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NUESTROS
NIÑOS NIÑOS DEL MUNDO Y DE LA CALLE
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por
Graciela Vera
Periodista independiente
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Desaparecen
y no dejan rastros como si no hubieran existido.
Son asesinados y quizás no sea esa violencia la
mayor que sufren. |
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20
de noviembre: Día Universal de los Niños.
Según la Declaración y la Convención
de los Derechos del Niño:
Un niño es una persona que tiene el Derecho
a ser educado, cuidado y protegido,
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La
Convención sobre los Derechos del Niño fue ratificada
por 192 países. Solamente dos, Estados Unidos y Somalia
no la han firmado aunque han anunciado su intención
de hacerlo.
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Son
tan nuestros como de ellos.
Son tan suyos como lo son de nosotros.
Nacen en una patria pero su patria tiene nombre universal:
CALLE.
Por eso se los conoce como “Niños de la calle”.
Aquí, allí, en Europa, en América,
en África, en Asia u Oceanía, donde quiera
que vayamos los encontraremos.
Se nos acercan pidiendo una moneda pero quizás
lo que en realidad buscan es tan solo una sonrisa.
Les negamos esa moneda, les mostramos desprecio sin pensar
que quizás solamente necesitan que se les |
considere como
lo que son: apenas niños, en inútil búsqueda
de cariño, de consejo y de ejemplo, pero en lo más
profundo de esas almas envejecidas prematuramente, son simplemente
niños.
Recuerdo el
comentario de una Trabajadora Social que por los ochenta integraba
un programa con madres y niños carenciados de Uruguay.
Estaba en un Centro ubicado en la Ciudad Vieja con niños
de corta edad cuando entró al lugar un adolescente
de unos catorce años.
El chico permaneció
varias horas en el lugar jugando con todos los juguetes y
equipos instalados para recreación de los pequeños.
Ella y las otras dos asistentes no se atrevían a decirle
nada: le temían.
¿Por
qué ese temor? tan sólo porque estaban ante
un niño de la calle y por serlo llevaba un estigma
sobre sí.
Cuando me contaba
aquella anécdota lloraba. El llanto no tenía
otro motivo que un sentimiento mezcla de vergüenza y
culpabilidad.
- Gracias,
vine porque nunca había tenido juguetes. Es la primera
vez que juego y me gustó mucho.
Había
terminado de jugar, le habían servido la merienda como
a los otros niños (no por solidaridad sino porque temían
que pudiera ponerse violento si no lo hacían) y se
encaminaba hacia la puerta cuando se detuvo y dijo aquella
frase que derribó todos los muros.
Un niño
sin infancia. Un niño al que se le escapaba esa no
infancia y quería jugar, aunque fuera una sola
vez en su vida.
¿QUIENES
SON?
Son niños
que han elegido la calle, no por propia voluntad sino como
una vía de escape a la pobreza extrema que viven en
sus hogares; al maltrato físico y psíquico del
que su propia debilidad les hace víctimas; al abuso
sexual, más común de lo que quisiéramos
pensar que lo es.
Lamentablemente
no encuentran la bonanza que buscan y, deshecho casi enseguida
el espejismo de una aparente libertad, la suplantan con un
pote de pegamento que al menos por unas horas les quita esa
sensación de vacío permanente en el estómago.
Los abusos
que sufrían en el seno de sus familias se multiplican
en la calle. Deben sobrevivir y para ello no encuentran otra
alternativa que los pequeños hurtos de los que no dudarán
en pasar al tráfico de drogas o la prostitución.
Cuando suben a esta calesita infernal la velocidad no les
permite apearse.
Son carne de
cañón. No tienen nombre individual, se los conoce
como niños de la calle y ¿a quién
puede importarle lo que le sucede a un niño de la calle?
Si molestan,
para eso se han creado los movimientos de limpieza social
que, aunque pretendamos cerrar los ojos y negarlos, existen
en muchos países y no sólo en los del llamado
tercer mundo. ¿Es que hay impunidad para el que asesina,
tortura, prostituye un niño de la calle?
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La razón
nos dice que no, la realidad nos avergüenza. Para
la sociedad son apenas “basura social” y aunque nos
rasguemos las vestiduras al negarlo, con nuestro abandono
lo estamos afirmando.
Y los
abandonamos cada vez que pasamos a su lado pretendiendo
no verlos ni oírlos. Cuando los esquivamos huyendo
de su súplica:
-
Señor ¿puede darme una monedita?, tengo
hambre.
En Colombia
se les conoce como Camines, en algunas zonas
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de Europa por
Chaveas, en Marruecos se les dice Chamkar y en
Brasil Meninos da Rua.
No importa
el nombre que se les da. Son niños y niñas que
sobreviven solos, formando pandillas, apoyándose mutuamente
en un compañerismo que no es tal porque quizás
por su propia situación nadie les ha enseñado
lo que es la amistad.
¿QUIÉNES
LES CUIDAN?
Los niños
necesitan apoyo, amor, enseñanzas y eso lo encuentran
primordialmente en el hogar y en las escuelas. ¿Quién
cuida de los niños de la calle?, ¿quién
les da amor… los arropa de noche… les enseña a leer...
a crecer…?
Son niños,
tienen miedo, hambre, frío y no tienen quién
les cure cuando se lastiman, cuando les duelen los dientes
o el estómago, cuando un resfrío les provoca
problemas respiratorios, cuando la tos les arranca pedazos
de garganta… nadie les cuida.
