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Historias
del Viejo Montevideo
La
Villa del Cerro
Recopilación de Alvaro Kröger
Sobre
un texto de José María Fernández
Saldaña |
En noviembre
de 1860, el presidente de la Comisión Auxiliar de la
Villa del Cerro decía, dirigiéndose a la Junta
Económico Administrativa del Departamento: "El
distrito del Cerro contiene,en proporción de su extensión,
la industria y la agricultura más pingües del
País".
Altamente
sorpresivo, a primera vista, l asegurado por el ciudadano
presidente D. Juan G. Sienrra, sus palabras eran verdad.
Los saladeros,
la graserías y todas las actividades atinentes a nuestro
comercio de carnes, radicaban en su casi totalidad en la zona
del Cerro de Montevideo y a ellas uníase la producción
agrícola - relativa sin duda -de la lozana campaña
extendida con caídas al Pantanoso, al Santa Lucía
y "al mar del Sur".
El resto
del país, en punto a industrialización y aprovechamiento
de la riqueza madre, podría descartarse del cálculo
sin notable merma.
El ilustre
ministro Dr. Lucas J. Obes que concibió la creación
de un nuevo núcleo de población al otro lado
de la bahía había leído el porvenir.
Según
el decreto del 9 de setiembre de 1834 que suscribe junto con
el vice-presidente Carlos Anaya, creábase la nueva
villa, "con el objeto de dar a la industria doméstica
todos los ensanches que están al alcance del Gobierno
y sus recursos; con el de ofrecer a la inmigración
extranjera un asilo dotado de todas las proporciones que por
el momento puede prometerse a la feracidad de nuestro suelo
y su inmediación al primer mercado de la República".
El articulado,
de 4 números, decía así:
1º- En la falda meridional del Cerro que da nombre a
esta Capital se formará una población con título
de villa y fuero como a tal se le compitieran.
2º-La planta de esta población comprenderá
el espacio de una legua siguiendo la base del Cerro de Montevideo,
y todo lo que sobre ella diese su altura y la de las coinas
adyacentes a la bahía hasta encontrar con las obras
exteriores de la fortificación.
3º-Por el Departamento Topográfico se procederá
inmediatamente a la formación de los planos del terreno,
y al trazado de la nueva población,con arreglo a la
extensión y condiciones de aquel, cometiendo este trabajo
a la aprobación previa del Gobierno.
4º-Por el Ministerio respectivo se expedirán las
órdenes necesarias para que se reconozcan los canales
y costas comprendidas entre las faldas del mismo monte y la
barra denominada de Cuello, con el objeto de designar el paraje
más a propósito que sirva de amarradero a los
buques que mantengan la comunicación y el tráfico
entre la Capital y la expresada villa.
El trazado
de la comisión, en cuadros perfectos, se hizo mediante
el cruce de 20 calles, que no tuvieron denominación
oficial hasta que el gobierno del General Flores aprobó
la nomenclatura propuesta por la Comisión Extraordinaria
Administrativa.
El decreto
lleva fecha del 12 de diciembre de 1867, y las vías
de tránsito numeradas en el plano respectivo y "para
mejor inteligencia" del 1 al 29, pasaron a llamarse por
su orden: Venezuela, Suiza, Méjico, Inglaterra, Norte
América, Francia; Rep. Argentina; Centro América;
España; Nueva Granada; Prusia; Ecuador; Holanda; Bolivia;Rusia;
Suecia; Austria; China, Bélgica; Brasil; Vizcaya; Perú
Paraguay; Italia; Portugal; Chile; Turquía; Egipto
y Grecia. "Veintisiete naciones, una confederación
y una provincia de España", dijo un diario de
la época.
Los progresos
de la nueva villa viéronse detenidos a poco de crearse
por el estado de guerra en que, a partir de 1843, especialmente,
vivió la región del Cerro, convertida en campo
de batalla donde los defensores de Montevideo medían
sus fuerzas con los soldados del Ejército Unido de
Vanguardia de la Confederación Argentina, mandado por
el intutulado presidente general Manuel Oribe.
