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Lo que el viento nos trajo
Y esto no es el título de una película
por Luis Tappa
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La semana pasada hablábamos sobre el tema de la violencia familiar, tema complicado, si los hay, y que está muy de moda.
Problemas de espacio y tiempo no nos ha permitido tratarlo en profundidad, y menos aún desarrollar nuestro pensamiento sobe el papel virtual de una computadora con toda la expresividad que quisiéramos, aún a sabiendas de que lo que decimos son, simplemente, puntos de vista.
Tampoco en esta oportunidad vamos a desarrollar este tema en profundidad, ya que para ellos tendríamos que hacer un libro.
Son muchas las razones que llevan a la violencia doméstica, cuando esta es producida por el hombre el “machismo” mal entendido suele ser una de las causas que la provocan; un problema demasiado complejo y profundamente arraigado, principalmente en muchas sociedades de origen latino, y que forma parte del viejo acervo cultural en el que ser “guapo y macho” es casi una obligación.
El folclore y el cancionero rioplatense nos ha recreado hasta el cansancio la figura del guapo criollo, de “gacho” requintado, cuchillo en la cintura, y la “mina, o la percanta” como objeto de uso personal a la que casi siempre, por las buenas o por las malas, se terminaba prostituyendo en beneficio propio como medio de vida para no “laburar”, vivir acodado al mostrador o gastar hasta el último “mango” en la “carpeta”
Pero los “guapos” con el tiempo han ido cambiando, y hoy tenemos a otra especie de “varones” que practican su guapeza pero de diferentes maneras. A la mujer no solo se la prostituye obligándola a mantener una actividad sexual profesional, también se la prostituye intelectualmente, porque esa es una de las principales formas de prostituir a una mujer, o sea, el avasallamiento de sus derechos mediante la fuerza bruta traducida en violencia familiar con la finalidad de someter y socavar la voluntad de una persona.
Esta es la clase de “guapeza” que generalmente termina descargando su furia en la mujer, pero detrás de la misma se esconden serios complejos y desórdenes emocionales muchas veces productos de hogares mal formados, donde la ignorancia era la religión y la violencia el pan de cada día.
Demasiados años de sociedades “machistas” ha producido la falsa idea de que el hombre, o sea, el “macho de la casa” es el dueño de la mujer, entonces esta pasa a ser -no parte de una familia- sino la propiedad absoluta de un individuo, donde el egoísmo, la prepotencias, y muchas veces los celos, hacen el resto.
El matrimonio no es otra cosa que una sociedad conyugal económica, como cualquier sociedad con fines de lucro, donde las ganancias y los bienes obtenidos durante ese “contrato/sociedad” serán repartidos en partes iguales en caso de disolución de la misma, igual que en cualquier negocio. Pero nadie es dueño de su socio, las personas no tienen dueño, el haber firmado un contrato matrimonial, o convivir en pareja, no da derechos extraordinarios sobre otras personas físicas ni el status de “propiedad” de uno sobre otro.
El amor, la paz y una buena sociedad conyugal no se compran ni se garantizan a perpetuidad por medio en un contrato, y cada cual es libre de disolverlo en el momento que lo crea oportuno, entonces es que surgen la diferencias y los problemas, generalmente el despechado, o hablando en términos comerciales, el socio despechado, por lo general reacciona en forma violenta.
La dependencia de la mujer hacia el hombre terminó exactamente en el mismo momento en que la mujer comenzó a usar pantalones y salió a trabajar, a ganarse la vida de la misma forma que el hombre y a colaborar con el matrimonio en igualdad de condiciones, el hecho de lograr valerse por sí misma y, dejar de ser dependiente económicamente del hombre, le valió la libertad más absoluta. ¡Y está muy bien que así sea!
La igualdad de derechos en un apareja es la única forma de lograr que funcione, la prepotencia, o el abuso por parte de alguno de los dos, a lo que podemos agregar lo problemas económicos, son la causa principal de las desavenencias, y estas, inevitablemente, acarrean violencia.
Antiguamente quien salía a trabajar era el hombre, y esta situación hacía de la mujer una especie de esclava de la casa, ya que ella, por su condición de mujer, y carecer de otros recursos, quedaba totalmente sometida a la voluntad de su conyugue. Demasiadas mujeres han vivido sometidas toda su vida,
Cuando la mujer realizaba un trámite o tenía que declarar una actividad, generalmente se ponía “Labores”, ¿Qué significaba eso?, que no trabajaba fuera de su hogar, que se dedicaba exclusivamente a lavar los calzoncillos cagados de su esposo, hacerle la comida, servirlo, criar hijos y otro montón servicios que no vale la pena mencionar, o sea, esa palabra no quiere decir nada, y lo dice todo, pero traducido al criollo significa esclavitud.
