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EL
INDIO
Escondido entre la maleza, siempre desconfiando de aquellos hombres
blancos que habían invadido sus territorios y que se habían
burlado de sus creencias y sus dioses,
aquel joven veía pasar la caravana, con racimos de niños
riendo, llorando, algunos saltando desde los incómodos lugares
que les habían sido asignados en aquella huida voluntaria.
Aquellos niños parecían alegres, pero tan flacos como
él, solo el color de su piel, denunciaba a ese grupo que
desfilaba ante sus ojos, denunciaba que pertenecían al odiado
hombre blanco. Malas experiencias habían vivido las tolderías,
cuando el hombre blanco se sentía dueño y señor
de sus mujeres, sus pertenencias. Aun el ganado que pacía
en gran numero, sin limites de alambradas y todo tipo de obstáculos,
había sido arrebatado a sus habituales dueños.. Alimento
del cual habían disfrutado por siglos y que se podía
decir, era el único. De esos vacunos sacaban todo lo que
necesitaban para vivir con holgura. La abundancia de esos animales,
que pastaban por todos los rincones de ese ilimitado territorio,
les servia de alimento, su piel de abrigo en las frías épocas
en que el viento del Sur, traía aquellas lluvias interminables,
aquellas olas de frió, que solo permitía salir de
esa especie de carpa, que también los cueros de aquellos
útiles animales, proveían a toda la tribu. Los excrementos
secos de aquellos animales mezclados con algunas ramas, eran la
materia que usaban para cocinar sus poco variadas y austeras comidas.
En aquellos días fríos, solo cuando el hambre apretaba,
alguno de los miembros mas jóvenes, se atrevía a salir
para traer algún alimento. Y eso significaba usar sus flechas
para cazar algún ternero, que inmediatamente era descuartizado
y traía la alegría a todo esa majada de niños
que siempre encontraban algún motivo para sentir el placer
de vivir.
Ahora esta allí el joven, silencioso, su curiosidad y su
hambre jugaban un contrapunto para ver quien ganaba, no atreviéndose
a dejar su escondrijo, para saciar su estomago vacío.
¿Quién era aquel joven temeroso?. Su piel cetrina,
sus cabellos mostrando un manojo de pelos en desorden y que nunca
habían visto ni necesitado un peine, sus pies descalzos,
sus ojos que había sido un reflejo de su libertad y fiereza,
ahora se mostraban temerosos. Había aprendido a temer al
hombre blanco. Había visto destruir su eterno hábitat.
Había sido convertido en un paria. Ellos le habían
puesto un nombre. Decían que se llamaban Indios. Hasta que
habían aparecido aquellos hombres arrogantes, agresivos,
todo era alegría. Si el sol brillaba, si por las noches aquel
pedacito de luz, se iba agrandando cada noche, ¿qué
podía ser más hermoso?. Todo era motivo para festejar.
Los mas ancianos contando algún cuento de sus pasadas aventuras,
de sus peleas con alguna tribu enemiga, de su lucha con algún
animal que se arrimaba a las tolderías y de la cual todavía
mostraban alguna cicatriz. Entonces todo ese pequeño grupo
formaba una rueda alrededor del fuego y revivía junto al
narrador, sus experiencias.
Los extensos campos, el pequeño arroyuelo que les servia
no solo para humedecer sus sudorosos cuerpos y que siempre era una
fiesta para los niños. También era la fuente donde
apagaban su sed. Aquellos hombres blancos todo lo cambiaron. No
respetaban a viejos ni mujeres. Todo les pertenecía. Se habían
adueñado de su comida, de su territorio. Habían traído
enfermedades que habían diezmado a las poblaciones indígenas.
Aquel palo tronante que sus hombres portaban, les daba autoridad
y prepotencia.
El Dios que adoraban no era respetado. Ellos traían otro
Dios y lo imponían a su sufrido pueblo. Habían sido
recibidos como seres superiores. Ya el relato de sus antepasados,
que se iba trasmitiendo de generación en generación,
hablaba con respeto y adoración de aquellos que vendrían
un día luminoso para traer nueva alegrías y sabiduría
a toda la tierra.
Ahora esta allí. Solo, remanente único de lo que quedaba
del exterminio de las enfermedades y el hambre que había
traído aquella horda de 'salvadores" a su toldería.
Aquellos que desfilaban delante de sus temerosos ojos, no parecían
los triunfadores de siempre. Algo demostraba una huida. Sus pobres
y haraposas vestimentas, algún llanto que no era de niño,
alguien mirando para atrás, como para ver si no eran perseguidos.
Si hasta le pareció ver algún "indio" entre
esa gente que marchaba sin cantar, sin alegría, con el miedo
que da la desesperación.
Aquellos cuerpos cetrinos que participaban de aquella marcha, le
hicieron abandonar su desconfianza y se decidió a correr
el riesgo de salir de su escondite. El hambre ayudaba a tomar una
decisión.
No fue una gran sorpresa para los participantes de la caravana.
Aquel joven, flaco, temeroso no inspiraba miedo. Mas bien lastima.
Ya otros indios se habían unido a aquel
grupo que huía.
Así, otro miembro se unía a la caravana que más
tarde y con todo orgullo se llamo
"EL EXODO DEL PUEBLO ORIENTAL"
León Mileris
Mayo 2003
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