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Continuando
con la serie semanal y haciéndolo en
forma cronológica, hoy les contaré
la historia del poema "Valentina".
Pasaron
casi cinco años desde "Noche de
Verano" mi anterior poema, hasta este.
Un acontecimiento que lo califico de "milagroso",
porque el dar vida a un nuevo ser, a un hijo,
no amerita otro calificativo, fue lo que hizo
que mis manos volvieran e escuchar a mi corazón
y retomaran el camino de las letras.
Era abril, cuando la naturaleza comienza su
larga siesta, que nos enteramos que nuestra
ilusión se había materializado.
Nueve meses de espera para que el fruto madurase
y pudiera afrontar las tempestades de este mundo.
Gracias a la ciencia, la espera y la intriga
se suavizan con la posibilidad que ofrecen las
ecografías. Muy temprano, en su forma
más simple, ya nos permite percibir los
latidos de "este sueño".
Llegó el día de la ecografía
que nos revelaría el sexo de nuestro
bebé. Hasta ahora la gama de ilusiones
y nombres se multiplicaba por dos y la ansiedad
era cada vez mayor. Fue setiembre, al despertar
de la naturaleza, cuando se abren los capullos,
cuando vimos que nuestro capullo era color rosa.
Esa noche, fue distinta a todas, mi pecho agitado
de emoción, canalizó su sentir
a mis dedos y surgió este poema entre
lágrimas de felicidad.
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Valentina
Esperando
estabas, que nuestros dubitativos
corazones por fin se decidieran a encarnar
su amor.
Fue en el gozo del primer momento,
como en la confirmación del milagro,
cuando se mezcló el cristal líquido
de nuestros ojos.
Bendita ciencia que anticipa, a tan impacientes
escultores,
el ritmo de vida que escuchamos
aquella tarde de otoño.
La expectativa sobre tu sexo fue creciendo,
y los planes por dos se multiplicaban,
hasta que "nena" se escuchó
de boca del profesional.
A coro repetimos: ¡Valentina!, que
significa valiente,
y del asombro no podíamos salir,
al ver por aquella ventana el milagro
en movimiento.
Seguro estoy, que la mejor savia te alimenta,
ya que si de amor se trata,
Ella no conoce límites.
Inimaginable son las fuerzas que me proporciona
tu ser,
y aunque el río embravecido está,
no habrá tormenta que no podamos
superar.
Ansiamos el calor del verano que a las
frutas madura,
para que dejes el acogedor lecho materno,
y podamos acunarte en nuestros brazos.
A Dios pido la sabiduría para esculpir,
este diamante en bruto,
y la salud para poder verlo brillar.
Eternas podrían ser las líneas
de este poema,
ya que eterno es el sentimiento que las
motivan,
por eso solo sigue ... te amo hija mía.
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