Jorge Batlle bate
el parche de la guerra y se compromete con el Plan Colombia, mientras
elude una definición por la paz en la agresión unilateral contra
Irak.
La inmensa mayoría
del país ha rechazado el proyecto de la Casa Blanca que amenaza
con incendiar el mundo, el gobierno uruguayo parece poco proclive
a extender una condena tajante a los planes que, en una primera
instancia, concentran la amenaza bélica contra el pueblo de Irak.
Es posible que
el jueves 20 de febrero la guerra aún no haya explotado. Cuando
ese día el ministro de Relaciones Exteriores, Didier Opertti, concurra
a la Comisión de Asuntos Internacionales del Senado para explicar
la posición de la cancillería uruguaya respecto de la guerra, quizás
la opinión y el compromiso oficiales con la paz se hayan visto influenciados
y robustecidos por la manifestación popular prevista para hoy viernes
14, y que se descuenta será multitudinaria como lo serán las manifestaciones
simultáneas convocadas en todo el mundo para este fin de semana,
salvo, quizás, en Estados Unidos, donde una jueza de la Corte del
Distrito Federal de Nueva York prohibió toda iniciativa pública
de oposición a la política de la Casa Blanca contra Irak. (El argumento
para cercenar el derecho a manifestar es muy atendible en una democracia
pragmática: las manifestaciones serían tan multitudinarias que no
habría fuerza policial suficiente como para brindar una adecuada
seguridad a los participantes y, en las actuales condiciones de
alerta para la seguridad nacional, una marcha ofrecería dificultades
para el control de emergencias. Así de simple.)
El canciller Opertti,
cuya presencia en el Parlamento estaba agendada inicialmente para
que explicara la postura uruguaya sobre las relaciones con Argentina
en cuestiones de navegación y límites en el Río de la Plata, será
interrogado sobre la cuestión de la guerra, según una iniciativa
del senador socialista Reinaldo Gargano. Recién entonces, una vez
conocidos los argumentos oficiales en un sentido o en otro, la comisión
debatirá la conveniencia de emitir un pronunciamiento sobre el tema.
Al día de hoy,
las señales emitidas por el gobierno impiden una lectura clara sobre
su posición y mantienen un grado alto de ambigüedad que no condice
con la tensión que se acumula a nivel internacional.
Una de cal y una
de arena. "Nosotros apostamos
al sistema internacional que es el de Naciones Unidas", fue la afirmación
del canciller Opertti, a comienzos de febrero, cuando los inspectores
de las Naciones Unidas entregaron su informe sobre las inspecciones
en Irak en busca de armas químicas y de destrucción masiva; pero
acotó que "la guerra es el último recurso", acotamiento que no la
descarta y que suena, más bien, a fatalidad. Más recientemente el
canciller interino Guillermo Valles, según despachos de prensa internacional,
aventuró que "la guerra siempre es condenable", evitando así una
condena explícita de esta guerra en particular. Hasta ahora no ha
habido definiciones categóricas del estilo de: "No vamos a participar
en nada que tenga olor a guerra", afirmación ine-quívoca, contundente,
que no deja espacio para la ambigüedad, y que pertenece al presidente
argentino Eduardo Duhalde. El presidente Jorge Batlle, que no ahorra
opiniones cuando quiere, ha mantenido en cambio un sugerente silencio.
En sus declaraciones
a la prensa, el ministro Opertti se ha extendido en afirmaciones
sobre la necesidad de "reforzar el sistema de decisiones de Naciones
Unidas, eso me parece fundamental señalarlo sin ningún tipo de dudas".
El canciller reivindicó la postura de "tratar de agotar todos los
recursos y que la guerra sea el recurso extremo", porque, señala,
"la guerra es el medio más doloroso, más cruento, y con desembocaduras
que no sabemos cuáles van a ser sus estaciones finales", lo que
en buen romance quiere decir que una guerra ajena igual provoca
efectos indeseados sobre los espectadores lejanos.
