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Año III - Nº 147 - Uruguay, 09 de setiembre del 2005

 
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Historias del Viejo Montevideo
La Villa del Cerro
Recopilación de Alvaro Kröger
Sobre un texto de José María Fernández Saldaña

 

En noviembre de 1860, el presidente de la Comisión Auxiliar de la Villa del Cerro decía, dirigiéndose a la Junta Económico Administrativa del Departamento: "El distrito del Cerro contiene,en proporción de su extensión, la industria y la agricultura más pingües del País".

Altamente sorpresivo, a primera vista, l asegurado por el ciudadano presidente D. Juan G. Sienrra, sus palabras eran verdad.

Los saladeros, la graserías y todas las actividades atinentes a nuestro comercio de carnes, radicaban en su casi totalidad en la zona del Cerro de Montevideo y a ellas uníase la producción agrícola - relativa sin duda -de la lozana campaña extendida con caídas al Pantanoso, al Santa Lucía y "al mar del Sur".

El resto del país, en punto a industrialización y aprovechamiento de la riqueza madre, podría descartarse del cálculo sin notable merma.

El ilustre ministro Dr. Lucas J. Obes que concibió la creación de un nuevo núcleo de población al otro lado de la bahía había leído el porvenir.

Según el decreto del 9 de setiembre de 1834 que suscribe junto con el vice-presidente Carlos Anaya, creábase la nueva villa, "con el objeto de dar a la industria doméstica todos los ensanches que están al alcance del Gobierno y sus recursos; con el de ofrecer a la inmigración extranjera un asilo dotado de todas las proporciones que por el momento puede prometerse a la feracidad de nuestro suelo y su inmediación al primer mercado de la República".

El articulado, de 4 números, decía así:
1º- En la falda meridional del Cerro que da nombre a esta Capital se formará una población con título de villa y fuero como a tal se le compitieran.
2º-La planta de esta población comprenderá el espacio de una legua siguiendo la base del Cerro de Montevideo, y todo lo que sobre ella diese su altura y la de las coinas adyacentes a la bahía hasta encontrar con las obras exteriores de la fortificación.
3º-Por el Departamento Topográfico se procederá inmediatamente a la formación de los planos del terreno, y al trazado de la nueva población,con arreglo a la extensión y condiciones de aquel, cometiendo este trabajo a la aprobación previa del Gobierno.
4º-Por el Ministerio respectivo se expedirán las órdenes necesarias para que se reconozcan los canales y costas comprendidas entre las faldas del mismo monte y la barra denominada de Cuello, con el objeto de designar el paraje más a propósito que sirva de amarradero a los buques que mantengan la comunicación y el tráfico entre la Capital y la expresada villa.

El trazado de la comisión, en cuadros perfectos, se hizo mediante el cruce de 20 calles, que no tuvieron denominación oficial hasta que el gobierno del General Flores aprobó la nomenclatura propuesta por la Comisión Extraordinaria Administrativa.

El decreto lleva fecha del 12 de diciembre de 1867, y las vías de tránsito numeradas en el plano respectivo y "para mejor inteligencia" del 1 al 29, pasaron a llamarse por su orden: Venezuela, Suiza, Méjico, Inglaterra, Norte América, Francia; Rep. Argentina; Centro América; España; Nueva Granada; Prusia; Ecuador; Holanda; Bolivia;Rusia; Suecia; Austria; China, Bélgica; Brasil; Vizcaya; Perú Paraguay; Italia; Portugal; Chile; Turquía; Egipto y Grecia. "Veintisiete naciones, una confederación y una provincia de España", dijo un diario de la época.

Los progresos de la nueva villa viéronse detenidos a poco de crearse por el estado de guerra en que, a partir de 1843, especialmente, vivió la región del Cerro, convertida en campo de batalla donde los defensores de Montevideo medían sus fuerzas con los soldados del Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina, mandado por el intutulado presidente general Manuel Oribe.

