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Año V Nro. 341 - Uruguay, 05 de junio del 2009   
 
Informe Uruguay

 
 
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Visión Marítima

 

Argentina pierde fuerza en el mundo
Cristina Fernández de Kirchner: grandes expectativas, magros resultados
por Luciano Anzelini

 
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Fernández de Kirchner debe dejar de lado la arrogancia diplomática de las grandes definiciones y encarar con seriedad una política exterior en la que los resultados coincidan con los lineamientos estratégicos de Argentina. El balance preliminar deja grandes interrogantes y una sensación de decepción.

         (Desde Buenos Aires) Se presumía que el mundo sería para Cristina Fernández de Kirchner un lugar más cómodo que para su marido y antecesor Néstor Kirchner. Esta suposición se apoyaba, entre otras cosas, en el hecho de que en política exterior –más que en cualquier otra área de las políticas públicas– las formas afectan la sustancia de las decisiones. Y es sabido que la nueva mandataria siente un mayor apego por las formas que su esposo.

         Sin embargo, lejos de esta promesa de cambio, un balance preliminar de lo actuado en materia internacional en este año y medio de gestión (diciembre 2007-mayo 2008) deja grandes interrogantes y una sensación de decepción respecto de las expectativas generadas.
¿El cambio recién comienza?

         Afirmé en este mismo espacio (Safe Democracy, noviembre de 2007) lo siguiente acerca de los desafíos que aguardaban al gobierno de Cristina Fernández al momento de asumir el cargo:

“La política exterior del próximo mandatario argentino deberá profundizar el sesgo adecuado de la gestión Kirchner: defensa de valores universales (derechos humanos y no proliferación nuclear) y dosis combinadas de realismo y prudencial autonomía, en el marco de relaciones cooperativas con la principal potencia mundial y hemisférica (Estados Unidos) y con la mayor potencia regional (Brasil) (…) Sin embargo, con la continuidad de estos correctos lineamientos no bastará para el éxito internacional de la futura gestión. Resulta urgente extirpar de la política exterior argentina la tendencia a la excesiva personalización y concentración de las decisiones, que ha conducido, en el cuatrienio 2003-2007, al penoso entredicho con Uruguay por las fábricas pasteras y a las sospechas de corrupción en la diplomacia paralela con Venezuela (…) Finalmente, resulta fundamental recuperar un vínculo que, más allá de las coincidencias ideológicas entre sus líderes, no se ha consolidado todo lo necesario. Se trata del eje Argentina-Brasil-Chile (ABC), vital para la integración regional, la paz y la estabilidad en América del Sur. Su relanzamiento es, a todas luces, fundamental para contrarrestar el potencial desestabilizador de Venezuela en el Cono Sur”.

         Sin dudas, al inicio de la gestión de Cristina Fernández de Kirchner, estaban dadas las condiciones objetivas para llevar adelante una política exterior que abordara de lleno estas cuentas pendientes. Así pues, ya no se justificaba –si es que alguna vez tuvo razón de ser– la estrategia kirchnerista (2003-2007) de convertir importantes aspectos de la política exterior en un mero apéndice de la política interna.

         La excesiva concentración de Néstor Kirchner en los asuntos domésticos –que en algunas cuestiones como el diferendo con Uruguay por la pastera Botnia había transformado a la política exterior en una suerte de “diplomacia de asamblea”– ya no tenía sustento. El mandatario había superado con éxito los dos temas que, según su entorno, justificaban aquella estrategia: las difíciles condiciones que imponía el nivel de endeudamiento externo del país y el problema de la “legitimidad de origen” que arrastraba su gobierno.
El momento adecuado

         La renegociación de la deuda externa en default fue uno de los temas clave del período 2003-2005. De la mano del entonces ministro de Economía, Roberto Lavagna, dicha empresa fue conducida con éxito: de los 102 mil millones de dólares en default, considerando capitales e intereses adeudados, ingresaron al canje casi 78 mil millones, es decir un 76% del total. El gobierno estimó el porcentaje de quita en un 66 por ciento (incluyendo los 24 mil millones de acreencias no ingresadas al canje), lo que representó aproximadamente un ahorro de 45 mil millones de dólares para el país.

         Por otra parte, en las elecciones legislativas de 2005 el oficialismo arrasó en las urnas y superó así el problema de su débil legitimidad de origen (cabe recordar que Kirchner había accedido al poder en 2003 con el 22 por ciento de los votos, privado de la posibilidad de una segunda vuelta electoral por la deserción de su competidor Carlos Menem).

         Este masivo apoyo, sumado a la alta estima que el nuevo presidente fue cosechando en la opinión pública –finalizó su período gubernamental con un 70 por ciento de aprobación según la mayor parte de las encuestas–, constituía un marco adecuado para que su sucesora encarara una política externa menos dependiente de la dinámica doméstica y más ajustada a los nuevos desafíos.