La europarlamentaria
Maartje van Putten, preocupada por los millones de niños
rusos que forman parte de esta desafortunada etnia los ha
definido como “…niños que viven en grupos o bandas
y se cuidan entre ellos, sustituyendo en cierto modo a la
familia. Son niños de siete u ocho años, procedentes
de familias desmembradas, que han tenido que salir de sus
viviendas…”
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En Guatemala
viven más de cinco mil niños en estas
condiciones. Provienen de barrios marginados, son expulsados
por una pobreza extrema o, como muchos de los niños
de la Europa del Este o de África y Asia, por
la calamidad de la guerra.
El trabajo
que realiza aquí, en Honduras, México
y Nicaragua la asociación “Casa Alianza” no es
suficiente y el abandono y asesinato de niños
continúa.
En Barcelona
la Generalitat consideró en más de 300
los niños que deambulan en sus calles ¿Cuántos
hay en España?
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Ni la palabra
de Dios salva a estos niños. La visita de Juan Pablo
II a la ciudad de México puso en marcha una operación
de “limpieza social” que abarcó a los niños
y jóvenes de la calle que durante esos días
y en procura de mostrar al mundo un escaparate ideal, han
sido recluidos en lo que las ONG han dado en llamar “almacenes
de niños”.
Las ciudades
“civilizadas” no pueden mostrar su cara fea y en el intento
de ocultarla nos convencemos de que lo feo no existe.
Nadie los cuida,
no hay quién piense en ellos y si los hay, no alcanzan
a ser suficientes para dar respuestas a tantas voces.
En Vijayawada,
India, la mitad de los treinta mil niños de la calle
son portadores del virus del sida y el 30 por ciento han desarrollado
la enfermedad y en Yakarta, Indonesia, uno de cada siete están
infectados.
UNICEF
El balance
que hace UNICEF de la situación de los niños
en el mundo es simplemente aterrador.
¿Porqué?,
¿acaso porque las cifras nos parecen enormes?
Son cifras
que todos contribuimos a acrecentar. Formadas con los números
que van creciendo alrededor nuestro. Las integran esos niños
que no hemos querido mirar aunque están delante de
nuestros ojos.
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A finales
del año 2000, la mitad de los nacimientos de
niños y niñas en el mundo seguía
sin ser registrado por lo que alrededor de 30 millones
de infantes recién nacidos siguen sin beneficiarse
de inmunizaciones periódicas, asistencia sanitaria
y escolarización.
En países
como el África subsahariana menos de la mitad
de sus niños están vacunados contra enfermedades
tan comunes como la tos ferina, la difteria y el tétanos.
En el
decenio que va de 1990 al 2000 apenas se
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logró disminuir
la malnutrición infantil en un 17 por ciento y en algunos
países de África en lugar de bajar las tasas,
éstas subieron.
Más
de cien millones de niños en edad escolar no están
escolarizados y muchos más apenas si terminan los primeros
años de enseñanza.
Hay más
de mil doscientos millones de seres humanos en el mundo que
carecen de agua potable y muchos son niños.
¿Y
LOS NUESTROS?
Son niños
uruguayos, no se les ve mucho en el interior del país
pero pululan en la capital.
No puedo decir
que sean los más desafortunados en su infortunio. Son
producto de la muerte del Estado de bienestar que existió
y fue orgullo de los uruguayos en la primera mitad del siglo
pasado.
Pero el país
rico es ahora pobre y los niños de la calle de Uruguay
aumentan en número día a día.
Hace tiempo
que no los veo. No porque hayan dejado de existir, no porque
el país que creó leyes sociales de vanguardia
haya restaurado su economía para dar cumplimiento a
las propuestas sociales.
No los veo
porque no estoy allí. Pero sé que existen, que
cuando vuelva a caminar 18 de Julio me seguirán para
pedirme una moneda. Que cuando esté saboreando un café
en alguna cafetería del centro, entrarán sigilosamente
para dejar una estampita, un cartón de agujas o un
papelito en el que dirán que son muchos hermanos y
que sus padres no tienen trabajo.
Pero estos
niños uruguayos son afortunados. Aún queda algo
de aquel país y entre el Estado, lo poco que el Estado
puede hacer y las ONG se evita que desciendan el último
de los escalones de esta infernal escalera que siempre los
lleva en dirección descendente.
En este aspecto
Uruguay resulta utópico en América Latina. Gobierno,
derechas e izquierdas han tomado conciencia, pero, especialmente
se ha restado competencia a las ONGs que trabajan con los
niños creando una red de sincronización que
permite colaboraciones y evita duplicaciones de esfuerzos
y lo que es más importante unifica en una sóla
la voz que trasmite las necesidades al Estado.
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Uruguay
previno. Las ONG uruguayas comenzaron a trabajar con
los niños antes de que el fenómeno creciera,
cuando era incipiente y el temor surgía al observarlo
en Argentina y Brasil.
Por 1970
se comenzó a trabajar en sectores carenciados
y mientras las economías arrojan a la calle miles
de niños todos los días, en Uruguay el
número es sensiblemente menor al que se podría
haber previsto.
Gurises
Unidos y El Abrojo tienen mucho que ver con estos datos
pero pese a su incansable trabajo no
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podemos obviar
que están allí, que cuando subamos a un ómnibus
de transporte capitalino ellos también lo harán
para reclamarnos un poquito de atención, una moneda,
o más importante, una sonrisa.
Almería,
19 noviembre 2003
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