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Querido país
por Carlos Alem
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Es posible querido país que solo seas una ilusión, un invento de mi imaginación.
Tal vez no seas tan pequeño ni tus praderas tan verdes, hasta es posible que la feria de Tristán Narvaja, El Mercado del Puerto, sean un cuadro pintado por un joven artista.
Es posible que tu cerro no sepa defenderte como yo creo en este preciso momento.
Que a pesar de que quiero que tu carreta siga enterrada en el barro, las "exportaciones de bronce" le vayan quitando peso, y algún día los bueyes logren la sacarla de tan incómoda postura.
También deseo querido país que aquel parque donde mi hijo comenzó a dar los primeros pasos, conserve la paz, la sombra de los casi centenarios árboles, el canto de cientos de pájaros, que el aroma a hierba fresca que aún perdura en mis sentidos sea la misma.
Si bien vuelvo a Ti querido país con las nieves de 32 años sobre mi cabeza, quisiera que la magia de tus calles, tus recuerdos, obren en mi el milagro de aquel cuerpo de joven trabajador y emprendedor. De aquel joven de bolsillos vacíos, sin autobuses, de peregrinador diario camino a su trabajo ayá por Capurro.
El mismo joven que soñaba encontrarse con un imprevisto amigo, que después del -Hola, ¿cómo estás flaco? sacara un paquete de Coronados y le ofreciera uno, pero eran solo sueños, a lo sumo la pitada agresiva de algún automovilista al cruzar Boulevard Artigas y Agraciada.
Pero no importa querido Uruguay, todas la antiguas necesidades se han atemperado en mi estado de ánimo, la edad y la distancia lo han logrado, solo quiero que Tu no hayas cambiado para mal.
¿Sabes querido país? me hace mucha ilusión ver a las mujeres del barrio Reducto barriendo las hojas de la acera y quemarlas a tempranas horas de la mañana, quizás antes de preparar el mate. El olor a las hojas quemadas era así como el incienso que presagiaba el nuevo día, era el ritual de parirlo. Y el humo se colaba entre los rayos del sol naciente, atenuando su luz, magnificando al árbol que antes había sido dueño de esas ropas que se quemaban a sus pies.
Debes de darme la oportunidad, querido país, de volver a la parada del 147, y volver a jugar a la ruleta si en el próximo viaje podré subir, de compartir pasillo con el Overol azul, con la vieja corbata roja del bancario de la ciudad vieja, con la enfermera del Maciel, con la voz aguardentosa del vendedor de la revista O Cruceiro, .- que en sus páginas centrales le ofrece un amplio reportaje de Jôa Riveiriño (¡¡¿?¡¡) Vaya un a saber quién putas es este loco.
Creo que no abuso de Ti al pedir estas humildes cosas, son parte de lo único que me llevé de ahí, como ves nada de lo se puede atesorar en la bóveda de un banco.
No podía ser menos soy el producto de un barrio humilde, que un día se canso de que sus manos no fueran suficiente para pintar un futuro.
Querido país quiero que al volver mi estadía no solo se limite a un par de asados (de 152 pesos el kilo, en Tienda Inglesa) y vuelta otra vez a Carrasco "a cantar la despedida"
Quiero querido país que los dos corruptos funcionarios policiales de La Avenida Italia y Bolivia, estén partiendo terrones de tierra que es lo que nunca debieron dejar de hacer, que "jugando" con mis vacaciones, me robaron unos cuantos billetes.
Por último, querido país decirte que como todas las veces, siento un nudo en la tripa por la emoción del encuentro contigo ya que los años me han quitado a los seres queridos, (tan solo me queda una tía) pero me reconforta que aunque su patria quedó muy lejos, hoy tu tierra les da cobijo.
Tu hijo
Carlos Alem
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