Porción de establecimientos industriales fueron abandonados, otros destruidos por el fuego y algunos trasladaron sus enseres a la capital sitiada o a la jurisdicción oribista del Cerrito.

La paz de octubre del 51, y la reacción que fue su inmediata consecuencia, halló a la villa frente al mismo problema de aislamiento vial,, señalado como grave desde los días de fundada y sin solución práctica y real, hasta no hace muchos años.

Descontada la comunicación por mar, precaria y sujeta a todas las contingencias del tiempo, la población el Cerro, sus importantes establecimientos saladares y afines, así como sus chacras y pastoreos, carecían de caminos que facilitaran las rápidas comunicaciones exigidas por la diaria vida de trabajo.

Las tareas agrícolas, entonces se daban la mano con las de la carne, porque cuando os labradores por muchas lluvias o por falta de ellas no podían labrar la tierra, se ocupaban parte de las tareas saderiles.

Lo agudo del problema vial del Cerro queda manifiesto en estos párrafos de un documento de época: Desde el Paso de la Arena al Mar del Sur, en un frente de 2 leguas y media y 3 y media de fondo, no hay más que 4 calles que corren del frente al fondo, sin ninguna traviesa, de suerte que un vecino que viva en el fondo, si quiere ir por el camino a la casa de su lindero tendrá que caminar por lo menos unos 8 leguas. Es pues de imperiosa necesidad abrir calles transversales en el Rincón del Cerro, las que atravesando la Zanja Reyuna faciliten la comunicación con Mellila.

Otro desideratum vecinal - ¿y porqué no nacional?- era la cómoda introducción de los ganados de faena.

Pesaban a tales efectos, a fines del gobierno de Pereira -1859- arreglar un camino de 50 varas de ancho que despuntase el Manga, el Miguelete y el Pantanoso, 3 arroyos cuyo paso era indispensable salvar de aquel único modo.

En ese camino, donde las ondulaciones del terreno lo exigían, debían dejarse cuadrados de una cuadra para que, en caso de encontrarse una tropa de novillos con carruajes, los más inmediatos al cuadrado entraran, en esa especie de original desvío, hasta que los otros pasaran.

Como desde las puntas del Manga a las del Pantanoso, calculábase la extensión del camino en poco más o menos 240 cuadras y desde el Pantanoso había que continuar hasta la falda Oeste del Cerro, el terreno necesario para la trascendente mejora "pagado por su justo valor a los propietarios costaría $ 7.700." Si el camino se empezaba a proyectar desde el Distrito del Cerro para afuera - apuntábase - es muy probable que venga a costar muy poco o nada, porque en el interés de los saladeristas y propietarios está establecer este camino".

Los progresos de la villa del Cerro fueron lentísimos. La comisión auxiliar en una memoria a la superioridad Municipal, del año 1885, enumeraba como mejoras urgentes de la localidad: un muelle oficial de pasajeros, alumbrado público, servicio de serenos, chapas de nomenclatura y arreglo de la única plaza pública.

Calculábase que la sección tuviera entonces unos 3200 habitantes, cuya existencia se supeditaba al trabajo que proporcionaban los 11 saladeros agrupados en la zona.

Según puede suponerse, esta acumulación de establecimientos insalubres creaba al Cerro un problema de higiene realmente pavoroso.

Los malos olores - el típico olor a saladero, bien conocido - salvaban la extensión de la bahía envolviendo la propia Capital en una ola pestífera, según soplara el viento.

En el Rincón existía un problema que complicaba las cosas: allí los cercos de pistas y zanjas eran las divisorias habituales de los predios y de las aguas en descomposición que originaban interminables focos infecciosos.

Cuando se han leído las descripciones hechas por viajeros extranjeros del cuadro impresionante que ofrecían los establecimientos saladeriles del Río de la Plata en el siglo XIX, recién puede uno formarse una idea - y apenas aproximada - de los que significarían la existencia de los saladeros del Cerro, unidos a múltiples pequeños mataderos, graserías y criaderos de cerdos.

