklin y Queens: la Interestatal 495.
Pero, además, volvió a hablar Ahmed, además de esa ignorancia
geográfica, es imperdonable la ignorancia histórica sobre la equivocación
geográfica y étnica en torno a nosotros. Es que, señor, nosotros cargamos
a cuestas seis mil años de historia, ¡y fuimos imperio, señor!, no una
sino varias veces, sí, doctor, y Ahmed volvió a sonreír. Mire:
Los fenicios, de donde nosotros venimos, ocuparon, desde
el año dos mil setecientos antes de Cristo, esos diez mil y tantos kilómetros
que hoy son nuestro territorio, esa estratégica esquina del Mediterráneo,
que es como la coyuntura, el quicio, entre Oriente y Occidente, ¿diez
mil kilómetros, Ahmed?, sí, el distrito de Nueva York, diez mil, más
o menos. Fuimos contemporáneos de los asirios, los caldeos, los mesopotamios,
los persas, ¿y sabe?, todos nos invadieron... pero aquí estamos; y
más tarde lo hicieron Alejandro Magno, Grecia, Roma, Turquía, Inglaterra,
Francia... y aquí estamos, conduciendo taxis en Nueva York... cuatro
mil setecientos años después, ¡qué barbaridad, Ahmed!, sí, como fenicios
fundamos Cartago, Cádiz, Chipre y muchos puertos más en el Mediterráneo,
dominábamos ese mar y le dimos la vuelta al África navegando...
¿Oíste hablar de Magallanes, Ahmed?
Magallanes es un navegante de ayer por la tarde, señor,
¿sí?, claro, ¿qué lengua habla usted, señor, español?, ustedes hablan
español en Latinoamérica, ¿verdad?, sí, claro, pues.... hablando de
Magallanes, y de Portugal y de España, sepa señor que lo que usted habla
es nuestra lengua, el español y el portugués tienen los huesos del latín
y del griego, pero la carne es nuestra, es árabe, lo sé, Ahmed, lo sé,
¿lo sabe, verdad?, ¿sabe usted que, a través de España, ustedes cargan
toda la cultura de Oriente, de la cual el Islam llega a ser heredero?,
¿sabe que después de la expansión musulmana, y de la creación de los
emiratos de Bagdad por los abasíes y de Damasco por los omeyas, y tras
la conquista de España, ustedes reciben de estos últimos la única carga
de sabiduría que habría podido hacer de su América Latina otro mundo,
un mundo mejor?
¿Ah?
No se extrañe. Mire, señor: nosotros fuimos, hemos sido,
una cultura de altísima sofisticación, de un refinadísimo gusto, de
vastas información e inteligencia, ¡claro, Ahmed!, ¿quién inventó el
álgebra, señor, y el arte de la navegación, y el papel-moneda, y quién
empezó al tiempo con los mayas a manejar el concepto del cero, quién
la astrología, señor, quién humanizó la arquitectura, haciendo poesía
a partir de la piedra, señor, quién enseñó al mundo el sentido de lo
sensual en la vida, de las delicias del vivir, del baño con aguas frescas,
del refinamiento en el comer, de la sensualidad en la música, quién?
Los árabes, Ahmed.
¡Claro que nosotros los árabes, señor! Mire: el mundo árabe,
y cuando no éramos árabes, el mundo musulmán, llegó a cubrir una extensión
mayor que la del imperio romano, ¿sabe qué nos pasó?, ¿qué?, que las
hordas mongoles de Gengis Khan y todos los suyos destruyeron, redujeron
a cenizas, uno a uno, todos nuestros grandes centros religiosos y culturales
y nuestras grandes y hermosas ciudades a lo largo de la llamada Ruta
de la Seda... desde más allá del norte de India hasta casi
las puertas de Damasco. Nos pasó con los mongoles lo que le pasó a Roma
con los bárbaros. Nosotros, los islámicos, luego de la expansión, de
la conquista de muchos territorios tras la muerte del Profeta, dejamos
las artes marciales a un lado y nos dedicamos a pensar. Y ese fue un
gran error.
¿Y qué decías de España, Ahmed?
Ah, eso mismo nos pasó con España; y con Portugal. Nos dedicamos
a pensar. Hemos debido pensar sin dejar de prepararnos para luchar en
defensa de lo que considerábamos defendible. Nos embebimos en las abstracciones
y en la contemplación de las estrellas, no sé, ¿ve usted?, ya
se ha empezado a aligerar el tráfico .
