Las
paradojas del Tercer Mundo
Luis
Méndez Asensio
Agencia de Información Solidaria
26
de mayo de 2004
Muchas
de las encuestas que se realizan en el llamado Tercer Mundo suelen provocar en
las sociedades occidentales cierta congoja ante la constatación de un deterioro
difícilmente atajable, ni siquiera a largo plazo si nos atenemos al calendario
por el que se guían los padres del neoliberalismo. La mayoría de
estos sondeos llevados a cabo en los territorios más dispares, reflejan
carencias ancestrales, salarios de miseria, angustias cotidianas que rigen en
las tres cuartas partes del planeta y que en no pocas ocasiones conducen a la
extinción física, cuando no anímica, de quienes cargan con
estas fatigas por el simple hecho de haber nacido en el barrio equivocado.
Sin
embargo, también hay encuestas que producen perplejidad e, incluso, una
pizca de indignación entre los más susceptibles. Es el caso de un
reciente estudio elaborado por Naciones Unidas en América Latina y según
el cual más de la mitad de los habitantes de ese continente apoyarían
un gobierno despótico si con ello resolvieran sus problemas económicos.
Ante tamaño desplante, el Secretario General de la ONU, Kofi Annan, reaccionó
de inmediato. “Esto es lamentable. La solución para los problemas de América
Latina no reside en un regreso al autoritarismo, sino en una democracia más
profunda y consolidada”, dijo a modo de reprimenda.
El
máximo responsable de Naciones Unidas no puede menospreciar las conclusiones
de un estudio sociológico de tantísimo calado, ni debe quedarse
en la mera advertencia a los insumisos. El mensaje fundamental que se desprende
de este sondeo no es que los latinoamericanos prefieran ser administrados por
dictadores antes que por gobernantes salidos de las urnas. Lo que nos está
transmitiendo una buena parte de los tanteados por la ONU es que la democracia
se revela por aquellos pagos como un remedio insuficiente si no va acompañada
de una reconversión económica y de una distribución más
equitativa de la riqueza, entendida ésta en su más amplia acepción.
La multiplicación de los panes y los peces sigue siendo una exclusiva bíblica
y, por lo mismo, muchos de los encuestados consideran que de nada les vale maquearse
para ejercer el voto cada cuatro años si durante el periodo que media entre
elección y elección no tienen de qué ocuparse.
Por
más urnas que se monten en el Tercer Mundo y por más instituciones
saludables que se levanten en cada esquina, la decepción social estará
garantizada mientras el ciudadano de la calle no perciba claramente que la democracia
es el sistema político más benéfico de cuantos nos hemos
topado hasta el momento. Y para que la asunción de esta idea se produzca
con todas sus consecuencias, no basta con propagar a diestro y siniestro las bondades
del Estado de derecho, sino que hay que procurar con el mismo ahínco que
la dignidad se instale definitivamente allí donde hoy por hoy sólo
crece el escepticismo y el desespero. Hasta ahora, los panes y los peces, en su
sentido literal, pero también metafórico, son bienes escasos en
Latinoamérica, a pesar de que muchos países han regresado a la democracia
formal tras varios años de acuartelamiento.
Las
libertades, si no se ejercen en lo cotidiano, si no se alimentan desde abajo,
si no contribuyen al bienestar del colectivo con mayúsculas, acaban convirtiéndose
en papel mojado. Y esto es lo que está a punto de suceder en una América
Latina en la que la inmensa mayoría de los ciudadanos sobreviven malamente,
como si fueran actores secundarios de una obra hecha para uso y disfrute de las
sociedades más industrializadas del planeta. En otras palabras, no se sienten
cómplices de la democracia. Y de ahí su berrinche y sus respuestas
cuando la ONU les pregunta a bocajarro.