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Las
Malvinas de Entre Ríos
por Jorge
Asís |
Kirchner
y Busti son dos mariscales que desconocen la manera de simular
la innecesaria derrota.
Una
lástima después de todo que Benedicto tenga
menos iniciativa política que Juan Pablo y se dedique
a componer insustanciales encíclicas de amor.
Una lástima que Benedicto no se decida a circular
con el papamóvil por diversas calles de Gualeguaychú.
Mientras
a veinte kilómetros de la plaza principal reprimen
ineludiblemente los gendarmes a los patrióticamente
entusiastas sin conducción.
Los
insignes voluntariosos que fueron entregados a cinco kilómetros
del puente.
Justamente donde se celebraba con énfasis la ceremonia
del corte que formaba parte del carnaval.
Benedicto
entonces tendría que llegar como llegó Juan
Pablo antes de la humillante capitulación.
Por ejemplo antes que Busti se quede en el 2006 inalterablemente
tan solo como Galtieri en 1982.
Aunque
con la sensación unánime de una derrota infantilmente
innecesaria.
Por una causa obstructiva infinitamente menos justa que
Malvinas.
Pero igualmente bastardeada con inquietantes dosis de politiquería
de consorcio.
Sin
embargo Busti no se quedará inofensivamente solo
con el sabor noctámbulo del estrepitoso fracaso por
tanto conmovedor festival reivindicatorio destinado a vivirse
como una justa causa nacional.
Como
si fueran Las Malvinas del Entre Ríos al que supo
cantarle Mastronardi ante el estupor de Juan Ele Ortíz.
Una
lástima además significa conceder gratuitamente
la imagen miserable del país obturador.
La cosmovisión del estado envidioso que desprecia
abiertamente el desarrollo ilusorio del vecino.
Un horror
significa entonces ofrecer la fotografía suplicante
del país mezquinamente a la deriva.
Con
representantes desairados que golpean como vendedores ambulantes
a las puertas de la cancillería uruguaya.
Mientras
el activo embajador Patiño dicta órdenes por
celular con gesto frenético de ejecutivo sin tiempo.
A los
efectos de exhibir la contundente imponencia de su pericia.
Aunque
sin siquiera sospechar que aquel esplendor sublime del grotesco
iba a convertirse en portada penosamente ilustrativa de
Clarín.
Para
malvinizarse al fin y al cabo con más ganas contra
los imperialistas uruguayos hubiera sido preferible que
en La Banda Oriental gobernara aquel presidente Battle que
nos tildaba francamente de ladrones.
Desde
el primero hasta el último.
Y que
los distraídos irresponsables que capturaron la infatuada
veleidad progresista de la Argentina no se hubieran lanzado
con énfasis a la siesta gestionaria.
A la
pasión por el lexotanil que hubiera superado en intensidad
hasta aquella invocada siesta legendaria de De la Rúa.
Suponían
los distraídos susodichos que después de todo
con Tabaré iba a ser más fácil que
con el Battle oportunamente atormentado por los reclamos
humanitarios mientras los finlandeses surcaban con excavadoras
en el esternón de Fray Bentos.
Suponían
los incautos que el zurdito Tabaré era un improvisado
similar que iba a demoler los muros con las topadoras ideológicas.
Porque
se le proporcionaba desde un sistemático aliento
electoral y se le cedían palmaditas con adjetivos
desmesuradamente paternales.
La cuestión
que la fotografía digital de los profesionales que
concibe moralmente el Uruguay mantiene patéticas
distancias con aquellas instantáneas de obturación
turística que se obtienen con las cámaras
desechables en la Argentina que se berretifica.
Puede
percibirse un sorpresivo Uruguay institucionalmente galvanizado
detrás del presidente.
Gracias a la berretificación de la Argentina el Uruguay
de pronto se unifica hasta fortalecerse.
Y el paisito que aquí suele confundirse con la integridad
de un balneario se dispone a brindarle al vecino grandulón
una lección de continuidad histórica del Estado.
Mientras
Tabaré muestra para la fotografía el perfil
locuaz de Sanguinetti y la sonrisa adentro de la bolsa de
Larrañaga el presidente Kirchner establece ciertas
guiñadas como instrucciones para que sus espadas
gubernamentales masacren al colega Busti.
Por
lo tanto el meritorio Felipe Solá lo fulmina con
obediencia a Busti como si fuera cualquier Rovira.
Espadachines
sin reelección que reclaman en voz alta lo que por
cuestiones numerológicas de imagen Kirchner aún
no se atreve a decir aunque aspire a zafar.
En definitiva
Kirchner actúa con Busti casi como aquel amigo americano
que supo tratarlo a Galtieri de "general majestuoso".
Para
después dejarlo a Galtieri apenas con las bendiciones
utilitarias del Papá que sonaban como extremaunciones
de la historia que prefiere evocarse sin cuestión
irritantemente elemental de los cadáveres.
