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ADUANAS
EN LA FRONTERA
Por Julio Dornel
Quienes acompañaron
el desarrollo comercial de esta frontera recordaran la invasión
de turistas y vecinos de las localidades próximas que
se daban cita diariamente en el área, llegando a duplicar
por algunas horas la población estable. Era gratificante
contemplar el movimiento comercial que se registraba por aquellos
años en los primeros “boliches” y “loias” brasileñas.
La misma situación se registraba cuándo la cotización
de la moneda invertía los papeles y eran los brasileños
los que adquirían sus productos en territorio uruguayo.
Bolsas y más bolsas que llenaban las bodegas de los
ómnibus y de los

automóviles que pasaban
de ser utilitarios para transformarse en pesados vehículos
que soportaban estoicamente la carga no permitida. Aquello
fue sin ninguna duda el primer mercado común del cono
sur (MERCOSUR) ganado en buena ley por una población
que ignoraba los marcos fronterizos, contando para ello con
la tolerancia de los funcionarios aduaneros. Queremos señalar
además que por aquellos años los funcionarios
aduaneros que tenían a su cargo la difícil tarea
de ejercer la vigilancia, no disponían del armamento
necesario ni medios de locomoción para desplazarse.
Sin embargo lo fundamental fue siempre el sentido común
que se utilizaba en los procedimientos, distinguiendo siempre
al vecino que buscaba los artículos de la canasta familiar
y el contrabandista con fines de lucro. Por supuesto que existen
disposiciones que se deben cumplirse, pero el sentido común
de los funcionarios aduaneros estaba por encima de todo, en
beneficio del vecino, del turista o del pequeño “bagayero”
que en definitiva no pretendía fines de lucro sino
abaratar el presupuesto familiar. Lo único que importaba
era buscar los precios y comprar más barato, sin tener
en cuenta las normas que regían en la materia salvo
que se tratara del gran contrabando. Por esas ironías
de las economías, durante muchos años comprábamos
en Brasil el tabaco y la caña, hasta que los papeles
se invirtieron y ahora son los brasileños que compran
el cigarrillo y el whisky en los “free-shops” uruguayos. Esta
reciprocidad en el intercambio de compras es tradicional en
la frontera, sin que esto ponga en tela de juicio la honestidad
del funcionario que tolera algo más de lo permitido.
Sin embargo debemos reconocer que se trata de una de las funciones
más delicadas de la administración pública
y que suele ser juzgada con mucha ligereza por parte de la
población. Es justo reconocer el papel que desempeña
la aduana en defensa de la industria nacional protegiendo
la política del gobierno y haciendo cumplir las normas
y disposiciones que regulan el orden fiscal. Nadie ignora
que de acuerdo a la devaluación monetaria de los países
fronterizos, se produce una fiebre compradora de mercaderías,
las que suelen introducirse al territorio al margen de la
ley. En una frontera terrestre y tan extensa como ésta
resulta muy difícil establecer una fiscalización
cuyos resultados estén en consonancia con las disposiciones
impartidas por la Dirección Nacional de Aduanas. De
todas maneras los funcionarios aduaneros han priorizado siempre
y salvo raras excepciones el movimiento de artículos
de primera necesidad destinados al consumo de las familias
residentes en localidades cercanas a los limites fronterizos.
Quienes tengan la oportunidad de visitar los resguardos y

destacamentos aduaneros
de este departamento, cuya ubicación estratégica
facilita la labor represiva, podrá comprobar que en
su gran mayoría se viene cumpliendo un efectivo control,
con una cuota de tolerancia para los vecinos del área.
Los procedimientos realizados en los últimos meses
con importantes incautaciones incluyendo drogas, está
demostrando un celo funcional poco común. Debemos señalar
finalmente que la conducta moral de algunos funcionarios que
se han desviado del verdadero espíritu aduanero no
alcanza para rasgarse la vestidura, ni generalizar como si
esta institución estuviera integrada solamente por
delincuentes. Esta situación se da también en
otras actividades, y sin embargo no tienen la difusión
ni el tratamiento que ha tenido siempre la dirección
Nacional de Aduanas. Sin querer dudar de su veracidad queremos
ofrecer a nuestros lectores un relato que circula en medios
aduaneros con visos de realidad. Eran los tiempos del receptor
Benítez y como siempre sucede, desde algunos sectores
de la población se venía reclamando por el auge
que había experimentado el contrabando, ante la pasividad
de algunos funcionarios aduaneros. Ante esta situación
el receptor resuelve designar a un amigo de extrema confianza
para controlar el pasaje de mercaderías por el puesto
aduanero que por aquellos años se encontraba frente
a lo que es hoy el Estadio SAMUEL PRILIAC. El nombramiento
del nuevo funcionario aseguraba un severo control, teniendo
en cuenta su honestidad y la confianza personal que le dispensaba
el receptor Benítez. Desde el momento que asumió
el control aduanero el nuevo funcionario, terminaron las denuncias
y parecía que la situación había cambiado
definitivamente. Sin embargo antes de que se cumplieran los
primeros dos meses, el funcionario en cuestión se presentó
en la receptoría entregándole personalmente
a Benítez una carta renuncia que finalizaba diciendo:
“ En honor a la amistad que nos une, debo decirle que no puedo
aguantar más esta situación. Los contrabandistas
me vienen tentando con sumas importantes y tengo miedo de
no poder resistir tanta tentación. Espero sepa comprender
mi situación. Qué Dios guarde por muchos años”firma
del funcionario
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