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Año V Nro. 328 - Uruguay, 06 de marzo del 2009   
 

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Pablo Martín Pozzoni

La democracia entre la propiedad
privada y la cosa pública V

por Pablo Martín Pozzoni

 
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Indice de Capítulos
Introducción
1 - El lenguaje político y las formas de gobierno. Poniendo el caos en orden
2 - La diferencia esencial entre sociedad y pueblo
3 - El talón de Aquiles del socialismo democrático y de la socialdemocracia
4 - La dividuación ciudadano-habitante y un ejercicio de imaginación política
5 - Todo poder ejecutivo es autocrático
6 - El despotismo político en las democracias
7 - Las condiciones antidemocráticas de la democracia
a) Tres formas no conciliables de adjetivar la democracia: republicana, democrática y popular
b) La tesis de las libertades orgánicamente contradictorias y el clasismo populista
c) La aporía de un poder público capitalista
Conclusión

5. Todo poder ejecutivo es autocrático

         Si volvemos a nuestro ejemplo imaginario anterior podremos notar un interesante carácter del ejercicio de poder, y es que no hay posible ejercicio simultáneo del poder y de la vida que es objeto de dicho poder. En otras palabras: no hay chance de, simultáneamente en el tiempo, ser objeto y sujeto de la soberanía de que se es parte. No podemos deliberar para darnos una orden concreta y particular a nosotros mismos y acatarla al mismo tiempo. Sin embargo esto es precisamente lo que requiere un permanente estado de decisión asamblearia de las acciones particulares. Toda relación de poder tiene un contenido concreto, y la relación de poder que aplique un contenido concreto a cada caso particular requiere un sujeto de dominio por una parte y un objeto de dominio por el otro. Si queremos democráticamente elegir en qué mesas cada uno de los comensales se sentará a comer no podremos estar comiendo al mismo tiempo. El poder ejecutivo, salvo que se aplique sobre un individuo particular aislado, no puede ser ejercido por todos los detentadores del poder. Sólo el poder legislativo, que define el contenido general de la relación de poder, puede tener esta característica. De esta forma siempre habrá una minoría administrativa delegada que conduzca la organización. Eso no significa que el contenido de la ley sea abstracto, por el contrario especifica órdenes de contenido concreto, pero una orden que requiera de una relación constante de obediencia requiere un contenido particular variable en el tiempo para cada individuo, y esta orden no podrá ser dictada por los soberanos directamente sino que estará sujeto a la discreción del poder ejecutivo al que se delegue esta tarea. Esto significa que la ejecución constante del mando sólo puede ser autocrática. Todo sistema republicano en el cual sus soberanos elijan legislativamente ampliar la esfera de lo público estará aumentado necesariamente la esfera en la cual las actividades de los individuos se decidan autoritariamente por el poder ejecutivo, y es por esto que el socialismo, en tanto economía colectivista y por ende planificada, es necesariamente, más allá de quien detente la soberanía legislativa, una autocracia ejecutiva absoluta que delega funciones de planificación en múltiples administradores de sector[1]. El totalitarismo es, simplemente, la subordinación del individuo ya no a los mandatos que da la organización social a su vida personal, sino a la organización social en sí misma y el intento de vivir dentro de la misma. La obediencia a un socialismo (democrático o no) puede ser obligatoria o voluntaria (para aclarar la distinción: puede ser obligatoria incluso aunque se pueda ser ciudadano de un socialismo democrático, y voluntaria incluso en un socialismo de soberanía autocrática). Pero, independientemente de estas posibilidades, no todo socialismo es necesariamente totalitario. Incluso puede ser, al menos ceteris paribus, un totalitarismo voluntariamente aceptado (salvo, sobra aclarar, un totalitarismo completo). En cualquier caso lo que hay que destacar es que el grado de totalitarismo existente implica un grado similar de socialismo, pero no a la inversa.

