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Julio
2003
Año 5, edición especial Graciela Vera
Dedicamos esta edición a la talentosa escritora uruguaya
radicada en España, Graciela Vera, desde hace más de un
año ha sido una de las colaboradoras asiduas de Borinquen
Literario, brindando sus escritos y apoyo solidariol
Poeta, ensayista y narradora, Graciela Vera se ha destacado
en el mundo literario por la fluidez, técnica y sensibilidad.
GRACIELA VERA Inició
su carrera periodística colaborando con el periódico JORNADA
de la ciudad de Rivera, Uruguay. Trabajó como corresponsal
desde Casa de Gobierno y Parlamento Nacional para RADIO
DEL OESTE de Nueva Helvecia y RADIO YI de Durazno.
Redactora en el diario LA REPUBLICA
y miembro del equipo de redacción del suplemento dominical
LA REPUBLICA DE LAS MUJERES.
Colaboró en distintas revistas especializadas en turismo
y salud. Redactora del área de información parlamentaria
del diario ÚLTIMAS NOTICIAS simultaneando con colaboraciones
periódicas para el diario UNO de Mendoza (R.A.).
Directora de la Red de Prensa Barrial, LOS EJIDOS, LETRAS
Vs PALABRAS y MI BARRIO.
Responsable de las áreas de turismo y salud del diario interdepartamental ESTEDIARIO.
Redactora de numerosos suplementos de prensa turística,
fue fundadora del Círculo de Periodistas de Turismo del
Uruguay y de la Asociación de Periodistas del MERCOSUR trabajando
en el CIPETUR como miembro de su Comisión Directiva durante
tres periódos electorales consecutivos.
Master en Turismo y Periodismo Político,
Autora de varios libros especializados y de publicaciones
literarias y poéticas.
Desde noviembre del 2000 reside en la ciudad de Almería,
España, donde cultiva la poesía, prosa e investigación periodística
colaborando con portales periodísticos y literarios en internet, boletines y revistas.
Borinquen Literario
se une a los movimientos mundiales por la PAZ. Condenamos
la violencia, la guerra, los abusos institucionalizados
y, en especial, la intolerancia.
Ana
Maria Fuster
Editora de Borinquen Literario
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Graciela Vera:
1. Poesía
MI REFUGIO
Escondo mis ojos en tus pupilas,
cierro tus labios con mis besos,
hundo en tu pecho mi cabeza
y dejo que cubras mi desnudez
con caricias,
envolviéndome en tus brazos,
arropándome en el susurro quedo
de tiernas promesas.
Brindo en la copa de Afrodita,
Eros me ofrece dulces néctares
que corren por mis entrañas,
fluidos que se inmolan
noche a noche,
transformados en la fuente de vida
en la que te sumerges sin tabúes.
TORERO
Las zapatillas de baile
trazan los pasos
de una coreografía de incierto final.
Traje de luces, capote y montera,
se viste el alma de magia
y el cuerpo de arco iris.
Anagrama de fiesta brava,
cuando el bruto embiste
los pitones se enamoran de la muerte.
El desplante arranca la ovación,
en las gradas vuelan mil palomas
y en el ruedo la vida deja de tener dueño.
Mantillas y peinetas,
rojos, al pelo los claveles,
en la arena el ocre, color de la sangre.
El aplauso se hace pasodoble
y el brindis entrega.
Torero,
estás solo con tu destino.
QUISIERA ENTENDERTE
Quisiera entenderte,
más aún, que tu me entendieras,
que borraras de un plumazo
tantos temores,
angustias que vuelven
en alas de nefastos presagios.
Quisiera que tú me dieras
el abrazo sin retaceos,
cercenaras carnes
debatiendo en ayeres
y dejaras solo futuro
de hoy y mañanas.
Olvidaras pasados
cambiando chips enredados
en antiguas mentiras
que tanto temores arrastran
porque están allí,
agazapadas,
atentas al descuido.
Quisiera tantas cosas,
que olvides por siempre
o que recuerdes por nunca.
Quisiera entenderte
cuando juras amarme,
no quieras que comprenda
que no debo temer
cuando atenazas mis dudas
a un mundo de silencios
que crecen en mentiras.