Los saladeros, tenían señalado por su caracter especial un radio fijo dentro del departamento de Montevideo.

Sólo podían situarse a la margen derecha del arroyo Miguelete, siguiendo una línea al norte de la falda del Cerro y de este punto al conocido por Maroñas y de aquí al mar.

Así lo establece el decreto del 30 de abril de 1836, con la salvedad de que los establecidos con anterioridad a esa feccha tenían derecho a conservarse en el paraje que ocupasen.

Tiene el mencionado decreto, algunas disposiciones de órden higiénico, como el que reglaba que no podían conservarse en los saladeros las osamentas de los animales muertos sin que se les diera el beneficio a los que destinasen sus propietarios, sino el tiempo preciso para evitar su corrupción.. Los contraventores, que dejaban de quemarlas, serían pasibles de fuertes multas.

Elementales precauciones, como se ve, en defensa de la salud pública, establecían las primeras medidas que se registran en la legislación patria y pocas serían las que iban a dictarse en lo sucesivo.

Únicamente el cambio de métodos en la industrialización de la carne, que redujo a nada - casi literalmente - el residuo animal, con la implantación del sistema de frío y de las conservas, pudo modificar el cuadro, al cabo de larguísimos años.

El crecimiento notable de la población en las secciones del Cerro y del Pantanoso, exigió al gobierno del Flores, el nombramiento de un facultativo encargado de atenderlas profesionalmente, recayendo la designación en el Dr. Vicente Feliciangeli con un sueldo de $125 mensuales, que le fija el decreto del 9 de enero de 1868.

El médico estaría bajo la dependencia del Jefe Político, residiría dónde éste indicase, revistando por el presupuesto jefaturial.

Este Dr. Feliciangeli es el mismo que pocos años más tarde fue asesinado alevosamente por móviles que no se llegaron a establecer del todo y los culpables fusilados en la plaza de los "33".

En punto a instrucción, tiene el Cerro un antecedente precioso que no puede pasar en silencio.

Fue en la cercana villa donde un benemérito preceptor, de nacionalidad española, José María

López, inició la enseñanza de prácticas agrícolas en las escuelas rurales.

La idea surgió de dos ciudadanos a quienes debe mucho la causa de la cultura: Lucio Rodríguez y Federico Balparda.

El hombre que necesitaban lo encontraron en López. El ensayo se llevó a cabo en 1877, en la manzana baldía Nº 109, destinada a plaza pública. Allí debían concurrir los alumnos de las escuelas vecinas.

Otro pionero de la educación popular, Emilio Romero, quiso personalmente delinear los tablones de cultivo, después de haber donado un arado mecánico y hecho cayar a su costo un pozo manantial indispensable.

López regenteaba la escuela de 2º grado en el Cerro a la que dedicó 16 años corridos de labor tan perseverante y ahincada, que concluyó al fin con su vida.

Su esposa, la señora Josefa Vidaur de López, compañera en tareas de magisterio ganó como su marido méritos a la gratitud pública.

Como homenaje póstumo se erigió más tarde en el cementerio de la villa, por cuestación del vecindario el monumento que recuerda "al fundador de la primera escuela de práctica agrícola".

Por resolución del 13 de octubre de 1857, autorizó el gobierno de Pereira a las autoridades eclesiásticas a erigir un oratorio que serviría provisionalmente de iglesia en el sitio más aparente de la manzana 3 de la Villa del Cerro.

En mayo del año siguiente, y a pedido del cura Juan B. Cúneo, encargóse al Maestro Mayor de obras públicas la confección del proyecto respectivo.

Se entiende que es éste el origen de la actual iglesia parroquial, cuya construcción demoróse tantísimos años. Primitivamente estuvo dedicada en aquella localidad, donde los sacos eran muchos, a la virgen de Aranzazú, venerada en un santuario de la provincia de Guipúscoa.