         Excurso importante: Un bien colectivo, de existir, es algo diferente y distinto de la mera suma de los bienes particulares. Se vuelve un bien común en cuanto ese bien colectivo es, o bien algo deseable para las partes por sí mismo, o bien requerido -por no poder ser internalizable- para que la persecución de los bienes particulares aislados no produzca, por sus externalidades, un resultado perjudicial para todas o algunas de las partes. Hasta aquí podemos estar de acuerdo con Rousseau sobre la existencia de un interés general. El problema aparece en cuanto se considera que dentro del mismo interés general podemos, ya no conocer cuáles son los intereses particulares que podemos perseguir y a cuales renunciar para salvar el interés general que hace posible la armonización de estos intereses, sino, en cambio, encontrar directamente nuestro verdadero interés particular[2], como si por beneficiar a un interés general nuestro perjuicio particular se convirtiera en un beneficio. He aquí el germen totalitario en Rousseau: se confunde el sacrificio eventual del interés particular a ese interés general que posibilita la realización orgánica de los intereses particulares, con el interés particular en sí mismo. Hay así dos intereses particulares: uno que conocemos pero que perjudica al interés general, y otro que no podemos conocer que es el que beneficia al interés general. Luego, de esa voluntad general ajena que es la única que puede tener ese conocimiento, Rousseau desprende que en sí mismo el interés particular que beneficia al general es nuestro interés particular. Así deja de tener sentido, para el rousseauniano, imaginar ese interés particular armonizado a la estructura mayor del interés general: si el interés general es nuestro interés particular podemos incluso morir por él y seguirá siendo nuestro interés a post mortem. Más todavía, no sólo podemos, debemos. Para el ginebrino lo que no tenga representación del interés general o popular carece de derechos, y ciertamente la existencia personal de ningún individuo es “representativa”. En este sentido podemos decir que Rousseau no llevó sus premisas totalistas hasta sus conclusiones necesarias, pero eso no lo hace menos el padre de la criatura. Por el contrario él mejor que nadie llegó a entender la médula metafísica que era el corazón del sueño totalitario.

         Cuando Rousseau terminó aceptando el modelo representativo por mandato (jamás el fiduciario que actualmente conocemos) como último recurso para Polonia y Córcega, lo que hizo en realidad fue apelar a un recurso medieval. Pero en el Medioevo sólo se podía representar mediante el sistema de mandatos a intereses sectoriales, no generales, y además desde sus elementos subyacentes: los intereses privados. En el modelo republicano los mandatos más pequeños que podían lograrse eran los provinciales, pero estos eran ya por sí mismos intereses sectoriales respecto de la nación por mucho que cada uno pudiera ser general respecto de la provincia. Sieyés no tuvo más que aprovechar esta contradicción de Rousseau para suplantar los pueblos en asamblea legislativa por la deliberación de un parlamento como única forma de representar los “intereses totales” y generales de la nación como proyecto común de un pueblo. Esta representación fiduciaria de los “intereses totales” sin relación con el resultado de una elección pluralista es todavía hoy la base ideológica de las elites populistas que reniegan de la “partidocracia” poliárquica, en nombre, cínicamente, de la imposibilidad de una representación fiduciaria basada en elecciones libres[3]. Y así como los bolcheviques rusos eran la “vanguardia del proletariado” y podían autoproclamarse la emergencia representativa de la consciencia de la clase proletaria, así también los jacobinos franceses eran la encarnación del “interés nacional” reconciliado con la representación de la “voluntad general”.