DUDAS
Tu sueño era calmo, sosegado,
no advertiste mi presencia
a pesar de que mis manos
acariciaban tu espalda con ternura.
Al reclinar mi cabeza en la tuya
aspiré el aroma de tu perfume,
una estrella se perdió en mis ojos
y pensé que no era la primera que lo olía
y soñé con poder ser la última.
¿Con quién soñabas?
¿Odaliscas...? ¿Huríes...?
¿Quizás diosas del Olimpo...?
Internautas disputándose tu amor.
Recordé tus candentes poemas
y llegaron los fantasmas,
fantasmas de tus otras mujeres,
recuerdos de amoríos sin tiempo.
Quise espantarlos,
gritarte que yo también quiero que me des el sur...
ser el norte en tu bitácora....
despertar en tu mente injustificados celos...
que me desees tanto que no me alejes de ti.
NO TE LLAMES POETA
Dices que eres poeta,
¿cómo puedes considerarte tal
cuando la vida es toda ella,
por sí sola inmensa poesía?
¿Te dices poeta
porque elevas cantos transformándolos
en casi inexistente partícula del todo?
No te llames poeta
cuando no tienes en tu mirada
reflejada la inocencia de un niño.
No te llames poeta
si de tus ojos las lágrimas no afloran
ante una flor que muere.
No te llames poeta
si nunca sonreíste
enamorando a la tristeza.
Tú no eres el poeta,
quizás tan solo seas
quién vive en el poema.
INMOLACIÓN
Entrega,
De mi cuerpo inerte
cual virgen destinada
al sublime sacrificio del amor.
Entrega,
envuelta en túnica de luz
que tus manos desmembran
en ansias inconfesas de pasión.
Entrega,
de mi vida entera
como ofrenda exultante,
recibiendo el néctar de tu ser.
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2. Narraciones
ESAS
COSAS DE DIÓGENES
por Graciela Vera
Nunca entendí como alguien podía vivir en un apartamento
de un solo ambiente y tener las paredes libres de estantes,
bibliotecas y toda clase de muebles donde guardar recuerdos.
Claro que los recuerdos que se guardan, no
siempre son Œrecuerdos¹ porque en la caja donde está
el primer chupete de nuestro hijo, también encontramos una
juguera sin tapa, un grabador con el Œplay¹ inutilizado, unos
lentes con una sola patilla y dos medias pelotas de
ping-pong que alguna vez pensamos, podían volver a sernos
de utilidad.
Confieso que soy de esas personas a las que gusta
guardar, no tanto por el hecho de Œguardar¹ sino
porque me cuesta horrores eso de pensar en Œtirar¹.
Y por supuesto, que quede claro que no es lo mismo
tirar que dejar de guardar.
Guardar para mí es un verbo que significa
precisamente eso: Œguardar¹.
¿Qué, cuánto, dónde y para qué?, esas ya son preguntas
que darían lugar a una extensa explicación que una vez terminada
no tendría otra alternativa que guardar en algún sitio.
Por eso prefiero apartarla a un lado, pero de ninguna manera
desecharla.
¿Acaso ustedes nunca se enfrentaron al
dilema de tirar, o no, a la basura esa lata
que quedó vacía y sin utilidad luego de utilizar su
contenido en el aperitivo de la noche pasada?; ¿No pensaron
alguna vez que una bandeja de plástico, levantada de la
sección de fríos del supermercado, con dos muslos de pollo
en su interior, una vez utilizados éstos, podía recuperar
a su calidad de servible?
¿Y quién se atreve a Œarrojar
la primera piedra¹ si hablamos
de aquella lámpara de pie que lucía en casa de nuestra íntima
amiga y de la que ésta, en un gesto incomprensible, pensó
deshacerse. Bueno, lo cierto es que hasta que ella comentó
que iba a Œtirar¹ esa dichosa lámpara, ni siquiera nos habíamos
fijado en la mismaŠ pero la palabra tirar tiene ese repelús que actúa como detonante deŠ. ¿será una manía?
Lo acabo de pensar y comienzo a preocuparmeŠ ¡Bah!...