Era cierto. Ya Nueva York se perfilaba en toda su grandeza, pero resultaba
inconcebible su visión sin las dos enormes torres.
¿Decías, Ahmed?
Con respecto a España decía... que en el año 711 los árabes
conquistamos esa tierra como vándalos, ¿sabe que de allí viene el término
Vandalucia, que luego se transforma en Andalucía después en
Al Ándaluz--, pues entramos por el sur, pasando desde el norte
de África por el Estrecho de Gibraltar. En Iberia permanecimos hasta
1492, ¡ocho siglos, señor!, si, doctor (Ahmed volvió a sonreír), y durante
esos ocho siglos, España fue un laboratorio de la convivencia pacífica
y la tolerancia, ya que compartimos tiempo y espacio con los judíos
sefarditas y los cristianos, incluso durante el reinado de Alfonso X,
El Sabio, rey de la tolerancia, y quien hizo traducir el Corán y el
Talmud al latín, ¡imagínese: qué lección para los nuevos tiempos!, sí,
porque en las universidades de Toledo, ciudad desde donde él reinaba,
se estudiaban textos de las tres culturas al tiempo, Biblia, Corán y
Talmud.
¡Qué ejemplo para el siglo XXI, Ahmed!
Sí, señor, podría decirse que mi cultura en esa época era
paradigma de tolerancia, ¿ha escuchado usted ese poema de Darshan Singh,
que dice: "El día en que se unan las flores /del templo, la
sinagoga y la mezquita, / florecerá por fin la primavera / en
tu jardín, ¡oh Señor!", no, no lo había oído, ¿de quién es,
Ahmed?, de Darshan Singh, poeta místico de India, fíjese, el Dios es
el mismo, el del templo, el de la sinagoga y el de la mezquita. Eso
éramos en España por los tiempos de Alfonso X, El Sabio, y del Califato
de Córdoba.
Córdoba, así se llama mi tierra en Colombia.
¿Así se llama, señor?, pues siéntase orgulloso, ya que en
esa ciudad de España se alzó el más importante califato de todos los
tiempos más allá del Magrev, sí, escuche: cuando el resto del
mundo era aún bárbaro, entre los siglos 9 y 13, ya nosotros teníamos
grandes universidades, fantásticos poetas, importantes filósofos, sabios
médicos, músicos exquisitos, arquitectos de ensueño, alumbrado público
en las calles y cultivábamos las matemáticas y la medicina hasta el
punto de que el sabio galeno Abisenas inventaba vacunas antivirales
y hacía transplantes de córnea, y.... no sonría, señor, por lo
que le voy a decir: en los museos de Córdoba aún reposan los instrumentos
con los que esos transplantes eran hechos, y... ahora sí, sonría, pues
también se conservan las herramientas con que se hacían las mejores
castraciones, sí, castraciones para proveer a los harenes de Al Ándaluz
de buenos eunucos y a las cortes de Toledo de buenos tenores, ¿se ríe,
señor?
Sí, Ahmed, me río.
Pues... mire que Abisenas no estaba solo, ¿ha oído hablar
de Aberroes, el filósofo que desde el Califato de Córdoba reincorporó
al mundo los escritos de Aristóteles, que él había traducido del griego
al árabe, luego del incendio de las bibliotecas del mundo civilizado
por parte de los bárbaros a la caída de los romanos?, ¡qué habría sido
de Occidente sin esos documentos conservados por nosotros!, ¿se da cuenta
de cómo el Renacimiento europeo sin la intervención de mi pariente Abisenas
hubiera sido imposible?
Manhattan estaba a la mano y aún más a la mano el East River,
de modo que nos hallábamos a punto de entrar al Midtown Tunnel,
el subterráneo que pasa el río por debajo. Serían apenas tres minutos,
si acaso.
Sí, doctor Ahmed, sí, pero... ¿por qué decías que los árabes,
desde España, nos habrían podido entregar a los hispanoamericanos un
mundo mejor?