Así las cosas,
el compromiso más claro de Uruguay en torno a esta cuestión surgió
el 5 de febrero cuando se reunieron en Montevideo los cancilleres
del Mercosur. El argentino Carlos Ruckauf y el brasileño Celso Amorín
llegaron a las conversaciones del Parque Hotel decididos a impulsar
una posición regional común en los principales temas, así fueran
los de comercio con la Unión Europea, la discusión con Estados Unidos
sobre el ALCA o "la actual situación internacional y las amenazas
que pesan sobre ella". En ese clima, habiendo el presidente Duhalde
expresado en Buenos Aires su total coincidencia con Lula, para quien
la guerra contra Irak es un acto de hostilidad contra la democracia
en el mundo, el canciller Opertti coincidió sobre la conveniencia
de que "la región tenga una posición uniforme".
La declaración
que los cancilleres -firmada también por el paraguayo José Moreno
Rufinelli, que presidió las deliberaciones- dieron a conocer el
jueves 6, "reitera el repudio al terrorismo y a las armas de destrucción
masiva", y expresa la confianza en que los inspectores de la ONU
"tendrán el tiempo suficiente para realizar sus tareas con la plena
e integral cooperación del gobierno iraquí". Apoyan "los esfuerzos
pacíficos para que la resolución 144 sea totalmente cumplida", y
confirman "el rol del Consejo de Seguridad como el órgano responsable
por el mantenimiento de la paz y la seguridad internacional, y el
único con legitimidad para autorizar el uso de la fuerza".
Esa última frase
es la que da contenido político concreto a toda la declaración y
la que, de alguna manera, impone un compromiso al gobierno uruguayo,
compromiso que se aparta de la vaguedad declarativa sobre esa paz
deseable pisoteada por la guerra inevitable. Sin mencionarlo, los
cancilleres del Mercosur cuestionan a Estados Unidos su pretensión
de ejercer el rol de policía mundial. Y eso, para Uruguay, es lo
más que podía conceder, cuando para el resto de la región constituía
un piso; de alguna manera, y vistas las posiciones adoptadas tanto
en Montevideo como antes en Buenos Aires por Ruckauf y Amorín, la
declaración de la reunión de cancilleres del Mercosur estaría expresando
la habilidad de Opertti para suavizar las aristas más explícitas
del texto. La experiencia del canciller uruguayo, sustentada en
años de cocina negociadora en organismos internacionales, tenía
de todos modos un límite impuesto por la postura latinoamericana,
y en especial la de los dos países del subcontinente que ocupan
actualmente un lugar en el Consejo de Seguridad: Chile y México.
Tanto el presidente Vicente Fox como el presidente Ricardo Lagos,
pero en especial este último, han sido terminantes en anteponer
la resolución colectiva de las Naciones Unidas a las pretensiones
unilaterales de Estados Unidos. Ambos países han reiterado que ejercerán
el voto contrario a la guerra "preventiva" en el Consejo de Seguridad.
Esa postura iba a ser defendida en Santiago de Chile en una reunión
del Mercosur ampliado, convocada expresamente para acordar una posición
colectiva común que Chile y México se comprometían a impulsar en
la ONU en nombre de América Latina.
Si la voluntad
efectiva de la diplomacia uruguaya es la de oponerse realmente a
la guerra, en lugar de aspirar a una solución pacífica en tanto
la guerra no sea ese "recurso extremo", entonces la ambigüedad de
la postura oficial debe interpretarse como una imposición de su
debilidad en otros planos que comprometen su postura internacional,
como lo es la trampa en la que se ha metido en la cuestión de la
deuda externa, implorando una ayuda personal del presidente de Estados
Unidos para torcerle el brazo al Fondo Monetario Internacional.
No hay que ser frenteamplista para coincidir con Tabaré Vázquez
en que tales tipos de gauchadas nunca son gratuitas, y menos en
este momento en que la Casa Blanca, a pesar de que no necesita de
nadie para efectivizar su poderío militar, anda escasa de apoyos
políticos.