6. El despotismo político en las democracias

         Tanto la dictadura como el despotismo y la tiranía las catalogaré dentro de una sola categoría que es la de la exclusión política, generalmente violenta, o peor aún, la inclusión política forzosa propia de los totalitarismos modernos. Desgraciadamente hoy asociamos discriminación y violencia políticas con todas las formas de autocracia y aristocracia, pero no con las formas de la oclocracia y la democracia. Pero, paradójicamente, salvo por ciertas formas híbridas de autocracia y aristocracia como es el caso de la dictadura militar y otro tipo de timocracias, la coacción y la coerción políticas son más propias de las oclocracias unificadas por una elite populista-clasista, o bien por democracias demagógicas. El despotismo político puede ser ejercido por la totalidad del estado de opinión de una mayoría socioeconómica (sea que ésta detente realmente por inercia el poder y sea realmente una oclocracia, o que quien realmente gobierne sea la autocracia tiránica que tiende a darle unidad), o bien puede ser ejercido sólo por la mayor parte del estado de opinión de todo un pueblo. En el primer caso tenemos una oclocracia que no se persigue a sí misma, sino al resto de la población. En el segundo caso tenemos una democracia con una mayoría política que persigue a una minoría política. Siendo las mayorías y minorías de opinión fenómenos colectivos que se expresan libremente sólo a través de las consciencias individuales, cualquier discriminación política ejercida dentro de un grupo determinado es una discriminación que se extiende a todos, ya que un cambio de opinión de un miembro de la mayoría ideológicamente despótica a las ideas de la minoría perseguida, convierte a ese individuo automáticamente en miembro de dicha minoría. El carácter de voluntariedad de una idea mayoritaria en una situación de “tiranía de las mayorías” es absolutamente ilusorio. Dentro de una democracia con despotismo de la mayoría eventual, generalmente de estar en una posición u otra depende la situación económica y social de un individuo, con lo cual se generan verdaderas “clases ideológicas” que terminan convirtiendo la democracia en oclocracia y que terminan sincerándose como tales en cuanto aparece una discriminación clasista y se reduce la democracia a dichas clases “naturalmente” partidarias de la posición ideológica despótica. El chavismo es un buen ejemplo. El gran problema de este caso es que la oclocracia ya parte de una presunción del deber de unanimidad ideológica porque nace del despotismo de una mayoría ideológica. No es una situación de oclocracia deliberada en la que se parte de una mayoría social determinada que gobierne y opine con un pluralismo permitido para tal fin, sino que en la polarización social populista[4] es el pensamiento ideológico el que determina la genuina pertenencia a la oclocracia gobernante. Por ejemplo, en la “dictadura del proletariado” marxista esta situación no debería darse. En los socialismos marxistas el proletariado mayoritario (si acaso se da que es realmente mayoritario respecto a la población total) que, en términos marxistas es “democrático” (ideológicamente tolerante) para sí y “dictatorial” (ideológicamente intolerante) para las demás clases, es un ejemplo paradigmático: su población total sólo debería perseguir políticamente a las demás clases sociales (salvo tal vez a alguna clase “popular” aliada como el campesinado o eventualmente a la pequeña burguesía como en el caso del maoísmo), pero se da el hecho de que no existe pluralismo político para esta oclocracia ya que cada miembro debe tener consciencia proletaria o ser considerado un traidor o un enemigo de su debida consciencia de clase. Esto genera dentro de la totalidad de la población de la mayoría oclocrática una situación interna de “tiranía de la mayoría”. Todavía peor, esta es la apariencia que se guarda (la “mayoría proletaria” persiguiendo a sus traidores internos), pero el hecho es que la consciencia de clase no gobierna a través de un consenso logrado por la libre expresión de ideas políticas deliberadas en las asambleas, sino que emerge directamente gobernando como partido de clase a través de asambleas dependientes del mismo. El partido es ideológico y en tanto tal es representante de una invariable, en los fines y los medios, consciencia de clase. Esto significa que no hay una mayoría ideológica dentro del proletariado que persigue a sus disidentes, lo cual ya por sí mismo coaccionaría al resto del proletariado, sino que todos los proletarios deben recibir su adecuada formación ideológica de opinión de la institución a través de la cual se materializan los intereses de su debida consciencia de clase (esta es la faceta de adoctrinamiento ideológico que es parte necesaria de un esquema mayor totalitario por el cual toda la clase debe extender su socialismo proletario hacia sus miembros individuales). Por ende la opinión proletaria, en el marxismo, se provee de unidad y contenido desde el partido único totalitario y se vuelve para la oclocracia proletaria una tiranía de la “voluntad general proletaria” (esto por decirlo de alguna forma, ya que el marxismo pretende y promete -de hecho así cierra el manifiesto de 1848- no disociar los intereses generales de clase a los de los individuos de dicha clase).

