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Año V Nro. 341 - Uruguay, 05 de junio del 2009   
 
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Benedetti: Retrato crítico
por Emilio Martínez Cardona *

 
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         Decía que “Entre la literatura y la revolución, la prioridad es la revolución” y que “Matar es un agrio deber revolucionario”.

         Fue uno de los fundadores y principales dirigentes del Movimiento 26 de Marzo, fachada legal del MLN-T (Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros), organización terrorista que asoló el Uruguay en plena democracia desde el año 1963, con asesinatos, secuestros y robos multimillonarios.

         Estuvo entre los pocos intelectuales que defendieron a Fidel Castro cuando apresó al poeta Heriberto Padilla y calló vergonzosamente ante los fusilamientos ordenados por el dictador cubano en el 2003.

         Hablo, por supuesto, y aunque rompa muchos corazones ingenuos, de Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia, más conocido por su primer nombre y apellido. Caballero de sonrisa bonachona e ideas totalitarias, pero sobre todo un mal, muy mal poeta.

          “Benedetti es un escritor para consumo de la superficialidad y los aficionados a los lugares comunes”, ha dicho de manera tajante el colombiano Eduardo Escobar, un juicio que sólo puedo compartir y que de hecho comparten prestigiosos críticos y académicos del mundo entero.

         Y es que si hubieron grandes escritores latinoamericanos que defendieron posturas políticas igual de abyectas, como el argentino Julio Cortázar o el también uruguayo Juan Carlos Onetti, éstos fueron creadores de una obra literaria única e innovadora, que supera ampliamente los deslices cometidos en el campo ideológico.

         No puede decirse lo mismo de Benedetti.

         Alberto Chimal lo encuentra “sospechoso de excesiva complacencia, de sentimentalismo, de simplismo. Y fue culpable con una frecuencia alarmante. Peor aún, su obra poética, que se fue recogiendo en ediciones sucesivas llamadas siempre Inventario, deja ver cada vez menos poesía a medida que pasan los años y cada vez más fórmulas, más lugares comunes, más prédicas a admiradores ya convencidos. El padre espiritual de sus poemas pudo haber sido, entre otros, Bertolt Brecht, pero tiene entre sus hijos a Ricardo Arjona y otros todavía peores”.

         Aún más contundente es Alber Vázquez, quien califica a su poesía de “pedante, odiosa, pueril, cargante, malograda, cansina y aburrevacas”. El argentino dice que “Benedetti es un poeta de medio pelo al que una legión de indolentes con poca o nula experiencia lectora ha encumbrado más allá de todo lo razonable” y concluye definiéndolo como “Probablemente, el peor poeta del mundo”.

         Su carrera literaria fue, durante años, una minuciosa colección de fracasos. En 1945 su primer libro, el poemario La víspera indeleble, no vendió ni un solo ejemplar. Tres años después, su segunda obra corrió la misma suerte. Benedetti pidió un préstamo tras otro para pagar las ediciones de su tercer, cuarto, quinto, sexto y séptimo libro entre 1949 y 1953, los mismos que fracasaron ostensiblemente. Recién en 1956, con Poemas de la oficina, consiguió vender la modesta suma de 500 ejemplares. Pero entonces, algo pasó en 1959. La revolución cubana. Y Benedetti encontró en el régimen castrista la inspiración necesaria, y la angustia existencial cedió espacio a las certezas políticas y la incertidumbre dejó lugar a odios concretos, como Estados Unidos y la burguesía.

         De esos primeros tiempos revolucionarios datan el volumen de cuentos Montevideanos, el mismo año de la entrada de Castro y Guevara en La Habana, así como la novela La tregua (1960). Pero lo cierto es que la revolución cubana proveyó algo más que simple inspiración. A partir del alineamiento público de Benedetti con la ortodoxia marxista-leninista y sobre todo desde 1967, cuando pasó a desempeñarse como funcionario del gobierno cubano dirigiendo el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas, el aparato cultural-propagandístico de la isla lo catapultó a toda América Latina, retribuyendo su adhesión sin condiciones al nuevo sistema dictatorial.

         Fidel Castro necesitaba intelectuales que le lavaran la cara a su gobierno en medios internacionales y Benedetti fue uno de los que mejor cumplió esa labor. En 1968, por ejemplo, ante el alejamiento de la revolución del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, que optó por el camino del exilio, no dudó en descalificarlo diciendo que era “un gusano y no precisamente de seda”.

         Otro tanto hizo en 1971, cuando el régimen castrista encarceló al poeta Heriberto Padilla acusándolo de contrarrevolucionario, para después obligarlo a firmar una carta de arrepentimiento. Un grupo de 61 intelectuales, entre los que se contaban Jean-Paul Sarte, Alberto Moravia, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, firmó una solicitada descreyendo de tal carta y denunciando a Castro por usar métodos de represión estalinistas. Benedetti, en cambio, publicó un artículo en defensa del régimen en el que afirmaba que entre la revolución y la literatura, había que escoger la primera.

