JAVIER
GARCIA | LA REVISTA QUE PASA QUE EL PAÍS EDITA
TODOS LOS DÍAS SÁBADOS SUELE CONTENER UN MATERIAL INFORMATIVO DE
ESOS QUE NO PUEDEN PASARNOS DESAPERCIBIDOS.
No
se ofenda actúe
El
último número de Que Pasa nos convoca a la reflexión y a
la acción, principalmente cuando el Uruguay oculto, el que aparece de cuando
en cuando, nos llama con tanta intensidad. Su tema central es el hambre y la mortalidad
infantil; no la de un lejano país africano, la de los informes de la televisión
internacional con niños de vientres distendidos y de parásitos que
se adueñan de sus cuerpitos, sino el hambre de aquí, de Uruguay
y de los niños que mueren antes de cumplir su primer año de vida
y que no deberían fallecer.
Habla
del departamento de Artigas donde los índices de la desgracia se parecen
a los de las repúblicas más pobres de América. Habla de la
pobreza, no de la coyuntural, sino de la estructural.
La
nota recuerda que el 29 de abril el ministro de Salud Pública Conrado Bonilla
anunció que la tasa de mortalidad infantil en Uruguay se mantuvo en 15
por mil en los dos últimos trienios y que por lo tanto la crisis económica
no tuvo el impacto que se esperaba. Horas después el senador Larrañaga
desmintió al secretario de estado y reveló que la mortalidad infantil
se había incrementado pasando de 13,6 en 2002 a 15 por mil en 2003, agregando
que en Artigas esta cifra trepaba hasta el 29 por mil. Presuroso el ministro acusó
al senador de estar usando un tema sensible con propósitos electoralistas,
utilizando una desgraciada frase: "no me gustan que utilicen a los niños
muertos en las elecciones que vienen". La realidad, cruda y dolorosa, demostró
que Larrañaga había reaccionado con razón y lo había
hecho ante un manejo antojadizo de cifras, por parte del jerarca, que distorsionaban
la verdad. El ministro puso un tema arriba de la mesa, manejó mal las cifras
y todavía agravió a quien lo desmintió. Un cúmulo
de disparates nada frecuente.
Lo
que manifestó Larrañaga es sólo un ejemplo, al cual podríamos
agregar que las variaciones de mortalidad infantil son dramáticas aun dentro
de Montevideo, donde el barrio en que se nace determina que unos niños
tengan muchas mayores posibilidades de vivir que otros.
Sería
ilusorio pensar que las crisis no agravan estas circunstancias. Lo que se precisa
no son jerarcas que quieran convencernos de lo contrario sino que actúen.
La injusticia no radica sólo en que esto pase sino en que se demore en
tratar de modificar la realidad.
Hay
una manía redundante en algunos funcionarios de tomarnos a todos como tontos
y en desacreditar a quien con razones se planta enfrente. En otros tiempos, los
oscuros del autoritarismo, cuando esto sucedía la acusación que
se endilgaba a quienes así procedían era de enemigos de la patria.
Así resultó que quienes violaban la constitución se pretendían
erigir en garantes de la libertad que abolieron. Ahora aparece esta nueva sensibilidad
donde los ministros no admiten que se opine sobre su gestión y cuando así
sucede, se ofenden y agravian.
Nadie
puede ser tan despreciable de querer usar este tema con criterios electoralistas,
y se agravia a sí mismo quien lanza esa ofensa a otro.
Cada
niño que muere en Uruguay se nos muere a todos y cada minuto que dedicamos
a atender este drama es la más rica inversión que podemos ofrendarle
a la patria. No hay que enojarse cuando nadie indicó responsabilidades
sino realidades, que conociéndolas ahora sí requieren acciones concretas
para atacarlas. Recién allí, ante la omisión, aparecen responsabilidades
políticas intransferibles.
Estamos
seguros que si las autoridades convocaran a ayudarlos para enfrentar este drama
no habría excluidos en la mesa. No hay que ofenderse por los reclamos de
encarar este problema, simplemente hay que actuar, rápido, o de lo contrario
dar un paso al costado, también rápido.
Editorial
del Diario El País/Uruguay