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Los imperios
del futuro serán los imperios de la mente
¿Queremos
ser como ellos?
Cuando leí
el artículo "Los imperios del futuro serán los
imperios de la mente", quedé fascinado con un análisis,
a mi entender, muy certero de como ha evolucionado la economía
mundial y en qué se basan algunas naciones para ejercer dominio
ante las demás. En una especie de "manual del buen imperialista",
es una guía práctica de cual sería el camino
para ser un imperio o país "desarrollado", y por
mi parte, no me quedan dudas que el camino es ese. Tanto los datos
como la conclusión no creo que merezca lugar a dudas, quien
aspire a ser o pertenecer al imperio debe seguir estos consejos.
La pregunta que me surge es: ¿queremos ser imperio? ¿Queremos
ser imperialistas? ¿Queremos ser como ellos?
Los sueños y las pesadillas están hechos de los mismos
materiales, pero esta pesadilla dice ser nuestro único sueño
permitido: un modelo de desarrollo que desprecia la vida y adora
las cosas.
¿Podemos ser como ellos? Promesa de los políticos,
razón de los tecnócratas, fantasía de los desamparados:
el tercer mundo se convertirá en Primer Mundo, y será
rico y culto y feliz, si se porta bien y si hace lo que le mandan
sin chistar ni poner peros. Un destino de prosperidad recompensará
la buena conducta de los muertos de hambre, en el capítulo
final de la telenovela de la historia. Podemos ser como ellos, anuncia
el gigantesco letrero luminoso encendido en el camino del desarrollo
de los subdesarrollados y la modernización de los atrasados.
Pero lo que "no puede ser, no puede ser y además es
imposible", como bien decía Pedro el Gallo, torero:
si los países pobres ascendieran al nivel de producción
y derroche de los países ricos, el planeta moriría.
Ya está nuestro desdichado planeta en estado de coma, gravemente
intoxicado por la civilización industrial y exprimido hasta
la penúltima gota por la sociedad de consumo.
En los últimos 25 años, mientras se triplicaba la
humanidad, la erosión asesinó el equivalente de toda
la superficie cultivable de los Estados Unidos. El mundo, convertido
en mercado y mercancía, está perdiendo quince millones
de hectáreas de bosques cada año. De ellas, seis millones
se convierten en desiertos. Se envenena la tierra, el agua y el
aire para que el dinero genere mas dinero sin que caiga la tasa
de ganancia; y bien se sabe que el más eficiente es quien
más gana en menos tiempo.
La lluvia ácida de los gases industriales asesina los bosques
y los lagos del Norte del mundo, mientras los desechos tóxicos
envenenan los ríos y lo mares, y al Sur la agroindustria
de exportación avanza arrasando árboles y gente. Al
Norte y al Sur, al Este y al Oeste, el hombre serrucha, con delirante
entusiasmo, la rama donde está sentado.
En la hoguera incesante de la Amazonia arde media Bélgica
por año, quemada por la civilización de la codicia,
y en toda América Latina la tierra se está pelando
y secando. Hace medio siglo, los árboles cubrían las
tres cuartas partes del territorio de Costa Rica: ya son muy pocos
los árboles que quedan. Costa Rica exporta carne a los Estados
Unidos y de los Estados Unidos importa plaguicidas que los Estados
Unidos prohíben aplicar sobre su propio suelo.
Unos pocos países dilapidan los recursos de todos. Crimen
y delirio de la sociedad del despilfarro: el 6 por ciento más
rico de la humanidad devora un tercio de toda la energía
y un tercio de todos los recursos naturales que se consumen en el
mundo. Según promedios estadísticos de mediados de
los 90', un solo norteamericano consume como cincuenta haitianos.
Claro que el promedio no define a un vecino de Harlem, ni a Baby
Doc Duvalier, pero vale la pena preguntarse: ¿qué
pasaría si los cincuenta haitianos consumieran súbitamente
tanto como cincuenta norteamericanos? ¿Qué pasaría
si toda la inmensa población del Sur pudiera devorar al mundo
con la impune voracidad del Norte? ¿Qué pasaría
si se multiplicaran en esa loca medida los artículos suntuarios
y los automóviles y las neveras y los televisores y las usinas
nucleares y las usinas eléctricas? ¿Qué pasaría
con la tierra, con la poca tierra que la erosión nos está
dejando? ¿Y con el agua, que ya la cuarta parte de la humanidad
bebe contaminada por nitratos y pesticidas y residuos industriales
de mercurio y plomo? ¿Qué pasaría? No pasaría.
Tendríamos que mudarnos de planeta. Éste que tenemos,
ya tan gastadito, no podría bancarlo.
El precario equilibrio del mundo, que rueda al borde del abismo,
depende de la perpetuación de la injusticia. Es necesaria
la miseria de muchos para que sea posible el derroche de pocos.
Para que pocos sigan consumiendo de menos. Y para evitar que nadie
se pase de la raya, el sistema multiplica las armas de guerra. Incapaz
de combatir contra la pobreza, combate contra los pobres, mientras
la cultura dominante, cultura militarizada, bendice la violencia
del poder.
El "american way of life", fundado del privilegio del
despilfarro, sólo puede ser practicado por las minorías
dominantes en los países dominados. Su implantación
masiva implicaría el suicidio colectivo de la humanidad.
Posible, no es. Pero, ¿sería deseable?
El "costo social" del Progreso.
Febrero de 1989, Caracas. Sube a las nubes, de golpe, el precio
del boleto se multiplica por tres el precio del pan y estalla la
furia popular: en las calles quedan tendidos trescientos muertos,
o quinientos, o quién sabe.
Febrero de 1991, Lima. La peste del cólera ataca las costas
del Perú, se ensaña sobre el puerto de Chimbote y
los suburbios miserables de Lima y mata a cien en pocos días.
