"Mariposa
marrón de madera,
niño violín que se desespera
cuándo Becho lo toca y se calma
queda el violín sonando en su alma
"
Han transcurrido
20 años de su muerte (21 de mayo 1985) y la canción
de Zitarrosa sigue brindando su homenaje a Carlos Julio
Eismendi por el aporte permanente que ofreció a
la cultura musical de nuestro país.
Fue sin
ninguna duda el mejor representante de la música clásica
de nuestro país, habiendo obtenido en Alemania su mayor
consagración al conquistar el primer lugar en un concurso
de violín donde participaron más de 200 músicos
de distintos países.
Al regreso
de Europa nos recibió en su rancho de La Barra con
sus libros, discos, violines y sus amigos de la infancia.
Pese al logro alcanzado en Alemania se daba el lujo de vivir
como quería, y hacer lo que mejor entendía sin
consultar a nadie ni pedir opiniones. Ese día vestía
de una forma muy extraña; chinelas, medias de lana,
pañuelo al cuello, sombreo de paja y un vaso de whisky.
Nos habló
de su infancia transcurrida en Lascano, de su entorno familiar,
de su primer profesor, de halagos y sinsabores, de situaciones
insólitas y excéntricas que debió soportar
en Europa mientras transitaba entre la vida y el arte.
Su popularidad
ganada con la música lo había convertido en
el artista indiscutido, sin que por ello perdiera su sensibilidad
ante las cosas pequeñas, cotidianas y la rueda de amigos
que allá por el 50 acompañaban sus serenatas
en el balneario.
Hablaba
poco de sus problemas personales porque no se permitía
el lujo de estarse exponiendo ante sus amistades.
Definido
por algunos como un milagro cultural de nuestro país,
adoptó posiciones muy propias frente a la vida y la
sociedad de aquellos años. Vida que estuvo signada
por una bohemia permanente que ya en Montevideo lo hacía
recorrer distintas pensiones de la ciudad vieja y algunas
alcobas de la alta sociedad.
En aquellas
piezas y pensiones de Reconquista, Ituzaingó , Piedras
y Buenos Aires se daban cita junto a Becho y Zitarrosa , los
duendes de la música y la poesía que preferían
el "bajo" para dar forma a sus creaciones y donde
la gran mayoría tocaba de oído a "pura
oreja" como él lo decía. Fue sin proponérselo
uno de los hijos preferidos de la bohemia estudiantil de aquellos
años.
"
porque a Becho le duelen violines
que son como su amor chiquilines
Becho quiere un violín que sea hombre
Y al dolor y al amor no los nombre
"
Hace algunos
años en otro aniversario entrevistamos a sus padres
que vivían en la ciudad de Rocha y algunos amigos de
la infancia para conocer de primera mano al hijo, al hombre
y al músico que años más tarde asombraría
al mundo desde Alemania.
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Su
madre Herlinda Lovizetto
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En primer
término doña Herlinda Lovizetto (su madre) nos
decía que "cuándo abrió los
ojos ya tenía el destino marcado por la música
y tan es así que a los tres años cuando comenzó
a oír música clásica en nuestra ortofónica
y escuchaba a Schubert o Mozart permanecía durante
varias horas en completo silencio. Cuando se acostaba cruzaba
las piernas y tarareaba todos los temas que había escuchado,
demostrando un oído muy especial para su corta edad.
Nació en Lascano, pero fue Montevideo que lo vinculó
definitivamente a la música."
"El
primer violín se lo compramos a un comisario Pintos
de Cebollatí. Posteriormente cuando vino un circo a
Lascano, los artistas pararon en el Hotel de Odonel y cuando
lo escucharon tocar le regalaron un violín de mejor
calidad. Becho tuvo la virtud de aprovechar las enseñanzas
de cada uno de sus maestros."
Vinieron
luego sus estudios de abogacía que abandonó
a los pocos años para seguir su vocación por
la música. Busco siempre el silencio y la tranquilidad
de La Barra para "rejuntar" sus amigos de la juventud
y regalarles algún tema de aquellos.
Cuando Becho
regresa de Europa alquila una casona en la ciudad vieja, en
la calle Paraná entre Juncal y Ciudadela, donde se
daban cita todos los músicos de aquel momento, algunos
de los cuales se quedaron a vivir por algún tiempo.
Uno de estos artistas era Alfredo Zitarrosa que de tanto escuchar
a Becho, con una melodía muy reiterada resuelve hacerle
una letra que denominó El Violín de Becho."
Su padre
don Ángel Eismendi aportó sus recuerdos señalando
que "desde los primeros años pudimos observar
su inclinación hacia la música clásica
y tuvimos muy claro que debería hacer lo que su vocación
le indicara."
Su comienzo
musical con un instrumento, lo ubicamos tocando de oído
La Comparsita y algunos tangos de Gardel. Su ingreso a la
música clásica comienza con Camilo Boronat un
maestro valenciano que dirigía la banda municipal y
con quién comenzó sus estudios de solfeo y armonía.
Continúa
luego en Treinta y Tres con el profesor José Roselli,
que había integrado la filarmónica de Barcelona.
Quizás la época más feliz de Becho transcurrió
en La Barra con sus amigos.
"Nuestra
casa se había convertido en casa de músicos,
pues la mayoría de los integrantes de la orquesta del
Sodre se alojaban en una cabaña que teníamos
al fondo y disfrutaban durante el verano de una bohemia total."
"En
1960 cuando la sociedad comenzaba a quebrantarse, llegó
al Uruguay una orquesta venezolana que terminó contratando
una cantidad importante de músicos y si bien Becho
no viajó, nos dijo que estuviéramos preparados
porque en la próxima tanda él también
se iría del país."
"No
demoró mucho cuando le llegó el primer contrato
para trabajar en Cuba. En esos momentos Fidel Castro iniciaba
la transformación de ese país llevando a los
mejores médicos, maestros y músicos formando
una orquesta sinfónica que Becho la definiría
como el Real de Madrid, porque había contratado lo
mejor del mundo."
También
recogimos la opinión de quien fuera titular indiscutido
en el cuadro de amigos que Becho había formado en sus
temporadas veraniegas, Reinaldo Vogler; "Becho
se definía jocosamente y con gran sentido del humor
como el primer violín de la orquesta estable de don
Nicomedes Gómez, propietario de uno de los primeros
salones bailables del balneario. Cuando algún farol
a queroseno amenazaba apagarse en pleno baile, Becho llamaba
a don Nicomedes mediante notas que sacaba de su violín,
hecho que era muy festejado por la concurrencia. Todas las
noches amanecíamos dando serenatas a los amigos. En
algunas oportunidades su madre no lo dejaba salir con el violín
por la humedad del balneario y él llenaba botellas
con agua y lograba sacar nítidamente las notas que
necesitábamos para las serenatas. Pasan los años
y un día escuchamos en una radio capitalina que el
músico uruguayo Carlos Julio Eismedi había logrado
el primer puesto en un certamen internacional de violín
realizado en Alemania y donde habían participado más
de 200 músicos. Cuando regresó a La Barra con
su natural modestia nos manifestó que habían
participado muy pocos músicos 8no más de 14)
y que eso había facilitado su triunfo." La muerte
lo sorprendió muy joven el 21 de mayo de 1985, pero
su vida ha quedado en la mejor historia de la música
clásica de nuestro país porque a Becho le siguen
"doliendo violines, que son como su amor chiquilines
."
"Ya
no puede tocar en la orquesta
porque amar y cantar eso cuesta."