Errores de implementación

         La estrategia en materia de política exterior del gobierno que asumió sus funciones el 10 de diciembre de 2007 ha partido, como se afirma líneas arriba, de un sesgo en general correcto. Destacan allí la búsqueda de autonomía relativa –tanto en términos económicos como políticos–, la defensa irrestricta de los derechos humanos, un declamado perfil integracionista y el alejamiento de los escenarios de mayor conflictividad global.

         En la base de tal estrategia –que en lo discursivo es presentada por la actual administración como la antítesis de una insustancial subordinación a Estados Unidos en la década del 90– pueden identificarse los trazos de lo que Juan Carlos Puig definió como “autonomía heterodoxa”.

         Este académico y ex ministro de Asuntos Exteriores (canciller) argentino entendía dicha estrategia como la máxima capacidad posible de un gobierno para capitalizar los espacios que, por debilidades o errores, dejaban las potencias dominantes. No obstante, los grupos de poder que definen la política exterior de un Estado periférico –sostenía Puig– debían ser capaces, a su vez, de reconocer las propias limitaciones y de identificar la existencia de un conjunto de asuntos vitales respecto de los cuales se debía actuar en consonancia con las pretensiones de los países centrales (ver Puig, Juan Carlos, América Latina: políticas exteriores comparadas, Tomo 1, Buenos Aires, GEL, 1984).

         Sin embargo, esta pretensión de autonomía –a priori correcta para un país periférico como Argentina– fue a menudo mal implementada por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Su política exterior cayó repetidas veces en la petulancia diplomática, un vicio casi tan costoso –aunque por diferentes motivos– como la sumisión característica de la estrategia de “alineamiento automático” desplegada por el gobierno de Carlos Menem (1989-1999) hace más de una década.

Irrelevancia para Washington

         Uno de los principales desafíos del actual gobierno argentino al momento de la asunción consistía en la búsqueda de una dinámica constructiva en las relaciones con Estados Unidos, Brasil y Venezuela, que le permitiera a Argentina recuperar cierto peso diplomático en un clima de creciente tensión entre Washington y Caracas y, en menor medida, entre ésta última y Brasilia.

         Con respecto a Estados Unidos, y como resultado de un proceso histórico que ha tocado su punto más bajo en lo que hace al poder e influencia externos de Argentina, la relación ha pasado a un estado de virtual irrelevancia desde la óptica de Washington. Éste es el resultado de factores objetivos –Argentina no toca de lleno ninguno de los temas prioritarios de la agenda norteamericana tales como migraciones, comercio, drogas, energía y seguridad doméstica–, pero también es el producto de un modelo político y económico que despierta enorme dudas en Washington, tanto para el gobierno republicano saliente de George W. Bush como para el entrante del demócrata Barack Obama.

         De este modo, si bien resulta claro que el modelo de los Kirchner no encaja en la categoría de “populismos latinoamericanos” ni tiene por objetivo hacer de Argentina una confusa democracia participativa de corte bolivariano, lo cierto es que tampoco despierta en Washington la confianza que sí han generado sus colegas Michelle Bachelet, Lula y Tabaré Vázquez. La resultante de este proceso es la pérdida de gravitación creciente de la Argentina a nivel regional, cristalizada en el hecho de que la contención de los aspectos más irritantes del chavismo –sin dudas, la tarea más importante a nivel diplomático interamericano junto con la búsqueda de estabilidad en la convulsionada Bolivia– ha pasado a depender casi exclusivamente de la habilidad diplomática del gobierno de Lula.

         Ni siquiera en el plano de las relaciones bilaterales, la relación entre Chávez y los Kirchner –justo es señalar que se trata de un vínculo más pragmático que ideológico– ha rendido sus frutos en los últimos tiempos. Hugo Chávez dejó de ser el confiable socio financiero que muchos creían, al aplicar en agosto del año pasado elevadas tasas de interés (15,5 por ciento) sobre los bonos argentinos Boden 2015, de los que se desprendió en el acto al revenderlos a un 17 por ciento de interés. A esto se suma la reciente nacionalización por parte de Chávez de tres empresas del grupo ítalo-argentino Techint: Tubos de Acero de Venezuela (Tavsa), Materiales Siderúrgicos (Matesi) y Complejo Siderúrgico de Guayana (Consagra). En la misma dirección, el año pasado Chávez había estatizado Siderúrgica del Orinoco (Sidor), una empresa subsidiaria del mismo grupo económico.

