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Año V - Nº 267
Uruguay,  04 de enero del 2008
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Néstor Rocha

“El Pulga y el Brasilero”
por Néstor Rocha

 
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            El Cerro Negro pertenece al cordón rocoso de las Puntas de las Sierras en el departamento de Rocha, con una imagen paradisíaca desde el Camino de los Indios, y se accede al mismo por el Paso del Matruta, un camino vecinal que une la ruta 13 con la ruta 14, y por ésta vía  a la estancia del extinto líder del Partido Nacional Wilson Ferreira Aldunate. Un lugar que décadas atrás estuvo prácticamente cubierto por un espeso monte nativo, y un terreno escabroso de difícil acceso.

            Para la presentación de esta historia y como introducción al tema se toma de la publicación  NUESTRA TIERRA ejemplar Nº 12 TIPOS HUMANOS DEL CAMPO Y LA CIUDAD de Daniel Vidart página 29, dos párrafos para comprender este trabajo, y dice:” Los Montaraces: Existe una especial tipología de hombres del área paisana que se evaden laboralmente de la misma y se guarecen en los bosques fluviales y serranos, en los pantanos y en las lagunas, en las orillas de los ríos. Son los montaraces, los recolectores de yuyos, los cazadores furtivos.

Estos refugiados han escapado al vaivén infinito de la penillanura, a la incitación ambulatoria del campo abierto. Viven bajo el regazo escondedor del monte, entre las maciegas del estero, en los socavones de las quebradas donde sombrean los helechos…”

            A mediados del siglo 20, el Cerro Negro fue el hogar de dos personas: Juan Moreira apodado el “El Pulgar” ó “El Pulga” y Santos Emilio Barboza conocido por el “Brasilero”. El primero de los nombrados vivió gran parte de su vida al margen de la ley, y tras cometer algunas fechorías se escondió en ese lugar inaccesible.

El Pulga

             “El Pulga” nació en un pequeño poblado cerca de la ciudad de Castillos, llamado LA PORTERA NEGRA, se trataba de una aldea de la comunidad negra específicamente, descendientes de esclavos africanos; éste hombre de estatura baja, tez morena, cabellos negros con algunas canas, de hablar suave y pausado relató parte de su vida.

            Quedó claro que no contó todas sus vivencias, en el marco de una conversación  sin apuros y de profundos silencios detrás de cada mate, acompañando con su mirada la línea del horizonte, hurgándolo, como buscando una esperanza de vida largamente soñada y que ésta trotaba sin apremios. Hombre sabedor por su experiencia de vida que los pobres se han hecho en un molde de frustraciones, inequidades y que los errores de ellos no son juzgados con el mismo metro que a otros, aprendió que un misma equivocación no se mide con la misma vara pues queda supeditada en que tipo de cuna se nació y de que seno amantó.

            Vivió una década en los montes del Cerro Negro. Sus casa – o “chalet” según él fue una cueva del cerro y subsistió de la caza y de lo que hurtaba en las estancias del lugar. “El Pulga” conocedor de los diferentes establecimientos rurales de la zona por haber trabajado de peón; conocía a la perfección los diferentes movimientos de cada una de las estancias, a tal modo que hasta los perros se mostraban inmutables ante su presencia.

            El hurto de yerba y tabaco a la peonada de las estancias generó discordia entre los trabajadores rurales, en el entendido de que uno le sacaba al otro la yerba o el tabaco. También se apropiaba de diversos alimentos de los muebles de las cocinas  de los establecimientos rurales. Un día andaba de “visita” en la estancia Santa Ana y fue descubierto a la hora de la siesta de la peonada, el dueño de la hacienda  le hizo la guardia y lo sorprendió, el diálogo mantenido se desconoce y el Pulga marcho con diversos alimentos para el Cerro Negro y dicen que nunca más fue a la estancia “a pedir prestado sin permiso ni devolución”.

            Su prolongada residencia en la serranía le permitió conocer como la palma de su mano el entorno rural. Su vestimenta, escasa, consistió en lo que tenía puesto y para el último año, los pantalones, que habían sido largos, estaba a media canilla y la sentadera dejaba traslucir algunas “imágenes”. Unas botas viejas y una camisa harapienta; como abrigo, en los crueles inviernos, un cuero de oveja esquilada que usaba de poncho y como marco de esa imagen, pelo y barba larga del tipo de cabellos que caracterizan a los descendientes africanos. En la entrevista mantenida se autodefinió como la “estampa de la herejía”.