Simple, señor, simple: los antihéroes, en nuestro concepto,
fueron los reyes católicos de Castilla, Aragón y León, Isabel
y Fernando, pues eran guerreros, poco sabios, contestatarios, no liberales
ni progresistas, oscurantistas como este túnel al que acabamos de entrar,
amaban las armas mas no la ilustración, y además trancaron la Reforma
que venía del norte de Europa haciéndole la guerra al pensamiento y
a la ciencia. Eso éramos, también, nosotros al sur: ciencia y pensamiento...
nos derrotaron militarmente y nos expulsaron hacia 1492, en el mismo
año en que, desde nuestras tierras andaluzas, Colón zarpaba hacia el
Nuevo Mundo.
No había pensado en eso, Ahmed, perdón: doctor Ahmed.
Me está tomando del pelo con lo de doctor, no, Ahmed, lo
digo en serio, ¿se imagina, señor colombiano, qué habría sido de su
América Hispana si los reyes católicos, en vez de enviarles a ustedes
todos los prisioneros y bandidos y ladrones y asesinos que les enviaron,
nos envían a nosotros?.... si en vez de a Pizarro les envían a Abisenas,
si en vez de a Cortés les envían a Maimónides, si en vez de a Balboa
les envían a Aberroes, si en vez de... conquistadores y guerreros
y curas e inquisidores les hubieran enviado matemáticos, médicos, filósofos,
músicos, arquitectos y pensadores, ¡se imagina, señor, la potencia que
sería su América Latina!, ¿se imagina, señor, el enredo de cabeza en
el que han vivido ustedes por años en una América Hispana que recibió
primero La Contra-Reforma y siglos después La
Reforma?, eso, me imagino, es como tomarse uno un purgante antes de
intoxicarse, ¿o no?
Sí, Ahmed, o sería como llamar a la Cruz Roja para
que ponga minas quiebrapatas o para que haga estallar una granada.
Bienvenido a Manhattan, señor colombiano, gracias, Ahmed.
Manhattan gozaba de una luz transparente, lo noté una vez salimos del
Midtown Tunnel a la calle 34 East, usted va a las 33
East con Lexington, ¿verdad?, sí, Ahmed, bueno, ya casi llegamos...
Y ahora que mencionaba la palabra granada, señor, ¿conoce
usted Granada en España?, claro, Ahmed, y he vivido en El Albaicín
y he visitado los cármenes y he bebido rioja con mi amigo Teo en sus
tabernas y me he embelesado en La Alhambra, y me imagino, señor
colombiano, que ha usted, claro, escuchado también la música de Falla,
El Amor Brujo, ¿y ha escuchado el Bolero de Ravel,
o su Rapsodia Española, y las Danzas Españolas de Granados,
o todo lo compuesto por Albéniz, y la poesía de Lorca, y el poema sinfónico
España de Chabrier, y La Habanera de la Carmen
de Bizet, o la Sinfonía Española de Lalo, y hasta el Capricho
Español de Rimsky Korsakov, y el flamenco y el cante jondo?, todo
eso viene de nosotros, todo eso es el producto de nuestro sentir, y,
por supuesto, señor, estoy seguro de que usted escucha y baila
toda la música hispanoamericana que viene en gran medida de allí, de
nosotros, ¿verdad, señor?, claro, Ahmed, clarísimo, y conozco también
la placa que hay en la subida a La Alhambra y que registra la
frase que un poeta pronunció a su mujer cuando un ciego le pedía limosna
en el lugar: "Dale limosna, mujer,/ pues no hay en el mundo
nada / como ser ciego en Granada", sí, señor, porque, como
ya le dije: La Alhambra es la piedra hecha poesía y el agua hecha
sentir.... llegamos, señor, ¿dónde?, allí, allí, por favor, Ahmed.
¿Ya ve?, no sólo el limosnero de Granada: ¡todos estamos ciegos, señor!
Y una pregunta final: ¿cree usted que hay derecho a que en el mundo
de hoy, tres supinos ignorantes neuyorkinos ataquen a un árabe
en un Groceries Store cuando ese árabe se baja, con todo cuanto
le he contado a cuestas, a comprar una cajetilla de cigarrillos? La
ignorancia es atrevida, señor.
Sí, Ahmed, en Nueva York y en muchos todos lados del mundo, ¿cuánto
le debo?
Cuarenta dólares en papel-moneda inventado por nosotros, los fenicios,
señor.
Gracias.
Adiós, Ahmed.