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La
tiorba y el Poder
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Fernando Quiroga |
"alla
Serenissima Principessa l'Infante di Spagna Donna Isabella
arciduchesssa d'Austria", reza la dedicatoria
del libro de tiorba de Alessandro Piccinini.
Si ustedes
tienen la curiosidad de saber quién era la señora,
y meten ese título espectacular en uno de los monumentales
cds que existen en la actualidad en algunas bibliotecas,
para saber quién es, les saldrá a ustedes
que se trata nada menos que de la hija de Felipe II, el
hijo a su vez de Carlos V, Emperador del Sacro Imperio Romano
Germánico y una de las personas que más poder
han tenido en éste mundo.
Tanto
poder tenía, que en su imperio "nunca se ponía
el sol", de grande que era, porque empezaba acá
arriba dónde estoy yo ahora, bueno un poco más
al oeste y al centro de España, porque Felipe II
instauró la capitalidad de Madrid en la Piel de Toro,
empezaba acá digo, y terminaba por allá dónde
ahora están ustedes, leyendo pacientemente lo que
a mí se me pasa por la barratina comentarles sobre
la música y afines.
Y son
afines, sí, la tiorba y el poder. Hemos visto cómo
de la mano del poder de los Medici llegaba a Francia y de
la mano de los Gonzaga a Mantua, y ahora vemos cómo
de la mano de la familia Austria llega a España.
Efectivamente,
doña Isabella Clara Eugenia de Austria, recibió
la dedicatoria del libro de Tiorba de Piccinini, y aunque
no sabemos si pagó o no la edición, sí
sabemos que contrató en el Monasterio de las Descalzas
de Madrid a Filippo Piccinini, que como se sabe formaba
parte de la formidable saga de tiorbistas procedientes de
la familia Piccinini.
En la
hoja de salarios de Las Descalzas aparece numerosas veces
el nombre del tiorbista italiano.
En los
archivos de las Reducciones Jesuíticas en Paraguay,
el conjunto de misiones jesuíticas que existieron
entre 1609 y 1768, año éste el último
en que las misiones desarrollaron su actividad en la zona,
aparece documentado el uso de la tiorba en esas tierras
dónde ustedes viven, había existido un Conservatorio
de las Reducciones.
Antonio
Sepp escribe que allí "les enseñaba
(a los indios) a tocar el órgano, el arpa, la tiorba,
la guitarra (barroca) el violín la chirimia y la
trompeta".
Si hoy
decimos que "así llegó la tiorba a España",
no haremos más que reafirmar que en el mundo hispánico,
extendido por medio planeta conocido en aquél entonces
(Marco Polo ya había descubierto las rutas de la
seda hacía un montón de años) en el
mundo hispánico, digo, se oía la tiorba de
estruendo que inventó un día un modesto "guardarropa
de música" de la corte de don Ferdinando de
Medici, pocos días antes de su boda con Cristina
de Lorena, en el fastuoso jolgorio que conmoviera la ciudad
de Florencia durante quince días.
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