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MUJERES
DESBANCADAS
| por Graciela
Vera |
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Las mujeres
hemos perdido uno de los últimos reductos que considerábamos
de nuestra exclusiva propiedad: esas salas donde con tanto
gusto concurrimos a sufrir, y aunque hay quién
dice que con la intención de provocar envidia en
nuestras congéneres, nosotras nos autoconvencíamos
de que era, sólo y exclusivamente para agradar
a nuestros hombres, y ya que estamos, también a
los ajenos. |
¡¿Qué podremos
decir en el futuro para justificar que voluntariamente entremos
sonrientes a los sitios donde se nos aplicará el martirio?!
Por ellos (los hombres) soportábamos
estoicas y largas sesiones de peluquería con tintes
que parecen escocer hasta nuestro cerebro…
- ¿Arde?
- Un poquito, pero se
aguanta.
Y aguantando apretamos los
dientes y contamos los minutos que restan para finalizar el
suplicio y recibir el baño de agua pura mientras
rogamos que el bulbo capilar resista y que, después
de tantos años de ser maltratado con pinzas calientes,
permanentes y laciados, según los dictados de la moda,
horas de secador y cepillos de púas, nuestro cabello
nos perdone y no nos deje tan calvas como, según Isaías,
estaban ‘las mujeres de Sión’.
Y mientras un mechón
de nuestros cabellos es retorcido, cogido por una aguja decrochet
y pasado por la textura de una estrechísima gorra
que nos comprime la cabeza sentimos, un pinchazo en el dedo
meñique de nuestra mano derecha.
- ¡Ay!
- Perdón, ¿dolió?
- No querida, me tomaste de
sorpresa.
- Es que aquí tiene
la cutícula levantada, ¿quiere que se la corte?
Y aunque nuestro subconsciente
nos grita un tremendo no:
- Sí, de lo contrario
quedará desprolija.
Y mientras se ensaña
con nuestras uñas y todo lo que las rodea, la manicura
nos autoriza:
- Si vuelvo a hacerle daño
me avisa.
Y nosotras sonriendo, ya resignadas,
moqueando porque el olor del producto que nos están
aplicando en esos mechones que sobresalen de lo que se asemeja
a una bola de billar es tan fuerte como para irritar nuestros
lagrimales, pensamos que después ¿para qué
le vamos a avisar?, si el daño ya estará hecho.
Pero ésta es la sala
de sacrificios menores, a la que cualquiera puede echar una
miradita, nosotras sabemos que hay otra más privada
y con herramientas de tortura más refinadas.
En el primer recinto hace ya
algunas décadas que comenzamos a perder nuestro sitial
y hoy por día dejamos de tener un templo privado; ya
no podemos decir que estamos allí por ellos, porque
ellos también están allí, y lamentablemente
no lo hacen por nosotras sinó por ellos mismos.
Es por eso que en los últimos
años hemos sentido un mezquino goce al verlos apretar
los párpados para que no nos demos cuenta que en esta
cámara de torturas sufren al igual que nosotras.
¿Qué quienes
son ellos?
Pues ellos, esos seres que,
desde que en los años 50 se crearon los perfumes masculinos
a escala comercial, perdieron el recato y descubrieron que
cubrir el olor de las feromonas con ‘Armani’ o ‘Polo Blue’
era un nuevo método de seducción, que les garantizaba
más éxitos que los anteriores; pero no es de
perfumes que estamos hablando y menos aún de camelos
amorosos; ¡y por supuesto que me refiero a los hombres!
Al principio esperaban que
no hubiera clientas para hacerse un cortecito de pelo, todo
comenzó por aquellas melenas que los barberos tradicionales
se negaban a modelar, después vinieron los laciados,
las permanentes, los tintes y hasta las mechas… y ya no les
importó compartir hasta nuestras tazas de café
y ocupar, sin el más mínimo recato, el sillón
a nuestro lado. Incluso llegan a comentarnos las notas de
las revistas del corazón que, ya en tren de aguantar,
tenemos que suponer que dárnoslas para entretenernos
no es más que otro castigo que se nos impone por
ser tan masoquistas.
Y como las peluquerías
‘de señoras’ se habían convertido en ‘salones
unisex’ y nuestras intimidades habían sido desbancadas,
nos habíamos atrincherado en el último y aterrador
reducto de los ‘centros de belleza’.
-¡Ay1, ¡Ay!, ¡Ayyy!
-¿Duele?
¿Porqué será
que la letra de esta canción ya la he oído?
- No, bueno, un poco, no… nada,
bueno, si…
- Es que el bello está
muy rebelde aquí, ¿se ha pasado navaja?
¿Y que quieres que hiciera
si no había turno para una depilación y tenía
que encontrarme con los muchachos en la piscina del Country?
- Si, pero solo una vez.
Y con esta confesión,
arrancada un poco a mansalva, me siento tan culpable que aprieto
los dientes y aguanto.
- Mmmmmmmmmmm
¿Por aquí también?
- Si… ¡Uyyy!, ¡Ayyyy!...
Mmmmmmmmmmm
La docilidad conque las mujeres
modernas aceptamos la tortura debería haber hecho feliz
al Marqués de Sade, de vivir este personaje que ya
no me parece tan siniestro, en estos tiempos.