         Por la misma época, Benedetti se decidió a fustigar a la democracia uruguaya, abonando el terreno para quienes buscaban derribarla a tiros: los tupamaros. “Se fue generando un clima favorable a la guerrilla, y en esa tarea Benedetti tuvo una influencia importante”, explica el analista Hebert Gatto, estudioso de la ideología tupamara. Como parte de esa campaña, publicó en 1971 la novela El cumpleaños de Juan Ángel, un alegato en favor de la lucha armada. En la obra el protagonista va cumpliendo distintas edades a lo largo de 24 horas. Al final del libro, con 33 años conoce al líder guerrillero Marcos, que le explica que matar es un agrio deber, y abraza la revolución. El subcomandante Marcos, líder de la guerrilla zapatista, tomó su nombre de esta obra.

         Pero el “compromiso” de Benedetti con la lucha armada no se restringió a la propaganda, sino que en 1971 asumió un rol más activo desde la dirección del Movimiento 26 de Marzo, el brazo político de los tupamaros, ejerciendo tareas clandestinas que incluyeron la de alojar en su departamento a Raúl Sendic, cabecilla de la banda.

         A lo largo de sus años de actuación, los tupamaros demostraron una notable voracidad financiera. En sólo una semana atracaron 9 bancos, aunque el botín más sustancioso lo obtuvieron al robar dos casinos y la General Motors. No se sabe con exactitud cuántos miembros activos llegó a tener el MLN, pero las fuentes históricas manejan cifras que oscilan entre los 6.000 y 10.000 combatientes, que fueron derrotados por el Ejército en 1972, perdiendo lo que ellos llamaban la “guerra revolucionaria”.

         El proceso de quiebre institucional iniciado por los tupamaros una década atrás concluyó en 1973, aunque no de la forma esperada por ellos, con una revolución armada que culminara en el asalto al poder, ni con un golpe militar de izquierda, a la manera de Alvarado y Torres, como pretendía el Partido Comunista desde febrero de ese año. En vez de esto, el presidente Bordaberry disolvió el Parlamento e instauró un Consejo de Estado, cogobernando con las Fuerzas Armadas.

         Entonces fue el turno de Benedetti de partir al exilio. Entre 1976 y 1980 recaló en Cuba, y luego prefirió, como muchos otros de sus camaradas, probar las mieles del capitalismo europeo. En 1984, como columnista de El País de Madrid, Benedetti polemizó en defensa del gobierno de Castro con los escritores españoles Juan Goytisolo y José Ángel Valente, que lo acusaron de mentir descaradamente.

         Otra polémica famosa fue la que sostuvo sobre el mismo tema con Mario Vargas Llosa, quien dijo que “para Benedetti, que un gobierno exilie, encarcele o mate a sus adversarios es menos grave si lo hace en nombre del socialismo”.

         En el 2003, un grupo numeroso de opositores a Castro fue condenado a penas de 25 años de cárcel y tres personas que habían intentado escapar de Cuba fueron ejecutadas. En ese momento, hasta un comunista de toda la vida como José Saramago sentó su protesta. Pero Benedetti callaba.

         Mantuvo la postura intolerante hasta en sus últimos años. Cuenta su secretario personal, Ariel Silva, que “si una revista se imprimía en Miami, entonces no le daba la entrevista”. A un ex compañero de militancia que quiso hablar con él para explicarle por qué ya no adhería a la izquierda, se negó a recibirlo tildándolo de “traidor”. Y hasta llegó a decir que la historia política del Uruguay previa al gobierno del Frente Amplio era de “174 años de gobiernos de derecha”. Un completo disparate, en el país que conoció la legislación social de avanzada de José Batlle y Ordoñez, la sustitución de importaciones de Luis Batlle y la experiencia desarrollista del segundo gobierno blanco.

         Hoy en día, el partido que él fundara, el Movimiento 26 de Marzo, es miembro del Congreso Boliviariano de los Pueblos, organización digitada por Venezuela, estrechamente vinculada al Foro de Sao Paulo y al ALBA e integrada por el Movimiento Al Socialismo de Evo Morales, el MLN y todos los partidos comunistas latinoamericanos.

         Mario Benedetti, por su parte, recibió la última distinción de su vida de manos del protodictador venezolano Hugo Chávez, quien le otorgó la Condecoración Francisco de Miranda.

         Si ha leído hasta aquí, dudo que todavía le quedan ganas de llorarlo.

* Escritor y periodista uruguayo-boliviano. Premio Municipal de Literatura de Montevideo 2001. Autor del libro Ciudadano X: la historia secreta del evismo, una mirada crítica al régimen de Evo Morales.

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Fuente: Ciudadano por Bolivia

 
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