¿manía por una repisa, una mesita ratona, tres floreros
y un pisapapeles?... si cuando llegué a casa con cada cosa
y comprobé que no tenían ni sitio, ni utilidad, los saqué
para que se los llevara el camión eseŠ que recorre las calles,
insensible, como un traga recuerdos carente de sentimientos.
Manía se puede considerar la de la mujer que recogió
durante tantos años, todo lo que sus vecinos tiraban, que
los mismos vecinos tuvieron que llamar al Ayuntamiento
para que le limpiara su apartamento y los municipales llamar
a los bomberos para poder abrir la puerta, tan alto era
el montón de basura que se había acumulado detrás de ésta;
porque eso sí, hay que diferenciar lo que son recuerdos
de lo que es basura.
Un libro, aunque le falten la mitad de
las páginas, puede que sea parte de la primera edición de
El Quijote..., al menos hasta no comprobar que no lo es
debemos considerar la posibilidadŠ ¿y cuánto podría
llegar a valer algo así?... ¡pero las cáscaras de las patatas
y la lata de refresco, vacía, achatada y suciaŠ! eso sí
reconozco que es una manía de la que, gracias a Dios, me
considero libre.
Lo cierto es que tampoco entiendo mucho
porqué, a la manía de juntar cosas se la conoce como Œsíndrome
de Diógenes¹ ¿qué culpa tuvo Diógenes de que en este siglo XXI y su antecesor,
el XX, hubieran contenedores de basura donde la gente algunos-
pueden arrojar lo que consideran son desperdicios y la gente
otros- pueden retirar lo que consideran puede servirles.
Sobre este tema hay mucho para hablar
porque está también quién se lleva las cáscaras de
papas para prepararse una comida y eso no está bien.
¡No!, no crean que digo que no está bien que se lleve
lo que encuentre para saciar su hambreŠ digo que no está
bien que deba buscar su comida en un contendor de basuras.
¿Saben?, yo tengo la costumbre de saltar.
Pero no en tierra sino entre las ramas de algún árbol y
en cada salto subo un poco más. Y esta vez tanto ascendí
que ya dejé atrás el tema del que estábamos hablando y el
pobre Diógenes se ha quedado sin saber a colación de qué,
lo mandé llamar.
Retomemos pues el asunto a la altura de
las maníasŠ El Síndrome de Diógenes es una de ellas y transforma
a la persona que lo sufre en una acaparadora de cosas inútiles
y lo que es más grave, de lo que lisa y llanamente
conocemos como basura.
A esta altura mi interés es saber si esta
alusión refiere a algún acto fuera de lo normal del filósofo,
del que, salvo porque caminaba, a plena luz del día con
su linterna encendida, no muchas más excentricidades puedo
contactar en aquel hombre, que no hayan heredados
los hombres de hoy.
Después de todo lo que buscaba Diógenes
era difícil de encontrar y por lo que tengo entendido, ni
con su linterna lo halló nunca: un hombre honesto, ¡como
si fuera algo que aparece a la vuelta de cualquier esquina!
Quizás si nos afanáramos en su misma pesquisa, todos
andaríamos con una linterna en la mano peroŠ.
Š pero entonces se agotarían las pilas, porque las
linternas de ahora funcionan a base de pilasŠ y tendríamos
que tirarlas las pilas, no las linternas- y eso sí
que no está bien, salvo que lo hagamos en los lugares destinados
para ello porque entre la basura normal las pilas resultan
un atentado al medio ambiente ya que contaminanŠ pero ya
salté a otra ramaŠ esperen que bajo a la anterior y seguimosŠ
Retornando a lo que decía sobre eso de Œguardar
recuerdos¹ generalmente en las viviendas de hoy,
que carecen de buhardillas, galpones o sótanos, nuestro
Œhobby¹ ¿no creen que queda mejor darle a nuestra
afición este nombre que el de manía?, como decía, nuestro
hobby (porque lo compartimos ¿verdad?) está limitado a cierto
número de cajas y luego, cansados de que cada vez que abrimos
la puerta de un mueble algo caiga sobre nuestra cabeza o
de que en los cajones ya sea imposible ubicar nadaŠun día
que llamamos Œde limpieza general¹ nuestros recuerdos quedan a
disposición de cualquiera de esos seres con Síndrome de
Diógenes.
