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LAS
HOGUERAS DE ALICANTE
El fuego
fue uno de los hallazgos que impulsó a la humanidad
hacia adelante en su búsqueda constante por mejorar
sus condiciones de vida. Hoy el ritual del fuego ha cobrado
en las sociedades occidentales una importancia simbólica,
sobre todo en ciertas regiones. Con el fuego se queman las
"las malas ondas". Festejar San Juan -por ejemplo-
es una oportunidad para los españoles que no pasa desapercibida
para el extranjero, sobre todo si se encuentra en la ciudad
de Alicante.
Durante
todo un año se desarrolla la tarea de organizar por
barrios -más de 80- la actividad que a diferencia del
resto de España tendrá su climax el mismo 24
de junio, y no en las llamadas vísperas de San Juan,
cuando el resto de España festeja ese santo, quemando
muebles y trastos viejos. En Alicante se ha convertido la
fiesta de las Fogueres en algo que trasciende fronteras y
atrae cada vez más a turistas de dentro y fuera de
España.
La otra
intensa y estruendosa característica de esta larga
fiesta es el uso indiscriminado de petardos en las calles
y plazas. No hay rincón donde no estalle un chino,
los petardos más populares, o aún otros más
fuertes que hacen vibrar los vidrios de las ventanas.
Niños de todas las edades se diviertan haciendo estallar
todo tipo de explosivos, con la anuencia y apoyo de sus padres.
Así puede verse a un papá o a un abuelo alcanzarle
al chico de tres o cuatro años lo que me imagino sería
el primer petardo para que lo lance, y se sume a la gran orgía
de explosiones. La cifra de quemados por estos petardos es
muy alta, según comenta la gente, pero las autoridades
parecen no mosquearse porque los chicos se quemen las manos,
pierdan un ojo o se achicharren el pelo por culpa de la pólvora.La
prensa tampoco paece interesada. Nunca pude leer o escuchar
en los medios alguna cifra que revelara la dimensión
del problema.
Si en
cualquier otro lugar los perros paralizarían de miedo
por lo fuerte del estallido de la pólvora, en Alicante
parecen divertirse y no reaccionan escondiéndose en
el último rincón del planeta. Nunca vi perros
más indiferentes a las explosiones, ni siquiera ladran,
lo que habla por sí mismo de lo asumida que tienen
la cultura de la pólvora.
La gran
plamera blanca
La gran fiesta se inicia formalmente una semana antes del
24 de junio con una gran palmera de fuegos artificiales sobre
la fortaleza de Santa Bárbara, en el cerro de Benacantil,
que domina toda la ciudad. Luego seguirán las explosiones
todas las tardes en los barrios, las llamadas mascletás,
donde los artificieros llenan una calle o una plaza con poderosos
petardos, a los que hacen estallar en forma ordenada y controlada.
Según los responsables de esta orgía de explosiones,
hay que escuchar con atención las variaciones y ritmos
para reconocer la habilidad de los autores del polvoroso concierto.
Al mismo
tiempo comienzan esos 80 barrios organizados en activas asociaciones
o racós a montar la fiesta y sus llamados monumentos,
que no son otra cosa que figuras y piezas de cartón
y madera, que serán quemados la noche del 24. En Alicante
no se queman los trastos y muebles viejos, sino que se queman
esos enormes monumentos con los temas más diversos
y fantasiosos que puedan imaginarse, y cuya altura puede alcanzar
hasta el techo de un edificio de cinco pisos. Cada barrio
contrata a un artista que pone todo su empeño e imaginación
para construir un grupo de figuras y símbolos que representan
o bien figuras abstractas o simbólicas, o bien personajes
de la literatura, el cine o el teatro, mezclados irónicamente
con los personajes de la vida política, deportiva,
de la industria del entretenimiento de la ciudad o nacionales.
A las figuras acompañan textos en español o
valenciano, donde en forma de verso se explica la intención
o el porqué de esa escena donde las figuras cobran
vida. Los niños también tienen al costado del
monumento de los adultos, su propio escenario de figuras.
Nadie escapa a la magia de las fogueres.
La fiesta
del barrio
Los racós organizan al mismo tiempo la fiesta del barrio,
y tres días antes de San Juan, se ocupa una calle con
mesas, sillas, un bar y un escenario donde una orquesta o
grupo musical animará la noche, mientras grupos de
amigos, vecinos y familias engullen los sabrosos platos preparados,
y beben cerveza o vino u otras bebidas más espirituosas.