            El Pulga o Pulgar con esa imagen propinó algunos sustos a los peones de la estancia del Cerro Negro, en ese tiempo propiedad del caracterizado líder político nacionalista Wilson Ferreira Aldunate. La policía siempre lo rastreó en aquella zona para aprehenderlo pero les fue imposible, el Pulga tenía varios escondites como recurso, apoyado además por el conocimiento que tenía de la Punta de las Sierras. Incluso se dio el lujo de ser espectador de las actividades de sus perseguidores desde la cima de un cerro.

            Esta vida montaraz y de convivencia con los elementos naturales del lugar le permitió ser un conocedor nato de aquel ecosistema aún en sus menores detalles y a éste lo optimizaba en provecho propio. Fue un gran artesano en el uso del material conocido por greda haciendo réplicas de animales y seres humanos.

El Brasilero

            Santos Emilio Barboza – conocido por el Brasilero dada su condición de ciudadano brasileño – vivió muchos años en el Cerro Negro explotando el monte nativo con un criterio sustentable.

            Hacía Carbón y su producción era retirada generalmente en camión y vendida prácticamente toda en Castillos.

Este carbonero también dominaba el arte de picapedrero. El “Brasilero” era una persona de estatura alta y contextura fuerte, pelo hirsuto negro y largo, cejas grandes y espesas, nariz prominente y labios gruesos, mirada penetrante con un estrabismo en una de las vistas, piel cobriza tirando a morena.

            Poseedor de un vozarrón incrementado por la caña y el vino, su hablar era aportuguesado dando un tono más agresivo que el portuñol. Quien lo mirara por primera vez se sentiría impresionado porque el “Brasilero” metía miedo.

            Tenía aspecto de indígena. Carlos Arrieche Ferrer lo recuerda así: Emilio Barboza era una persona de bien, tenía su modus vivendi y le gustaba vivir en soledad en el monte espeso de la Sierra Grande del establecimiento Cerro Negro. Había que saber en qué parte del monte estaba para dar con él, era difícil encontrarlo.
Siempre dedicado al carbón, talaba el monte achaparrado y el monte fino haciendo limpieza. Con esto hacía el carbón; sus herramientas eran un machete y un hacha.
Una vez estaba limpiando ramas para hacer carbón cuando se le escapó el machete y
se lo clavó en una pierna abriéndole los músculos, una herida tremenda por donde sangró mucho. Vino a mi establecimiento que quedaba muy distante del lugar donde vivía para que lo arrimara a Castillos, se había hecho un torniquete con unos trapos viejos para evitar un mayor sangrado…”

            Emilio Santos Barboza tuvo su huerta o quinta orgánica abonada por el mantillo del monte acumulado por los años, tenía plantado de todo para su consumo; además armó una quinta de duraznos que aún quedan ejemplares como mudo testimonio de la labor de este singular personaje.

            Durante su permanencia en la región hasta su fallecimiento en el hospital de Castillos vivió solitariamente y de la misma forma llevó a cabo su labor de carbonero, una vida al borde de la civilización en medio del monte serrano salvaje. En esta soledad y en el lugar donde vivió no alteró su condición de ser una persona de buena relación con sus vecinos y respetado; raras veces recibía visitas y estos eran los peones de la estancia o quiénes venían a comprarle el carbón.

            Arrieche aseveró “para quien se aproximara a su morada resultó ser un buen anfitrión y ofrecía lo que tuviera al alcance de la mano. Al convivir con la naturaleza la compañía que gozaba era el canto de los pájaros, los lagartos que se arrimaban al fogón donde cocinaba y les daba de comer… además crió como tres o cuatro zorros guachos, de los nombres que les puso recuerdo dos: Marcelino y Cirilo”.

“en la vida, como en ajedrez,
Las piezas mayores pueden
Volverse sobre sus pasos,
Pero los peones sólo tienen
Un sentido de avance.”

Juan Benet

 
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