¿Y acaso, en lo profundo de nuestro corazón no es
eso lo que deseamos? Ya que no podemos conservarlos nosotros
por más tiempo, siempre resulta preferible que lo recojan
ellos a que la estilográfica que utilizamos para escribir
la primera carta de amor, hace ya tanto que ni siquiera
recordamos de quién estábamos enamorados; o el abrelatas
que compramos en aquel inolvidable viaje que ya olvidamos
a dónde lo hicimos, pero que precisamente para no olvidarlo
guardamos el dichoso abrelatas cuando ya dejó de ser de
utilidad para abrir latasŠ bueno, yo me entiendo y
ustedes, que sufren de la misma aprehensión por los recuerdos
también me entiendenŠ. decía que
preferimos ésto, a que esos recuerdos
tan preciados queden sepultados por toneladas de basura
en algún vertedero de dudosa fama.
Porque en un mundo donde todo se tira,
hasta los recuerdos que quisiéramos guardar, muchas cosas
llegan a los vertederos y ahora acabo de recordar un chiste.
Mal chiste dirán algunos, pero que viene al caso y no estamos
en situación de tirar también las ideas.
Cierta persona de muy baja estatura estaba asomado
a un contenedor buscando ¿tendría el síndrome?, y tanto
se asomó que cayó dentro del basurero desde donde comenzó
a proferir gritos pidiendo ayuda.
Una gitana que pasaba por allí en ese momento lo vio
y moviendo la cabeza dijo: ³hay
que ver lo que tienen estos payos, ahora tiran los muñecos
con pilas y todo²
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PINGÜI
por Graciela Vera
No teníamos intención de quedarnos con él. Esa fue
su decisión y no la nuestra. Para nosotros la libertad tiene
mucho valor, incluso la suya, pero él eligió otra clase
de libertad.
La historia comenzó un domingo de sol,
en la rambla de Piriápolis, cerquita del puerto hacia donde nos dirigíamos con el mate
y el termo bajo el brazo, como corresponde a una familia
uruguaya que pasea una soleada tarde de invierno.
No llegamos al puerto. Sobre las
rocas de la orilla había una ave
empetrolada. Podía ser un pato o, como resultó, un pingüino.
No es extraño que a las costas
de Uruguay arriben pingüinos. Lo que no es tan común es
que estos sobrevivan mucho tiempo y menos aún que adopten
a una familia para que los cuide.
Al principio pensamos que estaba
muerto y nos lamentamos de ello y de las malditas manchas
negras en el mar; pero, cuando nos disponíamos a seguir
nuestro paseo, tal vez con un último instinto de sobrevivencia intentó levantar la cabeza.
Antonio buscó un sitio por donde bajar a las rocas
y, un poco en equilibrio de una en otra llegó hasta él.
Me lo pasó y yo, sin saber como tomarlo lo metí en una bolsa
que llevábamos para llevar a casa el pescado que pensábamos
comprar en los puestos del puerto.
Norberto y Viviana, con
sus ocho y cuatro años estaban excitados y sentían la curiosidad
lógica sobre el pobre animalito que, en su incómodo transporte
debía soportar la inquisitiva vigilancia de Cani,
nuestra caniche de la que debía alejarlo todo lo posible.
Al llegar a la casa nos pusimos a observarlo.
Negro, totalmente negro por dentro y por fuera. Pero
no era el negro del color de sus plumas, era un negro pegajoso
que le cubría desde el pico hasta las patas y por dentro
del pico hasta donde nos era posible ver.
No teníamos idea de cómo salvar a un pingüino de aquella
trampa. Ahora existen organizaciones que se ocupan de atender
estos casos, pero en aquel momento no había ninguna y el
desgraciado solo contaba con nuestra escasa sapiencia.
Y no nos engañamos al respecto. Ni el dueño
del supermercado con el que nos habíamos encontrado en nuestro
regreso a casa, ni el veterinario al que llamé por teléfono
para consultar que podía hacer, ni el farmacéutico vecino
nuestro donde fui a comprar un producto para limpiarlo,
sabían más que nosotros de cómo salvar la vida de
un pingüino empetrolado.
