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Año III - Nº 207
Uruguay, 10 de noviembre del 2006
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Fernando Pintos Hemerografía y el método hemerográfico según Kayser
por Fernando Pintos
 
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Para periodistas, comunicadores y estudiantes de las ciencias de la comunicación, el método hemerográfico sigue siendo una de las principales herramientas de investigación. Define José Martínez de Sousa a la Hemerografía de varias maneras. Señala, al respecto, que tal disciplina es: «Descripción e historia del material periodístico»; «Conocimiento y descripción de las publicaciones periódicas»; «Catálogo o lista descriptiva y clasificada de las publicaciones periódicas». Y cualquiera podría estar de acuerdo con ello. A continuación explica que ambas palabras, «hemeroteca» y «hemerografía», son neologismos de aceptación relativamente reciente. Muy posiblemente, el término que Martínez de Souza considerase más apropiado hubiese sido el de «hemerología», que incluye en su diccionario y al cual describe como «…estudio y descripción de las publicaciones periódicas».

Para aclarar algunos conceptos, vale la pena retroceder hasta la etimología del término que lo origina todo, es decir: «hemeroteca». Debe recordarse que éste es un concepto íntimamente ligado con otro, de fundamental importancia, que no se menciona ni se recalca tal cual se debiera: el de «fuentes documentales». La palabra hemeroteca proviene del griego «hemer», que es una forma prefija de algunas voces griegas: «hemera» (una divinidad que representaba al día y cuya mención también encerraba los significados, tanto de «día» como «luz del día»); «hemerologión» (el equivalente a «calendario», «diario» o «periódico»); y finalmente «Theque» (que viene a ser «caja» o «depósito»).
Para el caso que nos ocupa, hemeroteca debe ser considerada en el marco de su acepción más actual y periodística, que refiere a un local en donde se recopilan y coleccionan, de manera organizada, las distintas publicaciones seriadas (diarios, periódicos de diversas frecuencias y revistas), así como también algunos otros documentos impresos que estén sujetos a determinado tipo de periodicidad. Existe, además, otra acepción del término que guarda estrecho contacto con la anterior: es el conjunto de las colecciones de publicaciones seriadas que pueden ser manejadas dentro de cualquier gran biblioteca.

Podría pensarse que todo ello, tanto las hemerotecas como instituciones o en cuanto colecciones incluidas en una biblioteca son —precisamente por tratarse de una actividad y unos materiales estrictamente periodísticos—, asunto de escasa consideración fuera del ámbito de los estudios de comunicación y las actividades directamente ligadas al periodismo. Pero quien eso creyese estaría errado. La prueba de ello consiste en que una de las instituciones más importantes y prestigiosas a nivel mundial, encargada de verificar y avalar los diferentes niveles de calidad para productos y empresas, tal cual es la International Standards Organization (ISO), las ha definido ya desde el año de 1975, y lo ha hecho en el siguiente sentido: «…Publicación impresa o no, que aparece en volúmenes o fascículos ligados por lo general numérica o cronológicamente, durante un tiempo no limitado de antemano. Este tipo de publicaciones comprende las publicaciones periódicas, los diarios, las publicaciones anuales (informes, anuarios, etcétera), balances, memorias, actas, etcétera, de sociedades y colecciones monográficas…».

Es justificable que la ISO —una organización principalmente enfocada en las actividades empresariales y de entidades lucrativas—, haya incluido entre el material hemerográfico asuntos tales como balances y memorias de labores. Pero ya el hecho de que tome en cuenta a la hemeroteca, aunque sea como un concepto tan generalizado, significa un reconocimiento a la importancia, tanto de la institución en sí como de las actividades que se llevan a cabo en su ámbito, así como también del material periodístico que es objeto de todo ello. He aquí que se debe volver a reafirmar algo fundamental: en un sentido lato del término, el concepto de «hemeroteca» se homologa o cuando menos se presenta estrechamente vinculado con el de «documentación» y el de «fuentes documentales». En la práctica se puede afirmar, sin temor a equivocaciones, que los dos últimos conceptos mencionados bien podrían intercambiarse por otro más fácil de comprender y asimilar: «información». Eso y no otra cosa es la esencia de cualquier documentación, del material documental que se quiera traer a colación, si bien habría que establecer una salvedad al respecto. Debido a que existen y circulan muy diversas clases de información en el ámbito de la sociedad creada por el hombre, las preguntas con mayor pertinencia habrían de ser: ¿de que clase de información se trata? ¿Una información que ha sido recopilada y clasificada de qué maneras? ¿Una información que ha sido acopiada y almacenada para cuáles usos? A estas alturas, es importante recordar que los términos «información», «historia» y «civilización» se encuentran íntima e indisolublemente unidos.