         Volviendo, pues, al inicio: el despotismo político no es un “privilegio” de partidos únicos (hegemónicos o totalitarios) o de gobiernos militares. El despotismo político depende del hecho mismo de la persecución política sistemática organizada. Una aristocracia puede llegar a ser incluso benigna con los opositores ajenos al círculo del poder, de hecho ¡no los necesita![5] Lo único que requiere es que no puedan acceder al poder. Incluso puede permitir su libre expresión política. Naturalmente las opiniones políticas de quienes estén fuera de una aristocracia o de una autocracia tenderán a ser opiniones demandantes de una participación en el poder, sea oclocrática o democráticamente, incluso hasta abiertamente aristocráticas. Estas demandas pueden ser reformistas o revolucionarias, pero mientras las demandas no se materialicen en actos de fuerza, la autocracia o aristocracia gobernante no necesitará recurrir a la violencia. En cualquier caso no se requiere de la violencia política para ejercer una autocracia, o una aristocracia (como fue el caso del PRI mejicano como partido único de tipo hegemónico), e incluso una oclocracia. Pero, claro está, puede llegar a ser muy favorable si esto fortalece a un poder establecido que sepa puede sobrepasar las reacciones a una persecución política constante y que tema ser sobrepasado por la acción desordenadora y debilitante de una oposición política también constante. La persecución política puede ser, entonces, a las opiniones políticas fuera del círculo del poder que se hagan expresas (cosa común en cualquier dictadura militar transitoria), o cualquier opinión política incluso silenciosa (más propio de regímenes dictatoriales permanentes, totalitarios o no).

         Hoy día asociamos dictadura con exclusión política violenta y democracia con inclusión política pacífica. Esto es un grave error. Que la democracia -como cualquiera de las otras dos formas políticas: aristocracia y oclocracia- para seguir siendo voluntaria deba excluir cualquier forma de persecución política interna, no implica que sea una garantía para dicha voluntariedad y que no pueda existir una violencia política democrática con la suficiente movilidad para no cristalizarse y autodestruir el poder democrático.

[1] - Cfr., Louis Baudin, El imperio socialista de los incas, Chile: Zig-Zag, 1945, pp. 205-213.
[2] - Cfr., Isaiah Berlin, La traición de la libertad, México: Fondo de Cultura Económica, 2004, pp. 70-75.
[3] - Parte de la culpa de este hecho la tiene la presunción, de cuño parcialmente rousseauniano, de que puede representarse un interés general por parte de una clase política por el solo hecho de haber sido elegida por una mayoría o una primer minoría, y el prejuicio nacional-estatista de que ese interés general sea lo que el poder político debería representar, en vez de que el bien común, de existir, se forme espontáneamente como espacio común dentro de lo que hoy llamamos sociedad civil.
[4] - Cfr., Juan José Sebreli, El asedio a la modernidad, Argentina: Editorial Sudamericana, 1995, p. 175.
[5] - A diferencia de los marxismos, los fascismos son totalitarismos abiertamente autocráticos, y, sin embargo, terminan reconociendo su dependencia para con las masas movilizadas: el Nacionalsocialismo llegó a describirse como una “democracia orgánica” a la manera de como luego hiciera el Comunismo desprendiéndose de su uniclasismo para catalogarse como una “democracia popular”.

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