Bueno, algo sabíamos y era que para aquella ave quedarse
así significaba una sentencia de muerte, y si Daniel y Alejandro,
cuando tenían la edad de Nor y
Vivi, un día me llevaron un colibrí desmayado para que lo
resucitaraŠ según me pidieron, y quiso Dios que el colibrí
se recobrara ¿cómo no iba a sacar del aprieto a aquella criatura que me
miraba con algo así como una súplica en sus pequeños ojitos
redondos.
El disán se vende en Uruguay
como producto derivado del petroleo
para limpiar precisamente las manchas de éste. Yo no dudaba
de su eficacia pero también conocía su toxicidad. Mi trabajo
debería ser concienzudo y exacto.
Tiras de una toalla empapadas en el producto que iba
pasando por encima de las plumas. Luego un baño en agua
limpia para sacarle los restos de disán.
Este tratamiento lo repetí diariamente por más de dos meses
hasta que cada pluma estuvo completamente limpia.
Pero aquel primer día había otro problema
que solucionar. Podíamos limpiarlo pero si no lográbamos
que comiera la tarea sería inútil y ŒPingüi¹ ya lo
habíamos bautizado así, se negaba a tragar.
El pescado que Antonio fue a buscar, ahora expresamente
para él, no parecía entusiasmarlo.
Las madres tenemos muchos trucos para hacer comer
a nuestros niños y yo tengo cuatro hijos pero nunca había
tenido que utilizar aquel. Comencé por moler un poco de
pescado y empujarlo con los dedos hasta más allá de su garganta.
Lo cierto es que no tenía ni idea de si estaba haciendo
las cosas, bien, regular o mal. Con Pingüi toda nuestra experiencia fue creciendo a medida
que los íbamos disfrutando.
Y también es cierto que nunca pensamos en quedarnos
con él. Nuestra idea era que una vez en condiciones de valerse
por sí solo volviera a su ambiente. Pero la idea de Pingüi no era la misma; el no tenía interés en volver
al mar de donde tan mal recuerdo arrastraba.
Después, bastante después de intentar en varias oportunidades
que hiciera uso de la libertad que le ofrecíamos, me enteré
que los pingüinos llegan a las costas uruguayas arrastrados
por corrientes frías que ascienden y no pueden regresar
porque no hay corrientes similares hacia su habitat.
Y buenoŠ si Norberto había dormido con un cachorro
de león, que cuidaban en la Reserva de Fauna de Carmelo,
de la que uno de los encargados era padre de un amiguito
suyo; si Daniel y Ale habían tenían un criadero de gusanos
de seda, blancos, amarillos, rosados, en cantidades superiores
a los doscientosŠ, si en nuestra casa de Playa Hermosa habían
sido curados teros de agua, gaviotines y tortugas y si ya en la casa teníamos una perra
y un gatoŠ ¿Qué podía extrañar que nos hiciéramos cargo
de un pingüino?
Mi primer intento de dejarlo libre fue una mañana
en que bajé a la playa con él y Vivi.
Intenté internarme en el agua caminando por sobre uno de
los espigones de los que están frente a la oficina del Banco
de la República Un grupo de personas que caminaba
por la orilla del agua se quedó mirando a aquel ser Œexótico¹
que yo llevaba en brazos. Seguro que tenían curiosidad por
saber que hacía con él. Y yo no tuve la suficiente para
fijarme en que condiciones estaba el espigón y no me di
cuenta del musgo que me hizo resbalar y caer al aguaŠ yo,
hacia un lado del espigón y Pingüi
hacia el otro.
Cuando llegué a la arena, aquellas personas lo habían
cogido para entregármelo pidiéndome que volviera a llevarlo
agua adentro. Lo hice. ¿total?...
ya estaba mojada. Fue entonces cuando sí pude ver el avión
supersónico en que Pingüi
parecía transformarse debajo del agua, nadando a una velocidad
increíble hacia la orilla.
Lo cierto es que siempre que lo llevamos al agua el
volvía en forma inmediata hacia la costa ¡pero que belleza
era observarlo!.