Sin
embargo Busti se la hará a Kirchner bastante más
difícil que el majestuoso Galtieri a los americanos
sin matices.
Busti
mantiene atributos para mirar debajo de las aguas del río
Uruguay a las once de la noche.
Porque Busti sospecha que se lo quieren llevar puesto como
una media para atribuirle hasta las culpas del divertimento
movilizador de los festivales de piqueterismo moral.
Del corte entendido como mera intención de revolución
permanente que se desvanece para mostrar el rostro del berretismo
más cruel.
Plantea
entonces Busti la fantasiosa posibilidad de su renuncia
indeclinablemente insuficiente.
Una renuncia retóricamente efectiva para situarlo
a Kirchner en el medio tironeado de una situación
post electoral que ya no puede manejar con los números
de Artemiópolis.
Entonces Busti le señala con impertinencia a Kirchner
que cuando irrumpa la verdad inexorable de la derrota ante
el espejo de las Malvinas de Entre Ríos en todo caso
no se quedará solo.
Porque
los emblemas de mariscales de la decepción de la
ruta 136 serán para compartirlos entre Kirchner y
Busti.
Como
si fueran Thompshon y Williams.
Tendrán que compartir la boca en el asfalto los Thompshon
y Williams.
Como si fuera un pan recién horneado en un campamento
estudiantil entre el erotismo de los naranjales.
Galtieri
uno entonces es Busti.
Pero el Galtieri principal es definitivamente Kirchner.
Aunque Kirchner atenúe el rigor del ambientalismo
con la cara distraída del perro al que le hacen salvajemente
el amor.
Trátase
de compartidos mariscales irresponsables de una derrota
anunciada que malvinizó aquel otrora incomparable
carnaval de Gualeguaychú.
Un carnaval
que supo trasladar hasta sus gratificantes peñas
hacia la longitud del corte.
Para algarabía de los discursos altivamente encendidos.
Ideales para anticipar los asados con la gloria del tetrabrick.
Un carnaval
entero de sombría militancia que bastardea valores
esenciales de jóvenes de bien que suponen multiplicarse
por una causa noble como su comarca.
Un carnaval anticipatorio de fantásticas decepciones
que pasó socialmente a oscilar alrededor del corte
que se independizaba de la lucidez.
Del
estado de asamblea permanente para gastronómico fervor
de los ambientalistas improvisados que se sienten de pronto
conductores de una multitud a la carta.
Líderes implacables que mojan conceptos dirigenciales
de garrón y movilizan masas revolucionarias especialmente
adiestradas para cortar la 136.
De ser posible hasta la 14.
Para
declarar la guerra la Uruguay y para bregar en pos de la
Dictadura del Proletariado más trucho.
Elevarse
hacia el vacío del trotskismo universal como si el
corte fuera el Garraghan sin Lerer.
Para invadir después Fray Bentos e intentar un nuevo
Sitio de Montevideo a medida que prospera el furor ambientalista
del anarquismo incentivado con cánticos y saltos
de barras bravas que aprovechan la desertificación
absoluta de la racionalidad.
Que
se venga el principito gritaba aquel Galtieri mientras huía
para adelante.
Igualmente Kirchner y Busti huyen escandalosamente hacia
adelante.
Como
Thompshon y Williams fascinados detrás del caramelo
de madera de La Haya.
Después de todo La Haya se convierte en el recurso
altisonante para aludir al sitio honorable donde buscan
aquello que carecen.
Aunque
a esta altura de la excitación malvinera el espejismo
de La Haya se torna intrascendente para atenuar a la multitud
incentivada para la lucha.
A merced de los piqueteros vocacionales que ahora pretenden
el regreso tardío del diálogo razonable que
simule parcialmente la derrota.
"Te
alejaste mucho de la playa" se decía el pescador
de Hemingway en El Viejo y el Mar.
Miraba espantado mientras tanto que los tiburones le comían
la carga con el pez espada y dificultaban el regreso de
la barca.
Dos
expertos de mares turbulentos como Kirchner y Busti debieran
percibir que con el cuento ambientalista alejaron demasiado
a la gente de Gualeguaychú.
Thompshon
y Williams ahora desconocen cómo hacerlos volver.
Porque
los crédulos que creyeron en la viabilidad de sus
luchas pronto tendrán que percibir que se encuentran
tan lejos de la playa de la razón como aquel pescador
de Hemingway.
Por lo tanto el drama tiene tan poca posibilidad de resolverse
que no tendrán otra alternativa que radicalizarse.
El caramelo
argumental de La Haya ni siquiera sirve para bajar un cambio.
Menos aún para evitar la amargura por la derrota
innecesaria que sobreviene invariablemente.
Aunque
a los socios para la desventura Busti y Kirchner se les
desmorone abruptamente el telón del fracaso.
Sobre
el lomo inerte de la propia ineptitud.
Publicado
con la autorización de Jorge Asis (JorgeAsísDigital.com)
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