         Por otra parte, la política exterior argentina no logra dar respuesta a un aspecto crucial que hace a su perfil de inserción internacional: ¿qué se busca privilegiar en los vínculos a nivel regional: América Latina o América del Sur? Cualquiera que sea la respuesta, los hechos son incontrastables: Argentina ha mostrado una absoluta erraticidad a la hora de responder a este interrogante.

Asimetría con Brasil

         Tomemos los casos de Brasil y Uruguay en el Cono Sur, y las relaciones con México a nivel latinoamericano. Con respecto a Brasil, el histórico juego pendular de la diplomacia argentina ha fortalecido los históricos resquemores –realimentados desde el lado brasileño– que han derivado en el proceso de estancamiento cada vez más evidente del Mercosur. Lo que asoma detrás de este proceso es, como ha señalado correctamente Juan Tokatlian, la incapacidad argentina de “renegociar la asimetría respecto de Brasil y definir una sociedad estratégica con este país” (La Nación, 8 de noviembre de 2008). En definitiva, más allá del declamado integracionismo, lejos está Argentina de establecer una relación madura con su vecino septentrional, único camino para hacer frente a los problemas del bloque subregional, sobre todo a las cuestiones institucionales y a las asimetrías que sufren los Estados más pequeños del bloque (Uruguay y Paraguay).

         El desolado panorama mercosureño se completa con el virtual punto muerto en que ha desembocado la relación argentino-uruguaya por el tema de las papeleras, lo que da muestras de la incapacidad de la dirigencia nacional para procurar un giro a tiempo en el vínculo bilateral, sin esperar el fallo de La Haya.

         Finalmente, en lo que hace a México, nuestro más importante interlocutor latinoamericano por fuera del Cono Sur –quinto proveedor y sexto cliente internacional, además de un importante inversor externo–, la relación se ha agrietado hasta niveles insospechados. Lejos del auspicioso viaje de Cristina Fernández como candidata presidencial en julio de 2007 –cuando la relación con Felipe Calderón y muchos empresarios mexicanos parecía cobrar dinamismo–, se ha tocado fondo con la suspensión dispuesta por el gobierno argentino de los vuelos aerocomerciales directos entre México y la Argentina, a causa de la epidemia de gripe tipo A. Buenos Aires tomó esta medida el pasado 30 de abril y durante un período de más de 15 días, desoyendo por completo los consejos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que había recomendado evitar la cancelación de vuelos. Es en este contexto que el presidente Felipe Calderón acusó a gobiernos extranjeros –en una alusión que incluía obviamente a la Argentina, pero también a Ecuador, Perú, Cuba y China– de discriminar a los ciudadanos mexicanos.

Tiempo de cambios

         Argentina necesita de modo urgente corregir su efectividad a la hora de implementar políticas en materia internacional.

         No se trata de que los lineamientos estratégicos sean totalmente inadecuados o insustanciales –de hecho, hemos enfatizado el sesgo general correcto de una política exterior que busca combinar márgenes prudenciales de autonomía con defensa de la integración regional y los derechos humanos–, sino de un problema de distancia evidente en los trazos generales de las políticas y los magros resultados cosechados.

         Así las cosas, mientras desde lo retórico se defienden las loables banderas de la integración regional, en los hechos se debilita el Mercosur en medio de la militante incapacidad de redefinir la asimetría con Brasil y el conflicto con Uruguay por las pasteras. Paralelamente, no se sabe si priorizar el perfil sudamericano o latinoamericano de nuestra inserción internacional, pero para no generar dudas acerca de nuestra eterna erraticidad, se comete el error de cerrar las fronteras a los vuelos mexicanos a causa de la epidemia de gripe tipo A.

         Como si esto fuera poco, la relación con Estados Unidos se limita cada vez más a unos pocos intereses compartidos en aspectos muy específicos de la agenda (narcotráfico, terrorismo), pero se pierde toda visibilidad en el radar de Washington en un asunto clave que define el peso diplomático de nuestro país en la región: la posibilidad de contener la propagación de los aspectos más irritantes del “socialismo del siglo XXI” que promueve Hugo Chávez. Esta tarea ha quedado inequívocamente en manos del mucho más “confiable” mandatario brasileño, Lula da Silva.

         En síntesis, lo que se busca enfatizar es que Cristina Fernández de Kirchner debe dejar de lado la arrogancia diplomática de las grandes definiciones y encarar con seriedad una política exterior en la que los resultados coincidan con los grandes lineamientos estratégicos. No se duda aquí que la estrategia de “autonomía heterodoxa” que formulara Juan Carlos Puig hace más de un cuarto de siglo debe ser la base de nuestra política exterior. Sin embargo, para que el sesgo correcto de una política exterior se traduzca en resultados efectivos, hacen falta mucho más que ampulosas declaraciones desde las más variadas tribunas internacionales.

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Fuente: Safe Democracy Foundation

 
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