Y hablando de observaciones, eso fue lo que me hizo
Viviana cuando con voz compungida,
aún sin entender bien lo que había sucedido me preguntó,
mientras desandábamos las dos cuadras que separaban la playa
de nuestra casa: Œ¿Mamá, porqué te bañaste vestida?¹
A Pingüi no le gustaba el agua. Cada vez que lo introducíamos
en el mar, él se ocupaba de salir, lo más rápido que podía
y luego, eso síŠ pasearse, pavoneándose por la orilla del
agua, le encantaba.
Como también le gustaba, en pleno mes de enero (verano
en el hemisferio sur) quedarse horas al sol. De lo que deduzco
que los pingüinos van al agua obligados, en busca de comidaŠ
pero éste no necesitaba hacerlo porque para decirnos que
tenía hambre se ponía a saltar frente al refrigerador.
Esa fue la primera de una cantidad de pruebas que
nos dio sobre la increíble inteligencia de estas aves. Como
que tuve también que pasar por espía para descifrar como
se la ingeniaban mis tres mascotas para entrar a la casa,
estando cerradas las puertas que daban al patio donde ellas
solían estar.
Cani, que ya dije que era
una perra caniche, pero no había aclarado, que de tamaño
grande, se paraba en las dos patas traseras y colocando
las delanteras sobre el picaporte empujaba hacia abajo.
Por su parte en ese momento Pingüi empujaba la puerta saltando con ambas
patas hacia delante. El ingenio era increíble y creo que
más de una persona a la que se lo conté no me creyó. Pero
la verdad es que la puerta se abría y los tres: los dos
que habían trabajado y el gato que solo había observado,
entraban muy satisfechos de su hazaña.
Con Pingüi teníamos un problema serio que nos impedía dejarlo
recorrer la casa a su antojo. Los pingüinos comen pescado,
solo pescado, y además pertenecen a la familia de los patos
y, todos conocen el dicho que sobre el pato dice: "a cada
paso una cŠ". Lo cierto es que los excrementos de pingüe
eran tan fuertes que llegaban a carcomer las baldosas y
además el olor se hacía insoportable. En el patio, una manguera
dejaba correr agua en forma contínua, para mantenerlo limpio.
Un día me enojé con mis hijos. Pingüi
se paseaba muy orondo por lo alto de un mueble en
el comedor de la casa y, si los pingüinos no vuelan debía
suponer que alguien lo había subido allí.
¡Pobrecillos!, no tenían culpa ni forma de probar
su inocencia porque las circunstancias los acusaban. Yo
no les creí hasta que un día descubrí como hacía Pingüi para subir a cualquier mueble, siempre que tuviera
una superficie lisa donde afirmar el lomo y otra para las
patas, (en este caso la pared y el costado del mueble) luego
con un movimiento de semi rotación lograba su objetivo.
Muchos años después me enteré de que en Piriápolis,
por entonces algunos propietarios de establecimientos hoteleros
les decían a sus clientes que había una familia que paseaba
todas las tardes con un pingüino.
Sucede que los pingüinos necesitan caminar. Caminan
kilómetros por día. También lo aprendimos sobre la marcha
porque todo lo que refería a Pingüi eran experiencias nuevas.
El único que se quedaba en la casa era el gato. La
perra, el pingüino y los humanos salíamos en un recorrido
diario que, en verano causaba más de un estrago cuando los
turistas desprevenidos veían al animalito. Muchas veces
nos veíamos rodeados por grupos de personas que entre tomar
fotos, admirarlo y preguntar solo lograban que Pingüi,
al que parecía encantarle ser objeto de tantas atenciones,
se hiciera el interesante, bajara la cabeza y se escabullera
entre la telaraña de piernas para, desde el otro lado llamarnos
con un "oooookk".
La gente quería saber sobre Pingüi,
pero ¡cuántas tonterías preguntaba!, ¿algunos absurdos que
no merecían siquiera respuesta?:
"¿Es un papagayo?"
Yo tuve uno, comía de todo, hasta ñoquis, pero se
murió"
"¿Lo guardan en el refrigerador?"
"¡Uy!... Está vivoŠ ¿le dan cuerda?"
Y nadie se llame a engaño, ninguna de estas preguntas
fue realizada por niños. Siempre fueron adultos los que
decían las tonterías más grandes. Pero eso es harina de
otro costal.