En los hospitales no hay suero ni sal. El ajuste económico
del gobierno ha desmantelado lo poco que quedaba de la salud pública
y ha duplicado, en un santiamén, la cantidad de peruanos
en estado de pobreza crítica, que ganan por debajo del salario
mínimo. El salario mínimo es de 45 dólares
por mes.
Las guerras de ahora, guerras electrónicas, ocurren en pantallas
de videogame. Las víctimas no se oyen ni ven. La economía
de laboratorio tampoco escucha ni ve a los hambrientos, ni a la
tierra arrasada. Las armas de control remoto matan sin remordimientos.
La tecnocracia internacional, que impone al Tercer Mundo sus programas
de desarrollo y sus planes de ajuste, también asesina desde
afuera y desde lejos.
Hace ya más de un cuarto de siglo que América Latina
viene desmantelando los débiles diques opuestos a la prepotencia
del dinero. Los banqueros acreedores han bombardeado estas defensas,
con las certeras armas de la extorsión, y los militares o
políticos gobernantes han ayudado a derrumbarlas, dinamitándolas
por dentro. Así van cayendo, una tras otra, las barreras
de la protección alzadas, en otros tiempos, desde el Estado.
Y ahora el Estado está vendiendo las empresas públicas
nacionales a cambio de nada, o peor que nada, porque el que vende
paga.
La tecnocracia internacional, que nos enseña a dar inyecciones
en patas de palo, dice que el mercado libre es el talismán
de la riqueza. ¿Por qué será que los países
ricos, que lo predican, no lo practican? El mercado libre, humilladero
de los débiles, es el más exitoso producto de exportación
de los fuertes. Se fabrica para consumo de los países pobres.
Ningún país rico lo ha usado jamás.
Talismán de la riqueza, ¿para cuántos? Datos
oficiales de Uruguay y Costa Rica, los países donde menos
ardían, antes, las contradicciones sociales: ahora 2 de cada
seis uruguayos vive en extrema pobreza y son pobres 2 de cada cinco
familias costarricences.
El dudoso matrimonio de la oferta y la demanda, en un mercado libre
que sirve al despotismo de los poderosos, castiga a los pobres y
genera una economía de especulación. Se desalienta
la producción, se desprestigia el trabajo, se diviniza el
consumo. Se contemplan las pizarras de las casas de cambio como
si fueran pantallas de cine, se habla del dólar como si fuera
persona:
- ¿Y cómo está el dólar?
La tragedia se repite como farsa. Desde los tiempos de Cristóbal
Colón, América Latina ha sufrido como tragedia propia
el desarrollo capitalista ajeno. Ahora lo repite como farsa. Es
la caricatura del desarrollo: un enano que simula ser niño.
La tecnocracia ve números y no ve personas, pero sólo
ve los números que le conviene mirar. Al cabo de este largo
cuarto de siglo, se celebran algunos éxitos de la "modernización".
El "milagro boliviano", pongamos por caso, cumplido por
obra y gracia de los capitales del narcotráfico: el ciclo
del estaño se acabó, y con la caída del estaño
se vinieron abajo los centros mineros y los sindicatos obreros más
peleones de Bolivia: ahora el pueblo de Llallagua, que no tiene
agua potable, cuenta con una antena parabólica de televisión
en lo alto del cerro del Calvario.
Las cifras confiesan, pero no se arrepienten. Al fin y al cabo,
la dignidad humana depende del cálculo de costos y beneficios,
y el sacrificio del pobrerío no es más que el "costo
social" del progreso.
¿Cuál sería el valor de ese costo social, si
pudiera medirse? A fines de 1990, la revista Stern hizo una cuidadosa
estimación de los daños producidos por el desarrollo
en la Alemania actual. La revista evaluó, en términos
económicos, los perjuicios humanos y materiales derivados
de los accidentes de autos, los congestionamientos de tránsito,
la contaminación del aire, del agua y de los alimentos, el
deterioro de los espacios verdes y otros factores, y llegó
a la conclusión de que el valor de los daños equivale
a cuarta parte de todo el producto nacional de la economía
alemana.
La multiplicación de la miseria no figuraba, obviamente,
entre esos daños, porque hace ya unos cuantos siglos que
Europa alimenta su riqueza con la pobreza ajena, pero sería
interesante saber hasta dónde podría llegar una evaluación
semejante, si se aplicara a las catástrofes de la "modernización"
en América Latina. Y hay que tener en cuenta que en Alemania
el Estado controla y limita, hasta cierto punto, los efectos nocivos
del sistema sobre las personas y el medio ambiente.
¿Cuál sería la evaluación del daño
en países como los nuestros, que se han creído el
cuento del mercado libre y dejan que el dinero se mueva como tigre
suelto? ¿El daño que nos hace, y nos hará un
sistema que nos aturde de necesidades artificiales para que olvidemos
nuestras necesidades reales? ¿Hasta dónde podría
medirse? ¿Pueden medirse las mutilaciones del alma humana?
¿La multiplicación de la violencia, el envilecimiento
de la vida cotidiana?
El Oeste vive la euforia del triunfo. Tras el derrumbamiento del
Este, la coartada está servida: en el Este era peor. ¿Era
peor? Más bien, pienso, habría que preguntarse si
era esencialmente "diferente". Al Oeste: el sacrificio
de la justicia, en nombre de la libertad, en los altares de la diosa
Productividad. Al Este: el sacrificio de la libertad, en nombre
de la justicia, en los altares de la dios Productividad.
Al Sur, estamos todavía a tiempo de preguntarnos si esa diosa
merece nuestras vidas.
Sergio Acosta Sehara
(Datos extraídos del libro Úselo y
tírelo de Eduardo Galeano).
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