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En
el discurso del estado de la Unión que el presidente Bush pronunció
ante el Congreso de EEUU el pasado 29 de enero se hicieron varias
alusiones directas al terrorismo y a los terroristas que conviene
recordar. He aquí una selección de las más relevantes:
"En total, más
de 3.000 presuntos terroristas han sido detenidos en muchos países
y otros muchos han corrido distinta suerte... digámoslo claro: ya
no son un problema para EEUU ni para nuestros amigos y aliados".
"Hemos puesto
a los terroristas en fuga y les mantendremos escapando".
"Uno por uno,
los terroristas están aprendiendo lo que significa la justicia de
EEUU".
En la guerra contra
el terrorismo en que oficialmente el Gobierno de EEUU se encuentra
ahora implicado, estas declaraciones parecen no dejar lugar a dudas.
Los terroristas —todos los terroristas del mundo— habrán de sufrir
la universal ofensiva estadounidense, se hallen donde se hallen.
El terrorismo, en general, parecería así abocado a una eterna y
desesperanzada fuga hacia un final fatal e ineludible.
Pero la realidad
es muy otra. Así lo muestra un revelador artículo de Saul Landau,
miembro del Institute for Policy Studies de EEUU y profesor de la
Universidad Politécnica Estatal de California. De su lectura se
deduce que, para el presidente Bush y la actual Administración norteamericana,
una cosa son las retumbantes declaraciones que se hacen para la
opinión pública y otra la prosaica realidad.
Escribe Landau
que, en diciembre del año pasado, un ciudadano cubano secuestró
un avión en Cuba y voló sin dificultad alguna, controlado por los
radares de tráfico aéreo de EEUU, hasta aterrizar en Florida. Allí
fue recibido como un héroe. Incluso un abogado llegó a presentar
una demanda reclamando la propiedad del avión —que pertenecía a
Cuba—, para venderlo en pública subasta y, con el dinero obtenido,
indemnizar al secuestrador porque estaba "emocionalmente afectado".
Jamás el gremio de los secuestradores de aviones había sido antes
capaz de alcanzar un grado tan alto de refinamiento. Pero, claro
está, no era un terrorista islámico ni checheno, sino un cubano
anticastrista, es decir, un terrorista "bueno". A pesar de los retóricos
discursos de la Casa Blanca, lo que la realidad muestra es que hay
dos tipos de terroristas: los malos y los buenos.
Conviene recordar
a este respecto que un documento de fecha 30 de enero de 2003, del
Office of Counterterrorism de EEUU, difundido en España por el Servicio
de Documentación de su Embajada, precisa lo siguiente: "Actividad
terrorista es cualquier actividad ilegal según las leyes del lugar
donde se produce y que incluye cualquiera de las siguientes: (I)
el secuestro o sabotaje de cualquier transporte (sea avión, navío
o vehículo)... etc.". Por tanto, el secuestro de un avión entra
de lleno en las actividades terroristas, hasta el punto de ser la
que encabeza una larga lista de ellas.
Es curioso observar,
comenta Landau, la simpatía que muestra la familia Bush por el terrorismo
anticastrista, algo que comparte el presidente con su hermano Jeb,
gobernador de Florida, en cuya elección el voto de los emigrados
cubanos tuvo gran influencia. En mayo del 2002, George Bush invitó
a varios terroristas notorios a un discurso que pronunció en Miami.
Uno de ellos, Orlando Bosch, recibió una invitación de tribuna.
Cuando un asesor presidencial descubrió que el FBI lo había tenido
incluido en la lista de los terroristas más peligrosos, tuvo que
resignarse a ocupar un asiento ordinario entre el público. Bosch
se había atribuido, en una entrevista en el Miami New Times, el
derribo de un avión comercial cubano sobre Barbados en octubre de
1976. Años antes, la policía lo había detenido por disparar con
un bazuka contra un barco polaco en el puerto de Miami.
Tras el discurso,
Bush asistió a una cena del Partido Republicano de Florida para
financiar la campaña de reelección de su hermano Jeb. Algunos de
los principales donantes, miembros de la junta directiva de la Fundación
Nacional Cubano-Americana, también han financiado a terroristas
como Orlando Bosch y su antiguo asociado en el derribo del avión,
Luis Posada Carriles. El documento antes citado incluye expresamente
entre las actividades terroristas "el solicitar fondos u otros objetos
de valor para apoyar la actividad terrorista". Ser financiado por
quien también apoya con su dinero al terrorismo parece un proceder
extraño para quien enarbola el pendón del antiterrorismo.
Otros casos análogos
reseña Landau en su artículo, que no tienen cabida en este comentario.
Lo que se deduce de todo esto es que, como viene ocurriendo desde
el nacimiento de los más remotos terrorismos, es difícil prescindir
de los motivos que los promueven a la hora de combatirlos. Varios
inquilinos de la Casa Blanca han llamado "combatientes por la libertad"
a quienes en otros países actuaban con métodos terroristas, como
la "contra" nicaragüense. Mientras EEUU, que se ha erigido en supremo
adalid del antiterrorismo internacional, siga distinguiendo en la
práctica dos clases de terrorismos (el bueno y el malo, el nuestro
y los de los otros), serán inútiles todos los esfuerzos concertados
que se hagan para erradicar esta nefasta actividad.
* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro
de Investigación para la Paz (FUHEM)
albepir@mundofree.com
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