Lo cierto es que convivir con Pingüi fue una experiencia maravillosa. Su inteligencia
me hace decir, sin temor a equivocarme que estaba al nivel
de la de un perro. Podía caminar delante nuestro sabiendo
perfectamente, al acercarnos a nuestra casa, cual era el
camino. Habíamos logrado que no bajara de la acera y cuando
llegaba a una esquina aguardaba que nosotros lo cruzáramos
la calle.
Generalmente de nuestros paseos llegábamos seguidos
por varios curiosos y entonces, abríamos la puerta, nos
hacíamos a un lado y dejábamos que la gente, desde la acera,
observara como nuestro amiguito subía la escalera, salto
a salto.
Pero también era común que llamaran a nuestra puerta
preguntando si esa era la casa del pingüino y pidiéndonos
que lo sacáramos para que pudieran verlo.
Nunca nos habíamos hecho ilusiones sobre el tiempo
que podíamos compartir con Pingüi.
No teníamos donde recabar esa información, por eso, el día
que empezó a engordar yo creí que estaba hinchado. Bueno,
quería comer a toda hora y reclamaba con gritos que le dieran
más y más pescado.
Un día estábamos sentados en la puerta de casa, Cani
y él en la vereda rodeados de los niños del barrio cuando
se acercó a donde yo estaba. Le encantaba esconder la cabeza
entre nuestras rodillas para que lo acariciáramos y ese
día al hacerlo me quedé con una cantidad de plumas en la
palma de la mano.
Me entristecí porque pensé que Pingüi
se iba a morir. No quería comer. Casi no se movía de un
rincón del patio pero todo esto no era más que parte de
su metamorfosis.
Siempre dije que si no hubiera estado en nuestro patio,
hubiera asegurado que alguien lo había cambiado. El Pingüi que tuvimos hasta entonces era todo negro, pero
el Pingüi que tuvimos
después que cambió en el patio de nuestra casa, los miles
de pequeñas plumas que cayeron, volaron y ensuciaron todoŠ
tenía sobre su plumaje negro una
franja blanca que salía de la comisura del pico y bajaba
hasta las alas. Hermosísimo. Yo diría que ¡guapísimo!
También esto sirvió para que aprendiéramos algo más
sobre él. ¡Vaya con las clases de ciencias naturales!, Mis
hijos rebatían cada cosa que una maestra decía sobre los
pingüinos, y con razones y Pingüi
terminaba yendo a la escuela.
En esta oportunidad habíamos aprendido que aún en
cautividad los pingüinos actúan como si estuvieran en su
ambiente cuando van a cambiar el plumaje. Comen como
sápatras porque cuando no tienen
plumas no pueden ir al agua a pescar, en este caso siguió
el instinto natural de los de su clase.
Un día decidimos irnos a vivir a Montevideo. Una casa
del barrio del Buceo a metros de Ramón Anador. No sé cual habrá sido la primera impresión que sobre
nosotros tuvieron nuestros vecinos cuando vieron llegar
cuatro niños y al poco rato bajar de un camión un gato,
una perra yŠ un pingüino.
Pero él se hizo querer, y muchos vecinos nos ayudaban
en su alimentación llevándonos pescado. Es un barrio de
gente que gusta ir al puertito a pescar. Yo lo llevaba conmigo
los martes a una feria (mercadillo en España) vecinal y
allí compraba nuestra fruta y verdura y su pescado. El lo
sabía y era muy consciente de que cada vez que llegaba la
dueña del puesto le ofrecía un hermoso pescadoŠ ¿saben que a los pingüinos no les gusta que les pongan el pescado
amontonado en el suelo. Al menos Pingüi
así lo rechazaba.
En libertad ellos van al agua y absorben a sus presasŠ
pues aquí, en esta libre cautividad que había elegido, nosotros
debíamos sostener su comida entre los dedos y él la absorbía
desde abajo, peroŠ cuidado que el pico del pingüino parece
un serrucho y si no sacábamos los dedos enseguida nos pasábamos
la vida con curitas en ellos.
Ese día se había declarado una huelga del SOYP y los
pescadores no habían salido y el puesto no estaba en su
lugarŠ Pingüi se puso a
llorar desconsoladamente. ¡No se rían!, no es una broma.
