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Año V Nro. 333 - Uruguay, 10 de abril del 2009   
 

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Marcos Cantera Carlomagno

La herencia – cultura y atraso
por Marcos Cantera Carlomagno

 
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Introducción

         En febrero de 1996 viajé a España para trabajar en un proyecto de histo­ria contemporánea. Apenas llegado a Madrid fui a dar con mis esperanzas y mis maletas a un modesto hostal en las cercanías de Puerta del Sol. Su propietario poseía una amabilidad infinita y no pocos conocimientos en el tema que durante cuatro años me tuvo en tierras ibéricas: llenaba el buen hombre las largas horas de hastío en el salón familiar con lecturas históri­cas. Leía sin orden pero con incansable curiosidad y la mejor entre las voluntades. Un día descubrí, sobre una de las paredes del salón, un escudo de armas con su apellido. Era el escudo de armas de los Rodríguez. No pudiendo contenerme, le pregunté con evidente falso asombro: “Pero cómo, ¿tú eres pariente de los ilustres Rodríguez, los Duques de la Guía Telefó­nica? “Hombre”, me respondió un tanto mosqueado, “es que no es tema de bromas ese, pues has de saber tú que los Rodríguez descendemos de viejo linaje, y que ya a comienzos de la Reconquista…”. Mi risa, tan espontánea como inoportuna, interrumpió el discurso del hotelero. Y entendiendo que se había ofendido, opté por abandonar la escena.

         Durante el trabajo con este libro, mi mente ha regresado muchas veces al salón familiar del descendiente de aquellos bravíos Rodríguez matamoros. Y es que la anécdota que aquí narro encierra largas enseñanzas, pues elementos tales como el honor, el orgullo, la hidalguía y la sangre inmacu­lada de “cristiano viejo” que corre por las venas físicas o mentales de todo español que se precie de serlo son componentes básicos de nuestra heren­cia: la herencia cultural del ser americano que pretendemos estudiar.

         Generalmente, los historiadores se dedican a engarzar, como perlas en un precioso collar, hechos y acontecimientos. En su red de cazador van quedando así aprisionados nombres más o menos ilustres, fechas, batallas, tratados, revoluciones, documentos… avances y retrocesos, en definitiva, de una sociedad determinada en un período de tiempo más bien corto que largo. La historia se convierte, al decir de Domingo Faustino Sarmiento, en una cuestión de “barones, monjes, reyes, queridas y abades”, sirviendo el resto, el famoso pueblo, de material de relleno del edificio social. Hay historiadores que prefieren otros tipos de datos, preferentemente índices sociales y estadísticas económicas, tablas con porcentajes, listados de precios y sueldos, curvas que suben y bajan, estudios demográficos colma­dos de nacimientos y mortandades anónimas, análisis de estructuras que pueden llegar a respetable profundidad o bien preferir explayarse por generosos espacios de tiempo.

         Existe, sin embargo, un tercer grupo de historiadores —y entre ellos me ubico— que reconocen la existencia de varios tiempos y niveles: desde el estado prácticamente inalterado de algunos procesos y las modificaciones “a prueba de siglos”, de las cuales nos habla Fernand Braudel, hasta los cambios repentinos, bruscos, constantes: los cambios inquietos del instante, esos que hacen y deshacen la historia periodística. Son diferentes tiempos y niveles que nos recuerdan las diversas aguas del mar: tanto las falsamente quietas del fondo, las intermedias con sus fuertes corrientes como las superficiales, cuyas olas vemos desde la costa. Son diferentes ritmos, aparentemente independientes entre sí, pero que en realidad dependen el uno del otro, inciden el uno sobre el otro, forman, como en el mensaje cristiano, una suerte de milagro de la Santa Trinidad. Y es que la dimensión histórica es así: una y trina a la vez.