Si la cuestión
de la guerra contra Irak y la cuestión de la sanción a Cuba en la
Comisión de Derechos Humanos de Ginebra aparecieron como convidados
de piedra -tanto en las conversaciones que aquí en Montevideo mantuvieron
algunos miembros de la comitiva que acompañó a la subsecretaria
del Departamento de Estado, Paula Dobriansky, como en las que sostuvo
en Washington el embajador Hugo Fernández Faingold con el subsecretario
del Departamento del Tesoro, John Taylor-, más insistente será el
fantasma ahora que la oposición de Francia, China, Rusia (miembros
permanentes del Consejo de Seguridad), más Alemania, Bélgica y el
Vaticano, obliga a Estados Unidos a renunciar a una coartada de
la ONU y a impulsar una "alianza independiente": para la instalación
del coro, "toda monedita sirve".
Sin embargo, cabe
otra interpretación de la ambigüedad uruguaya: ésta es expresión
no de una debilidad frente a las presiones de Estados Unidos, sino
de la debilidad emergente de una soledad regional, un divorcio de
los vecinos que ensayan otros caminos mientras Uruguay -o al menos
su presidente- reedita una "relación carnal" con Washington, reivindicando
la amistad personal con vaqueros y banqueros, impulsando la bilateralidad
en la negociación del ALCA y proclamando "We are fantastic" porque
nos endeudamos más rápidamente que Argentina.
En esa hipótesis,
al menos el inquilino del Edificio Libertad (el canciller y el Foro
Batllista tendrían matices de reservas, o diferencias tácticas,
cuyas motivaciones alargarían excesivamente el párrafo) estaría
obligado a ocultar una real coincidencia con George W Bush sobre
la conveniencia de dar la lucha frontal y aniquiladora contra el
eje del mal. En ese sentido, el coche bomba con 200 quilos de explosivos
que cobró 35 muertos y 170 heridos al detonar en un club social
de Bogotá, atentado atribuido a las Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia (farc), facilitó a Batlle comprometerse directamente
con la guerra imperialista en su expresión latinoamericana, es decir,
el Plan Colombia que impulsan la Casa Blanca y el Pentágono y que
ha encontrado un aliado decidido en el ultraderechista presidente
colombiano Álvaro Uribe.
El paso que Jorge
Batlle no había dado en la cuestión de Irak lo avanzó sin disimulo
en el caso colombiano. Al recibir una llamada telefónica del presidente
Uribe, el presidente Batlle comprometió su apoyo a "todas las medidas
de carácter multilateral que permitan concretar acciones eficaces
contra el terrorismo y el narcotráfico". Uribe anunciaba que Colombia
reclamaría ante la Organización de Estados Americanos (OEA) la definición
de las farc como una organización terrorista. Con ello se abren
las puertas para una intervención más directa e indisimulada de
Estados Unidos y la aplicación concreta del Plan Colombia, que expresa
en el continente la estrategia bélica que en Oriente Medio se abate
sobre Irak y en Oriente sobre Corea del Norte. La iniciativa será
apoyada por Uruguay, según confirmó el subsecretario Guillermo Valles,
y por Chile, que aspira a que el Grupo de Río adelante una posición
conjunta para la reunión de la OEA que se realizará próximamente
en Washington.
Así, la guerra,
ese "último recurso", imprevistamente se vuelve más material y ominosa
en nuestro propio escenario. Si el petróleo es la razón de la amenaza
contra Irak, sin duda es también la razón de la codicia que el Plan
Colombia abate sobre Venezuela, acusada ya por la ministra de Defensa
de Colombia, Martha Lucía Ramírez, de cobijar a los "guerrilleros
terroristas" en las provincias limítrofes del sur. Los tambores
de la guerra suenan más cerca de lo que creíamos, y nuestro presidente
es uno de los que bate el parche.
Si la movilización
popular es un freno efectivo a la guerra, ahora tenemos razones
más egoístas para aplicarlo.
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