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Erase
una gaviota que vivía en una playa de la región patagónica;
grandes acantilados limitaban la visual hacia tierras lejanas. Vivía con
sus compañeras de vuelo que todas las mañanas al despuntar el alba
partían con rumbo desconocido, internándose en el mar para buscar
alimentos, mientras con placer sobrevolaban ese infinito azul. -Hoy no
saldré -dijo un día nuestra gaviota a sus compañeras -deseo
quedarme a ver el amanecer en la playa, tengo curiosidad por ver qué sucede
mientras nosotras volamos. Sé que vienen los humanos, quiero verlos de
cerca. -¿Qué
tiene eso de atractivo? -preguntó una gaviota curiosa -Desperdiciar
volar en el inmenso azul por ver unos seres que sólo quieren asustarnos
-sentenció otra gaviota frunciendo su pico. -Si
-dijo decididamente nuestra gaviota -quiero ver con mis ojos todas las maravillas
que el mar incita. -Es una eutropelia -dijo la gaviota mayor -nos dejas
para quedarte con ellos. -Quiero
observarlos, nada más -dijo tímidamente la gaviota. -Mañana
volaré con ustedes. Sólo será por hoy. Las
restantes gaviotas emprendieron el vuelo, como todos los días, apenas el
sol apareció en el horizonte. Nuestra
gaviota quedóse caminando por la playa, comiendo pequeños moluscos.
Cuando el sol despegó del horizonte, comenzaron a llegar los humanos, con
sus sombrillas coloridas, bolsos rebosantes de alimentos, hombres arrastrando
sus redes, niños que bajaban desenfrenadamente en busca del mar.
Pasó el resto del día haciendo pequeños vuelos. Los niños
intentaban acercarse a ella... Les extrañaba una gaviota solitaria en la
playa y corrían a su encuentro. El
sol se fue poniendo y con las últimas luces, los bañistas y pescadores
fueron abandonando la playa. A lo lejos pudo observar una blanca línea
que se aproximaba a la costa. Eran sus compañeras que volvían después
del largo día. -¿Cómo
te fue? -preguntó la gaviota curiosa. -¿Qué
fue más interesante que volar sobre el ancho mar? -preguntó la gaviota
mayor. -Vi
niños jugar, mujeres disfrutando del sol, hombres compartiendo travesuras
con sus hijos, pescadores concentrados en apresar peces, parejas de enamorados
caminando por la costa, mujeres mayores disfrutando de sus nietos, jovencitas
dorando sus cuerpos mientras mantenían largas charlas adolescentes. Conocí
a un vendedor ambulante que me dio unas bolitas blancas exquisitas, mientras pregonaba
en voz muy alta sus dulces, aquellos que los niños desean. Vi gente ejercitando
sus cuerpos, unos corriendo, otros caminando, otros en bicicleta. Las
otras gaviotas escuchaban el relato de nuestra amiga en silencio, hasta que una
de ellas preguntó: -¿Qué
harás mañana? -Me
quedaré un día más a observarlos, me gustó verlos,
será él ultimo día, después continuaré los
vuelos con ustedes. Dicho esto, se retiró a dormir a su nido, mientras
las otras murmullaban a sus espaldas. Así
pasaron los días y nuestra gaviota, siempre decía "un día
más". Pasaron semanas. Hasta que una mañana al alba estaba
alistada junto con sus compañeras. Ya había visto lo suficiente
de los humanos, había compartido con los niños sus alegrías,
había hecho amigos, había disfrutado su compañía...
Quería
volver a ver los mares en toda su plenitud. Sus
compañeras la miraron asombradas, ya casi no la tenían en cuenta,
se sentían traicionadas por ella. Como siempre decía la mayor de
todas -era una eutropelia hacia las gaviotas. Todas
abrieron sus alas y remontaron el hermoso cielo azul. Todas,
menos nuestra amiga, que no podía levantar vuelo más de dos metros
de la arena. Caía y volvía a aletear. Sus alas estaban endurecidas.
Vio cómo se alejaban sus compañeras hacia el infinito, sin siquiera
intentar ayudarla. Pasó el día. Ya no disfrutó con los
humanos, estaba triste. Ya no podía volar como antes. Quedóse
detrás de una roca, decidida a morir de hambre. Se dio cuenta que sin volar
su vida no tenía sentido. Su curiosidad por conocer cosas nuevas la había
traicionado. Así
quedó, agazapada detrás de una roca durante todo el día.
Ya comenzaba a atardecer cuando un niño la vio. Él había
estado jugando con nuestra gaviota los últimos días, le había
tirado miguitas, había corrido con ella todo el día, ya no tratando
de atraparla, era un juego sin fin. El
niño se acercó, la gaviota no atinó a escapar. Se miraron.
El
niño vio esos ojos tristes y comprendió todo. Se
quedó pensativo, su amiga era evidente que no podía volar, tal vez
estaba herida o tal vez... pero hizo como todos los niños, en vez de pensar,
actuó rápidamente... Tomó
a la gaviota entre sus pequeños brazos y la llevó hasta la cima
del acantilado. La posó sobre el suelo y le dijo. -Vuela,
bonita gaviota, vuela por mí, tú naciste con alas... ¡úsalas! La
gaviota vio el precipicio, no sabía si podría hacerlo, pero miró
la cara del niño, ese niño que se había convertido en su
amigo. Ninguna gaviota tiene un amigo. No lo podía defraudar. Abrió
sus alas, sintió alegría, plenitud de su condición de ser
y voló, voló, y voló... Anónimo Saludos
Cordiales , con aire de mar rosalie |