Porción
de establecimientos industriales fueron abandonados, otros
destruidos por el fuego y algunos trasladaron sus enseres
a la capital sitiada o a la jurisdicción oribista del
Cerrito.
La paz de
octubre del 51, y la reacción que fue su inmediata
consecuencia, halló a la villa frente al mismo problema
de aislamiento vial,, señalado como grave desde los
días de fundada y sin solución práctica
y real, hasta no hace muchos años.
Descontada
la comunicación por mar, precaria y sujeta a todas
las contingencias del tiempo, la población el Cerro,
sus importantes establecimientos saladares y afines, así
como sus chacras y pastoreos, carecían de caminos que
facilitaran las rápidas comunicaciones exigidas por
la diaria vida de trabajo.
Las tareas
agrícolas, entonces se daban la mano con las de la
carne, porque cuando os labradores por muchas lluvias o por
falta de ellas no podían labrar la tierra, se ocupaban
parte de las tareas saderiles.
Lo agudo
del problema vial del Cerro queda manifiesto en estos párrafos
de un documento de época: Desde el Paso de la Arena
al Mar del Sur, en un frente de 2 leguas y media y 3 y media
de fondo, no hay más que 4 calles que corren del frente
al fondo, sin ninguna traviesa, de suerte que un vecino que
viva en el fondo, si quiere ir por el camino a la casa de
su lindero tendrá que caminar por lo menos unos 8 leguas.
Es pues de imperiosa necesidad abrir calles transversales
en el Rincón del Cerro, las que atravesando la Zanja
Reyuna faciliten la comunicación con Mellila.
Otro desideratum
vecinal - ¿y porqué no nacional?- era la cómoda
introducción de los ganados de faena.
Pesaban
a tales efectos, a fines del gobierno de Pereira -1859- arreglar
un camino de 50 varas de ancho que despuntase el Manga, el
Miguelete y el Pantanoso, 3 arroyos cuyo paso era indispensable
salvar de aquel único modo.
En ese camino,
donde las ondulaciones del terreno lo exigían, debían
dejarse cuadrados de una cuadra para que, en caso de encontrarse
una tropa de novillos con carruajes, los más inmediatos
al cuadrado entraran, en esa especie de original desvío,
hasta que los otros pasaran.
Como desde
las puntas del Manga a las del Pantanoso, calculábase
la extensión del camino en poco más o menos
240 cuadras y desde el Pantanoso había que continuar
hasta la falda Oeste del Cerro, el terreno necesario para
la trascendente mejora "pagado por su justo valor a los
propietarios costaría $ 7.700." Si el camino se
empezaba a proyectar desde el Distrito del Cerro para afuera
- apuntábase - es muy probable que venga a costar muy
poco o nada, porque en el interés de los saladeristas
y propietarios está establecer este camino".
Los progresos
de la villa del Cerro fueron lentísimos. La comisión
auxiliar en una memoria a la superioridad Municipal, del año
1885, enumeraba como mejoras urgentes de la localidad: un
muelle oficial de pasajeros, alumbrado público, servicio
de serenos, chapas de nomenclatura y arreglo de la única
plaza pública.
Calculábase
que la sección tuviera entonces unos 3200 habitantes,
cuya existencia se supeditaba al trabajo que proporcionaban
los 11 saladeros agrupados en la zona.
Según
puede suponerse, esta acumulación de establecimientos
insalubres creaba al Cerro un problema de higiene realmente
pavoroso.
Los malos
olores - el típico olor a saladero, bien conocido -
salvaban la extensión de la bahía envolviendo
la propia Capital en una ola pestífera, según
soplara el viento.
En el Rincón
existía un problema que complicaba las cosas: allí
los cercos de pistas y zanjas eran las divisorias habituales
de los predios y de las aguas en descomposición que
originaban interminables focos infecciosos.
Cuando se
han leído las descripciones hechas por viajeros extranjeros
del cuadro impresionante que ofrecían los establecimientos
saladeriles del Río de la Plata en el siglo XIX, recién
puede uno formarse una idea - y apenas aproximada - de los
que significarían la existencia de los saladeros del
Cerro, unidos a múltiples pequeños mataderos,
graserías y criaderos de cerdos.