Seguramente que hubiera aprendido
las refinadas técnicas de la tortura en pro de la moda.
Y hablando de modas ¿sabe alguien quién dijo
– si es que alguien lo ha dicho – que la mujer no debe tener
bello en sus piernas, en sus axilas, en su rostro, cuando
la realidad nos demuestra lo contrario?
Ahora sí que encontramos
una cámara de torturas que nos deja totalmente satisfechas.
Si la Inquisición lo
hubiera adivinado, seguro que cambiaba la hoguera por la cera.
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Y ni ésta ni el
otro (el otro es el Marqués) hubieran tenido
problemas para retener a las víctimas.
Suficiente con una camilla
y allí, tendida, indefensa, la mujer aguarda,
con el estómago encogido pero sin perder la sonrisa
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– Ayyyyyyyyyyyyyy que le arranquen
los pelos de un tirón mientras sobre un estante, la pinza
para depilar las cejas aguarda su momento de gloria.
¿Quién, además
de esta primitiva sufridora, podría voluntariamente
solicitar una sesión para que alguien pase un torno
por las uñas de nuestros pies mientras nosotros pensamos
que si a ese alguien le llegara a temblar el pulso, seguramente
deberíamos pedir un número menos cuando compráramos
nuestro próximo par de zapatos.
Apuesto que analizar este comportamiento
de la mujer moderna hubiera sido uno de los trabajos favoritos
de Sigmund Freud, pero aquí estamos de nuevo en que
ya ni siquiera nos han dejado este privilegio.
Masoquistas o no, las mujeres
también hemos perdido este último reducto y
mientras esperamos turno dando vueltas las páginas
de una revista de modas y mirando esos modelitos que nos dejan
pensando si habrá cristiano que se anime a ponérselos
los vemos entrar y con total desparpajo preguntar si deben
aguardar mucho rato para ser atendidos.
Me resulta difícil de
creerlo. ¡Tan machos que parecían!
Y a nosotras que después
de tanto sacrificio, la piel suave, lisa, perfumada, con el
rostro donde lucimos dos cejas perfectas, con el cabello ligeramente
ondulado pintado del color de moda, nos consideramos listas
para dejarnos conquistar, pensando aún que hemos hecho
todo por parecerles más bellas, se nos derriten los
plomos.
¿Esperamos acaso un
hombre de pelo en pecho?, ¿o tal vez soñamos
con el recio de barba poblada, que se afeita en seco con
la hoja de su cuchillo de monte, mientras silba una tonadilla?
Bueno, pensándolo bien
este estereotipo que nos dejaron las viejas películas
del oeste americano, también tenían su cuota
de masoquismo.
¿Pero quién dirá
hoy día a su pareja?: - La tersura de tu piel me enloquece.
Mujeres: debemos resignarnos
y aceptar que nos han desbancado también de este privadísimo
sitio y si nosotras usamos pantalones, ellos usan afeites;
y si nosotras conducimos camiones y no nos arrugamos ante
ningún trabajo, ellos se ponen ‘bonitos’
y desde atrás de la revista que están leyendo
en la misma salita de espera nos preguntan… ‘te parece que
otro aro en esta oreja me quedará bien’.
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No se si se
trata de una nueva clase de hombres o son los de siempre
que se han sacudido las mojigaterías, lo cierto
es que no tienen una edad definida, pueden estar recién
salidos de la adolescencia o ser ya cincuentones; no todos
lo hacen por trabajo, algunos simplemente por el placer
de ‘quedar mejor’,en
su primera visita los corta un poco que los atienda una
mujer pero después ¡Que va!, y lo que |
resulta más erubescente
para nosotras es que ya no se ocultan, por el contrario compiten
abiertamente por un turno
Eso sí, aguantan menos
que nosotras. Y hasta algunos se han desmayado y muchos llorisquean
como bebes, pero llegan hasta el final.
Claro que debemos tener en
cuenta que su bello es más grueso y que ocupa partes
del cuerpo que nosotras tenemos libre, como por ejemplo, el
tórax.
- ¡Uyyyyyyyyyy!. Me duele
de solo pensar en ese tirón.
Y las profesionales que los
atienden, no crean que las tengan todas consigo. El esfuerzo
que deben hacer para arrancar el pelo de un hombre, ¿han
visto que dejamos la palabra vello para las mujeres?, es mucho
más y terminan recurriendo a los analgésicos
para aliviar sus doloridos brazos.
A lo que aún no se han
atrevido estos modernos Adonis, es a que les depilen la barba,
en lo demás, lágrimas por medio, ¿acaso
creían ustedes que los hombres que vemos pasear por
las playas tienen poco o ningún vello por alguna variable
genética?
Las mujeres pedimos igualdad
en todo, pero me da bronca el que nos hayan desbancado de
estos recintos donde con tanto placer nos dejábamos
torturar.
Ya no somos las únicas
que sabemos los secretos de esos dos recintos. Ya no podemos
vanagloriarnos de ‘hacerlo por ellos’, y menos aún
podemos decir que ellos ni se imaginan por lo que nosotras
tenemos que pasar para resultarles bonitas.
¡Desbancadas! Y lo más
ominoso es que ni siquiera lo hacen por nosotras.
Almería, octubre 2003
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