Disquisiciones sobre la naturaleza y sentido de la materia fecal del caballo…
(un verdadero artículo de mierda…)
Dr. Enrique Rimbaud
Decano de la Facultad de Veterinaria
Managua - Nicaragua
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La materia fecal ríe desde el piso, lo que otrora fuera zacate, pastos frescos, sorgo millón, barrido de verduras y frutas podridas del mercado o quién sabe qué, hoy humea en la calle tratando inútilmente de mantener la temperatura de un cuerpo de caballo que lo abandonó sin pena y sin lástima… sin siquiera detenerse, sin darle importancia alguna al hecho mismo, totalmente impertérrito e indiferente de desprenderse de algo que hasta hace un rato era parte de su cuerpo, de su peso, de su misma existencia…
De variados matices de verde, brillante, abigarrada, redondeada, humeante, se exponía nuevamente a un mundo que ya conocía, reencarnando en forma diferente, casi una obra de arte, que hasta podría exhibirse en la Galería Códice donde les gustan las cosas raras…
Es una pérdida, si ese caballo hubiera estado hoy en el campo, sus deposiciones serían abono nuevo y fresco, incorporado al suelo por escarabajos y lombrices, digerido por bacterias y hongos, y podría con el tiempo convertirse en planta, en flor, en árbol, en alimento… pero no, yace en la dura y gélida calle, y lejos está de integrarse a nada más que a mugre, mugre cotidiana de la calle, mugre de Managua, mugre que afea nuestras calles, plazas y parques, mugre natural, orgánica, pero mugre al fin… simple y siempre mugre…
Es increíble como el zacate simple, verde y fresco es mordido, masticado, digerido, paseado por más de cincuenta metros de masa intestinal para llegar simple, redondo y casi seco al suelo, de la tierra a la tierra… de bolo alimenticio a bolo fecal, de lo sublime a lo marginal, del todo a la nada, la ley nunca escrita…
Más de un auto o transeúnte pasará llevándose sus restos en las llantas o suelas de zapatos, aplastando sus formas redondeadas, esparciendo detritos y huevos de parásitos por todos lados…
Por lo menos no hiede, más bien es casi aromático, impregnando el ambiente de un olor dulzón y pesado, pero soportable, no es como los perros, o los gatos, o la misma gente, eso es hediondo y pestilente, propio de razas taimadas y ladinas, no como las bestias, nobles, de cuerpo y alma, que ni en eso molestan…
Tengo ganas de cruzar la calle y traérmelo para mi jardín, es una lástima que se desperdicie sobre la calle asfaltada, incapaz de incorporar elementos, ni buenos ni malos… apenas desparramarlos, enturbiando una estética imaginaria, bizarra e insólita… porque, después de todo, una calle no es algo muy lindo que se diga…
Del caballo solo queda un eco de repicar de herraduras que se pierde en la madrugada… hasta la sombra desapareció dando la esquina… pero, de cierta forma me alegré, caballo que defeca es caballo que ha sido alimentado, y esto no es lo general de los caballos de Managua, creánme…
No pude verlo, solo oírlo y oler la presencia innegable de sus desechos cuando fui a buscar el periódico…
Nadie más había en la cuadra, era muy temprano, solo el cuidador de la cuadra que cuidaba a su modo, durmiendo sobre la acera, desparramado, fruto de quien sabe qué número ordinal de borrachera consuetudinaria en su vida…
Por supuesto que el cuidador ni se enteró de que había pasado un carro, ni de nada… como todo buen cuidador…
El silencio fue impregnando la penumbra endulzada por las heces, y todo volvió a la normalidad, unas luces a la derecha indicaban un auto que doblaba desde Altamira, por lo que recogí el periódico, dejándome ganar por la pereza abandonando el abono…
Me puse a leer el diario en el jardín del frente, con la malsana ilusión de ver cuando el primer carro desbaratara los montículos redondos y ya fríos…
Más tarde, algún pijul o algún sanate bajarán, luego que amanezca, buscando comida entre los restos, trozos mal digeridos que sacien su hambre… algún restito de maíz o de sorgo, algún zacatito…
Por lo menos, el zacate ya transformado descansaba el sueño de los justos, y no venía propiamente de un viaje astral o placentero, primero, la violencia de la furibunda mordida del caballo arrancándolo de la tierra, luego, un apretado viaje a través del esófago, apenas lubricado por saliva, luego, el ataque criminal de los jugos gástricos en el estómago, mas tarde, así malherido y quemado emprender un largo viaje a través de medio centenar de metros de masa intestinal, nuevamente atacado en el ciego, para ser transformado lentamente en bolo fecal a través de su tránsito por el intestino grueso, una última quitadita de agua en el recto, y voilá, solo queda expulsarlo, en forma ingrata y desagradecida…
Al rato, de lo que fuera orgullosa y humeante materia, solo quedaban restos desboronados, un par de autos, y tres caminantes tempraneros, se encargaron de esparcir sus restos por el asfalto, sin fijarse, sin inmutarse, sin siquiera sentirlo… Nos lleva meses nacer, y solo un segundo morir… también le llevó meses al zacate crecer, de 28 a 36 horas le llevó al caballo arrancarlo, comerlo, tragarlo, digerirlo, construirlo, prepararlo y transformarlo, y tan solo minutos al mundo destruirlo… ya no hay respeto por el arte… ni por la vida…
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