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NO SE OLVIDEN DE CABEZAS
Por Graciela Vera
¿Se
acuerdan de Cabezas? Seguro que ni en las salas de redacciones,
ni en los estudios de radio como tampoco en los sets televisivos
de Argentina y Uruguay se ignora a qué y a quién me refiero.
“No
se olviden de Cabezas”, los carteles con su foto y este sencillo mensaje, despertaron la
conciencia de muchos, sin embargo, ¿se acuerdan realmente
de José Luis Cabezas quienes no pertenecen a la “casta” tan
especial que formamos los periodistas y reporteros gráficos?
Una profesión, sin dudas
peligrosa, y no solo en tiempos de guerra.
¿Arriesgan
demasiado los corresponsales de guerra o confían demasiado
en la inmunidad que debería darles su profesión?
Sólo
la última guerra, la de Irak, se ha engullido ya diecisiete
periodistas. Dentro de estas cifras España aún llora a Angüita
y Couso.
El
más reciente de todos los muertos, el último después del cese
de la contienda, el palestino Mazen Dana, también fue abatido
por fuego amigo. ¿Puede un arma de fuego ser catalogada como
‘amiga’?
Couso
y Dana eran cámaras de la televisión ymurieron porque supuestamente
sus herramientas de trabajo fueron confundidas con armas.
En ambos casos se supone que se han abierto investigaciones.
Seguro que también en la muerte de Dana se llegará a la conclusión
de que ha sido un accidente y de que se está ante un riesgo
propio de la profesión.
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Cabezas
no era un reportero de guerra, era un periodista comprometido
con la verdad y, para ocultar la verdad hubo quién ordenó
su muerte y hubo quiénes lo asesinaron e incineraron su cadáver,
esposado aún a su automóvil.
Cabezas
no fue ni será el único reportero que paga el precio más alto
por decir la verdad.
En
los últimos años esa verdad ha cobrado un peaje muy alto y
sus banderas, en todos los países, llevan crespones negros.
¿Dónde
la prensa no se ha vestido de luto?
El
informe anual de ‘Reporteros sin Fronteras’ no deja lugar
a dudas: la profesión de periodista es de alto riesgo: “nunca
hubo tantos periodistas encarcelados en el mundo” señala
catalogando al año 2002 como “un año negro para la profesión”.
El
actual no ha sido mejor y no ha hecho más que reafirmar los
criterios con 18 muertes desde el primero de enero, día en
que fue asesinado en Colombia Jaime Rengifo de Radio Olímpica
hasta el dos del mes de mayo de este 2003, en que James Millar
fue asesinado en Israel. Y seguimos sumando todas las de Irak
y aún más hasta llegar a Mazen… y quizás mañana debamos agregar
otras.
Desde
abril del año pasado 128 periodistas han sido encarcelados
¿delito?: buscar e intentar que se conozca la verdad.
¿Se
acuerdan de Cabezas?, también quiso que se supiera la verdad.
En
Irak la muerte dividió culpables y los culpables fueron apoyados
y exacerbados en todo el mundo, según el bando de turno.
Se lanzaron consignas, en una inmoral función de politiquería,
y se olvidó el respeto por quienes se juegan la vida en aras
de una profesión dentro de la cual hay un código tan particular
que solo quienes llegan a ser periodistas por pura vocación,
pueden valorarlo en su justa dimensión.
Investigaciones,
cobertura de conflictos bélicos, pronto estará el reportero
también en el espacio, no importa porqué arriesga su vida.
Los motivos pueden ser muy variados: vocación, economía, ego,
no vamos a enumerarlos ni a descifrarlos, solo importa que
son válidos, totalmente legítimos, tan libres como es o debería
ser la prensa y en ningún caso deberían sufrir el oprobio
de ser embanderados. La vergüenza recaerá sobre quienes politizan
sus muertes.
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¿Se
acuerdan de Cabezas?, el ni siquiera pensó en banderías cuando
se vistió de Quijote para lanzarse contra las estructuras
socio-políticas que dan inmunidad a los delincuentes.
Salvo
casos excepcionales los comunicadores conocen los riesgos
a que se exponen, tanto cuando van a cubrir una guerra como
cuando siguen una investigación, o cuando simplemente se atraviesan
delante de un coche para obtener una mejor toma o, lo que
aspiran sea “la foto de la semana”.
El
reportero sabe que aún cuando escriba ‘la nota de tapa’, su
gloria será tan efímera como el día. La noticia mañana solamente
será parte de la historia, quizás una parte muy pequeña.
Muchas
veces el lector no ve un periodista detrás de las letras y
asocia más al informativista de estudio de la televisión,
con la noticia que, al que, en el anonimato, la descubrió,
la siguió y la mostró al mundo.
¿Quién...
qué es un periodista?
El
periodista no es aquel que tiene un título colgado en una
pared. No lo será por estar afiliado a asociaciones gremiales
de la prensa ni por mostrar un carné.
Ni
es el que se ajusta a un horario, ni el que se cobija en la
comodidad de la información condicionada.
El
periodismo es una vocación, una de las más hermosas y por
eso, cuando el destino marca una hora trágica; “muerte en
acción” merece la gratitud, el homenaje y el aplauso de toda
la sociedad, pero cuando ese aplauso deja de tener la libertad
de opinión como máximo exponente, cuando las palmas engrosan
intereses de demagogos, el homenajeado ya no es el periodista
que inmoló su vida por el preciado tesoro de la verdad.
Una
parte de la sociedad está opacando su nombre y trata (aunque
sin éxito) ubicarlo al nivel del que comercia con la noticia.
Ese que, aunque tenga el título, el carné y los estudios,
puede con la cabeza alta, considerarse periodista.
En el Cono Sur americano, Cabezas representó
una bandera. La bandera de la verdad.
En
honor a esa verdad ¿puede alguien pensar que su asesino ha
muerto? ¿No estará Cabezas aún reclamando justicia?
Mientras
haya periodistas que mueren en aras de la información habrá
crespones negros en las banderas de la verdad, la democracia,
y la libertad. Ninguno será el último. Todos tienen un nombre.
¿Se
acuerdan de Cabezas?
No
se olviden de Cabezas.
Almería,
19 agosto 2003
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