Es así como aquella vieja frase que corolaba todo casamiento –“… Y deberá obediencia a su esposo”- o, -“…Hasta que la muerte los separe”- introducida por la Iglesia, mantuvo durante demasiados años la situación de esclavitud y dependencia de la mujer hacia el hombre. Nada más arcaico, grosero y antidemocrático, esta situación contribuía y, en muchos casos aún contribuye, a la falsa creencia de que el hombre pasa a ser el dueño de la mujer nada más casarse, aunque a algunos les alcanza con juntarse o tan solo sentirse atraídos por alguna mujer para creer tener derechos sobre ellas.
Hubo una época en que se consideraba un derecho matar a la mujer infiel, en muchos lugares del mundo aún se lleva a la práctica esta barbaridad, producto generalmente del fanatismo que inculcan muchas religiones. Sin embargo, algunas de estas religiones permiten a un hombre tener varias mujeres. En el hombre la infidelidad se considera una gracia, o una viveza, principalmente en los países occidentales latinos, en las mujeres es una falta gravísima.
La mayoría de las religiones fomentan la discriminación de sexos, y la cultura del “machismo” también se ve claramente reflejada en la Iglesia Católica Apostólica Romana, pero también en casi todas las demás religiones.
Todos nacimos de una mujer, que nos llevó en su seno, nos amamantó y nos dio calor, el amor hacia la madre es sagrado, por lo tanto, el hombre que maltrata a una mujer niega en ese acto su propia existencia y hasta el respeto por su propia madre, por su condición de mujer.
La violencia doméstica producida por el hombre sobre la mujer o sus hijos es producto de la ignorancia y la prepotencia, innata en algunos individuos, aunque también la pobreza es un desencadenante, ya lo he dicho; igual que el egoísmo o la fuerza bruta de alguien que carece de toda conciencia y sentimientos.
Las desavenencias en una pareja, si no se toma a tiempo y en común acuerdo una separación amistosa termina en caos, si alguno de los dos insiste en continuar una relación gastada, o rota, a la corta o la larga sobrevendrán los problemas que muchas veces terminarán en forma trágica. Estas parejas generalmente tienen hijos chicos, o jóvenes que, irremediablemente quedarán abandonados, sin padre y sin madre, porque uno estará preso y el otro en el cementerio.
Arcaicas supremacías del hombre sobre la mujer, es la siembra que hoy cosechamos, ¡Lo que el viento nos trajo!
He hablado principalmente de la violencia del hombre sobre la mujer, que es la más común, pero existen muchas formas de violencia familiar, también muchas mujeres practican la violencia sobre el hombre, y uno de los dos, o ambos, sobre los hijos… ¡Lo que es peor aún!, ¡En fin!... Violencia, violencia y más violencia en una sociedad demasiado convulsionada.
Hoy en día el hecho de casarse, o juntarse, se lleva a la práctica como un hobby, la mayoría de las veces sin una base sólida o los medios suficientes como para formar una familia con responsabilidad. Traen hijos al mundo que luego no saben cómo mantener o criar. Ante los primeros inconvenientes, generalmente de orden económico, la estantería se viene abajo, lo demás ya sabemos cómo termina.
La gran mayoría de los matrimonios jóvenes son dependientes de los padres, ya que no cuentan con los medios suficientes para mantener un hogar, y esto desgasta a la pareja, la prueba está en que en los últimos años los divorcios han aumentado considerablemente y la duración de los mismos se ha visto reducida a menos de la mitad de lo que duraban hace 20; esto incluye al 25 o 30% de las parejas que no pasan por el juzgado.
Sea como sea, la violencia doméstica, o familiar, está entre nosotros, y vino para quedarse, porque para eliminar esta plaga habría que hacer una especie de revolución cultural impensable e inalcanzable.
Es que la mujer desde la antigüedad fue criada para el matrimonio, raramente le permitían estudiar y solo la preparaban en “Labores”, así fue como se convirtieron en objeto de uso, una especie de sirvientas en la casa de su señor, al que debían obediencia, respeto y sumisión. De ese modo fue usada como mercadería de cambio, era común este tipo de matrimonios, programados con fines comerciales y/o políticos
Lo que el viento nos trajo, resabios de otras épocas que muchos se resisten a abandonar. De todas maneras, lentamente, la mujer ha ido ganando su espacio, merecidamente, porque ha luchado por él.
Solo resta ponerle coto a este montón de energúmenos, enfermos mentales, que aún piensan que vivimos en el siglo XXVIII.
Pero muchos que se creen “Machos”, o “Guapos”, se olvidan de lo principal, de saber ser HOMBRES… ¡Así! con mayúsculas, y ser HOMBRE, mis amigos… ¡Es otra cosa!
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