Estas barracas, como se las llama aquí, son exclusivas
para los miembros de la asociación, y todas están
cercados prolijamente para que los participantes estén
obligados a entrar por la única puerta que tiene la
barraca, y así ser reconocidos. Claro que los miembros
pueden invitar a gente de otro lugar, pero esto también
se hace de forma controlada.
Y mientras
en los barrios la actividad es febril preparando toda esa
infraestructura, desfilan practicamente todas la noches las
bellezas y la reina de las Hogueras por las principales calles
de la ciudad. Otro procedimiento que lleva semanas porque
son cientos de chicas que se presentan con la ilusión
de ser elegidas. En carrozas preparadas especialmente para
esta ocasión, la reina y su séquito saludan
desde las alturas al admirado público que ve pasar
tanta joven bella, con la mueca de una sonrisa que ya hace
rato a dejado de ser natural. Y no es para menos, porque vestidas
con bellos y largos trajes típicos regionales, cargados
de lentejuelas y otros adornos, estas chicas se desplazan
durante todo el día a ceremonias oficiales oraganizadas
por el Ayuntamineto y su alcalde, el cual pasea su enorme
panza por plazas y edificios públicos estrechando manos
a diestra y siniestra, acompañado por las acaloradas
bellezas, que soportan estoicamente los 30 o más grados
de calor que acostumbran a hacer en la ciudad en esa época.
Por la
noche acompañarán el desfile de los barrios,
cuyos participantes se disfrazan con distintos trajes que
pueden ir desde un ejército de piratas hasta una corte
faraónica, por nombrar sólo dos ejemplos. Decenas
de estos disfrazados -también de todas las edades-
integran las representaciones de los barrios, cuyos miembros
también han diseñado y cocido cada traje en
esa red de vecinos que año a año disponen de
una enorme cantidad de horas para llevar a puerto el proyecto,
y competir por los jugosos premios que la alcaldía
y organizaciones privadas reparten entre los participantes.
Cada
noche de esa semana es cerrada por unos 30 minutos de fuegos
artificiales que se lanzan desde la playa, iluminando de colores
y explosiones poderosas el cielo alicantino, agregando una
nueva carga de pólvora al ambiente, por si alguien
no se había enterado de que la ciudad estaba de fiesta.
La despertá
y la quemá
La fiesta de las barracas acostumbra prolongarse hasta altas
horas de la noche o mejor dicho hasta la madrugada. Es raro
conseguir durante esos días tener la tranquilidad necesaria
para descansar si es que uno no participa de ellas. Pero la
jaranga no termina con la retirada del último de los
juerguistas, sino que apenas iniciado el día, se inicia
la despertá, lanzándose al aire varios cohetes
que explosionan con fuerza sobre los edificios y casas, al
mismo tiempo que la orquesta del barrio entona distintas marchas
tradicionales, recorriendo las calles del barrio en distintas
direcciones, al mismo tiempo que se siguen lanzando cohetes
al aire para que nadie inore que la fiesta continúa.
En estos
días mucha gente cierra sus negocios y da vacaciones
a sus empleados. Los que trabajan lo hacen a desgano, ya que
no pueden evitar participar de una u otra manera de la fiesta.
Incluso los desinteresados de la misma no pueden mantenerse
sordos ante tanta bulla. Por fin llega el 24 como una bendición
y la hora de la quemá se hace realidad. Controlada
por los bomberos se quema el primer monumento, el ganador
que este año recibió la friolera de 80 000 euros
de premio. Una suma que en realidad cubre más o menos
los gastos del material y el trabajo del artista. Las llamas
devoran el monumento poco a poco, mientras los bomberos lanzan
con sus mangueras gruesos chorros de agua a las paredes de
los edificios cercanos para evitar los incendios. La gente
reunida en las cercanías les reclama a gritos que los
mojen y refresquen, a lo que acceden de buena gana, dirigiendo
los chorros de agua hacia la multitud agradecida y acalorada.
Por último el orgulloso monumento se desmorona y sólo
quedan cenizas que son cubiertas con arena por los bomberos,
que rápidamente son recogidas por camiones especiales.
- Es este realamente el último día de fiesta?,
le pregunto aliviado a un vecino mientras juntos vemos apagarse
las últimas llamas de la hoguera.
- Qué vá, ahora festejaremos San Pedro! responde
con una sonrisa mientras levanta su espumeante copa de cava.
Alberico
Lecchini
2003-07-10
lecchini_alberico@hotmail.com
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