Se los cuento muy en serio. ¿Saben como llora un pingüino?,
pues con un sonido parecido al rebuzno de un burro. ¿Y saben
el revuelo que armó en la feria aquella?, pero lo más triste
es que se negó a volver caminando.
Pero otras veces sí, caminaba y, si en Piriápolis
estaban acostumbrados a verlo, en Montevideo era otra cosa
y aún recuerdo los frenazos de los coches cuando nos veían
pasar por Ramón Anador,
o de la señora que salía a la puerta y se enojaba con nosotros
porque consideraba que éramos unos desalmados haciendo caminar
al "pobre animalito", cuando en realidad los que veníamos
cansados de seguirlo éramos nosotros.
Tenemos tantas anécdotas de los tres años y medio
que disfrutamos de la compañía de Pingüi. Mis hijos tienen que haber sacado una gran
enseñanza de su agradecimiento, porque aquella fidelidad
no podía ser menos que el agradecimiento por haberlo salvado
de una muerte segura.
Después de esto, cada vez que pasaba por el Puertito
del Buceo y veía frente a los puestos de venta de pescado
ese jaulón con dos o tres pingüinos tristones, más parecidos
a estatuas de desolación o, cuando en el zoológico los observaba
tan quietos y tan distantes, no podía menos que congratularme
de haber tenido la oportunidad de ser aceptada por un pingüino
muy especial.
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3. Artículos periodísticos
DIECISIETE DE ENERO
EL DÍA QUE ALMERIA NO MURIÓ
CUATRO BOMBAS NUCLEARES SIN EXPLOSIONAR SON CUATRO MILAGROS
¿Qué es un día especial?
Seguramente cada uno de nosotros responderá de forma distinta.
Un día especial puede ser el día en que nuestro equipo favorito
se clasificó campeón de un torneo de especial renombre
o, el día en que nuestro hijo dejó sentir su primer sonido
gutural en este mundo, o quizás sea el día en que
nos sentimos más enamorados que el propio Romeo.
Si le preguntáramos a los almerienses cuál ha sido
su día especial harán memoria para recordar, triunfos,
amores, incluso alguno señalará uno de esos días que todos
queremos olvidar como su día especial.
Una de las capacidades de la mente humana es olvidar y quizás
por ello muchos hayan olvidado que el 17 de enero es el
cumpleaños de cada uno ellos.
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El 6 de agosto de 1945 los Estados Unidos de América zanjaban
en forma definitiva y drástica las diferencias que mantenían
con Japón y forzaban una paz teñida de sangre para terminar
con una guerra que había durado seis años.
Veinte días antes, el 16 de junio, en el desierto de Alamogordo, en Nueva México, uno de los estados de los EEUU,
tuvo lugar la primera explosión nuclear de la historia.
Desde ese día la humanidad no volvió a sentirse segura.
Desde ese día, nombres como Hiroshima, Enola
Gay y Little Boy pasaron a ser sinónimo del terror colectivo.
En la década de los sesenta los Estados Unidos tenían
entre manos dos guerras menores ¿Hay acaso guerras menores?,
que estaban en uno de sus puntos más álgidos: Viet
Nam con su carga de vergüenzas
y miserias y la no declarada y quizás por eso, "fría", con
la Unión Soviética y China.
Entre marzo de 1958 y julio de 1976 Estados Unidos almacenó
armas nucleares en suelo español. España fue uno de los
27 países que le permitió introducir esa clase de armamento
en sus territorios.
Era una noticia poco conocida, quizás porque no era conveniente
que se supiera que en las bases americanas en suelo español
había almacenadas 200 bombas atómicas. Los recuerdos de
Hiroshima y Nagasaki estaban demasiado frescos como para que la información
pudiera circular libremente sin crear rechazo y quizás obligar
a la revisión de los acuerdos internacionales.
Después de todo ¿qué son 200 bombas atómicas cuando el total
de armas nucleares que los yanquis tenían distribuidas
en esos 27 país superaba las 12.000?
En Hiroshima el impacto de la bomba había matado en forma
instantánea a 200.000 personas y destruido 60.000
edificios ¿Cuántas muertes pueden ocasionar 12.000 artefactos
de la misma naturaleza?, ¿Cuánta destrucción habría detrás
de la explosión de tan solo doscientos?
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