         La escuela francesa Annales —a la cual responden nombres de mucho prestigio en el estudio de la historia— distingue, justamente, entre esos ritmos diversos: el geográfico, el social y el individual, subrayando la importancia de observar más detenidamente la longue durée (la larga duración) y de prestar menos atención —¡sin por ello descuidarlos!— a los atolondrados sucesos de la superficie, esos cambios políticos que con su ebullición y riqueza pirotécnica ocupan nuestras retinas, nos encandilan, nos enceguecen y nos dificultan ver más allá; esas partículas de luz que chisporroteando saltan del fuego histórico en su tan alocado como efímero camino al olvido de las cenizas. La historia se metamorfosea, se entrelaza en acontecimientos y tiempos, prolifera en circunstancias, se ordena en cadenas de hechos sociales, económicos y políticos, se nutre de velocida­des, se multiplica en planos divergentes y convergentes. Su mayor atrac­tivo, y su mayor dificultad, reside justamente allí: en poder leer, en el rico tejido de su texto, las líneas entrecruzadas, las figuras sueltas, el juego rebuscado de hilos infinitamente largos y de puntos supuestamente aislados que forman, tan juntos e inseparables, el gran dibujo del paso del hombre por la faz de la Tierra.

         Pero hay otro aspecto que merece ser señalado: lo que fue es una huella de lo por venir. Si queremos saber por qué nuestro presente es como es, debemos estudiar nuestro pasado. Si ambicionamos tener una idea de los probables contornos de nuestro futuro, debemos conocer nuestra historia. El contenido de este libro es una prueba de ello en cuanto al presente y un aviso para el futuro. No se trata de fatalismo ni de mecanicismo histórico sino que, por el contrario, de tomar conciencia de los materiales con los que contamos para intuir las formas y los contenidos que nos esperan. En el prólogo de Las venas tapadas de América latina señalaba que no hay tema más debatido entre nosotros que las causas de nuestro atraso. Señalaba, también, que la explicación estándar a ese estado de cosas es de carácter político y económico y que, como culpables de ello, se acusa mecánica­mente a instancias y actores ajenos al mundo latinoamericano. Difiero radicalmente de esa óptica pues estoy profundamente convencido de que el subdesarrollo que nos aqueja tiene raíces culturales y se debe, en última instancia, a responsabilidades propias. Por eso, opino que si queremos superarlo debemos identificar las particularidades de nuestra cultura, para saber qué es lo que nos impide salir de donde no queremos estar.

         Correr el foco de atención de la economía y la política a la cultura im­plica —y esto es un postulado fundamental— abandonar la teoría de que la culpa de nuestras desgracias la tienen “los otros” y aceptar, de una vez por todas, nuestra propia responsabilidad. No es un paso fácil de dar. Pero es el primer paso que debemos dar si deseamos construir otro tipo de sociedad. Como una pequeña contribución a esa enorme tarea que nos espera, he escrito este libro, cuya tesis más importante es que esos valores culturales propicios al atraso han marcado nuestra historia desde su mismo inicio. Desde el mismo momento en que Hispanoamérica comenzó a ser.

         La estructura de La herencia es simple y obedece a una observación de la vida cotidiana. Cuando estamos rodeados de una gran oscuridad, ¿qué mejor que abrir ventanas?

         Invito a imaginar una Plaza Mayor de España, una Plaza Mayor virtual, por supuesto; un lugar totalmente independiente de las limitaciones que imponen el tiempo y el espacio; un sitio pleno de vida social, de variadas labores económicas, de ruidosos emprendimientos militares, de confusa actividad política y de brillantes manifestaciones artísticas: el escenario mismo donde se desarrolla la obra de nuestras vidas. Le propongo al lector salir de paseo por el entorno de esa Plaza Mayor, recorrer conmigo los laberínticos corredores que hay en su derredor y detenernos, de tanto en tanto, para abrir ventanas que nos permitan ver el espectáculo que nos brinda la vida. Y es que La herencia es justamente eso: ventanas sobre la Plaza Mayor de nuestro pasado español.

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