Los saladeros,
tenían señalado por su caracter especial un
radio fijo dentro del departamento de Montevideo.
Sólo
podían situarse a la margen derecha del arroyo Miguelete,
siguiendo una línea al norte de la falda del Cerro
y de este punto al conocido por Maroñas y de aquí
al mar.
Así
lo establece el decreto del 30 de abril de 1836, con la salvedad
de que los establecidos con anterioridad a esa feccha tenían
derecho a conservarse en el paraje que ocupasen.
Tiene el
mencionado decreto, algunas disposiciones de órden
higiénico, como el que reglaba que no podían
conservarse en los saladeros las osamentas de los animales
muertos sin que se les diera el beneficio a los que destinasen
sus propietarios, sino el tiempo preciso para evitar su corrupción..
Los contraventores, que dejaban de quemarlas, serían
pasibles de fuertes multas.
Elementales
precauciones, como se ve, en defensa de la salud pública,
establecían las primeras medidas que se registran en
la legislación patria y pocas serían las que
iban a dictarse en lo sucesivo.
Únicamente
el cambio de métodos en la industrialización
de la carne, que redujo a nada - casi literalmente - el residuo
animal, con la implantación del sistema de frío
y de las conservas, pudo modificar el cuadro, al cabo de larguísimos
años.
El crecimiento
notable de la población en las secciones del Cerro
y del Pantanoso, exigió al gobierno del Flores, el
nombramiento de un facultativo encargado de atenderlas profesionalmente,
recayendo la designación en el Dr. Vicente Feliciangeli
con un sueldo de $125 mensuales, que le fija el decreto del
9 de enero de 1868.
El médico
estaría bajo la dependencia del Jefe Político,
residiría dónde éste indicase, revistando
por el presupuesto jefaturial.
Este Dr.
Feliciangeli es el mismo que pocos años más
tarde fue asesinado alevosamente por móviles que no
se llegaron a establecer del todo y los culpables fusilados
en la plaza de los "33".
En punto
a instrucción, tiene el Cerro un antecedente precioso
que no puede pasar en silencio.
Fue en la
cercana villa donde un benemérito preceptor, de nacionalidad
española, José María
López,
inició la enseñanza de prácticas agrícolas
en las escuelas rurales.
La idea
surgió de dos ciudadanos a quienes debe mucho la causa
de la cultura: Lucio Rodríguez y Federico Balparda.
El hombre
que necesitaban lo encontraron en López. El ensayo
se llevó a cabo en 1877, en la manzana baldía
Nº 109, destinada a plaza pública. Allí
debían concurrir los alumnos de las escuelas vecinas.
Otro pionero
de la educación popular, Emilio Romero, quiso personalmente
delinear los tablones de cultivo, después de haber
donado un arado mecánico y hecho cayar a su costo un
pozo manantial indispensable.
López
regenteaba la escuela de 2º grado en el Cerro a la que
dedicó 16 años corridos de labor tan perseverante
y ahincada, que concluyó al fin con su vida.
Su esposa,
la señora Josefa Vidaur de López, compañera
en tareas de magisterio ganó como su marido méritos
a la gratitud pública.
Como homenaje
póstumo se erigió más tarde en el cementerio
de la villa, por cuestación del vecindario el monumento
que recuerda "al fundador de la primera escuela de práctica
agrícola".
Por resolución
del 13 de octubre de 1857, autorizó el gobierno de
Pereira a las autoridades eclesiásticas a erigir un
oratorio que serviría provisionalmente de iglesia en
el sitio más aparente de la manzana 3 de la Villa del
Cerro.
En mayo
del año siguiente, y a pedido del cura Juan B. Cúneo,
encargóse al Maestro Mayor de obras públicas
la confección del proyecto respectivo.
Se entiende
que es éste el origen de la actual iglesia parroquial,
cuya construcción demoróse tantísimos
años. Primitivamente estuvo dedicada en aquella localidad,
donde los sacos eran muchos, a la virgen de Aranzazú,
venerada en un santuario de la provincia de Guipúscoa.