Escritura fue la primera tecnología segura creada por el hombre para recopilar información. Los materiales escritos, devinieron documentos. A partir del uso de la escritura y los consiguientes documentos creados gracias a ella, comenzó esa etapa que ha sido denominada como «historia». La civilización, a su vez, es la hija irrefutable de aquella conjunción de factores. No hubieran podido existir ni civilización ni historia, sin todo el cúmulo de información que se acumuló en los documentos escritos. Ya desde principios de los años 90 del pasado siglo XX, se hablaba de una «ciencia de la documentación», la cual por entonces planteaba los interrogantes que son de rigor: ¿Qué es la ciencia de la documentación? ¿Por qué es? ¿Para qué es? En la práctica, aquella ciencia en ciernes había comenzado a ser considerada en algunas universidades europeas y americanas, desde lla década de 1970, tomando como ámbito natural las facultades de Ciencias de la Información. De aquella ciencia de la documentación van a surgir tanto los bibliotecólogos como los hemerólogos, porque si en un principio se piensa el concepto de «documentación» como ligado principalmente al material bibliográfico (los libros) y a ciertas clases de documentos burocráticos (expedientes de cualquier índole), se llega también a tomar en cuenta a todos los materiales producidos por el periodismo impreso como valiosas fuentes documentales.

He ahí, entonces triunfante, el concepto formulado por José Enrique Rodó a principios del siglo XX, cuando expresaba que los periodistas eran «los escribanos de la historia». Efectivamente, la historia redactada por los periodistas es aquélla, infinitamente minuciosa, del día tras día, escrita un día sí y otro también, sin conocer de treguas ni de pausas. Una historia que, si bien escrita con apresuramiento y muchas veces plagada con errores de muy diversa índole, resulta a la postre increíblemente minuciosa, casi por completo detallada, y permite a los investigadores recabar informaciones de inestimable valor. Los diarios oficiales de los diferentes países están encargados, además, de publicar todas las leyes, reglamentos y decretos formulados por los organismos del Estado. Y los periódicos no oficiales publican también muchas veces tales informaciones, tan importantes para el sistema legal de cualquier nación. La hemeroteca-institución, obligada a recopilar y guardar enormes volúmenes de información que es principalmente periodística, debe atenerse a los siguientes procesos: selección del material; adquisición de materiales; registro de todo lo incorporado; almacenamiento y organización del material; catalogación; conservación, difusión y, algo muy importante, acceso constante a las nuevas tecnologías.

En cuanto a la ciencia derivada de tan importante institución, se le conoce a través de dos denominaciones principales. En primer término está la «hemerografía», que acepta tres significados enlazados entre sí: 1º) «…Descripción e historia del material periodístico. 2º) Conocimiento y descripción de las publicaciones periódicas. 3º)  Catálogo o lista descriptiva y clasificada de las publicaciones periódicas». En segundo lugar está la «hemerología», que significa, «…Estudio y descripción de las publicaciones periódicas». Existe, sin embargo, una controversia entre estos dos términos. Citando como fuente a Domingo Buonocore (DICCIONARIO DE BIBLIOTECOLOGÍA, 1976), Martínez de Sousa hace la salvedad de que el neologismo «hemerografía», que es una conjunción de los términos hemeradía» o «luz del día») y grapheinescribir») adolece del mismo defecto que «hemeroteca», derivada de los términos hemeradía» o «luz del día») y thékecaja» o «depósito»). Vistos a partir de tal explicación, ambos términos sí parecerían en parte viciados de nulidad. Mas no debe olvidarse que, más que de hemera, las palabras «hemeroteca» y «hemerografía» son tributarias de otro término griego: hemerologión (significa «diario», «calendario», «periódico»). En todo caso, lo que aquí debe tomarse en cuenta es que la Hemerología, ese importantísimo «estudio y descripción de las publicaciones periódicas», confluye con al menos dos de las definiciones propias de la hemerografía, el «conocimiento y descripción de las publicaciones periódicas» y el «catálogo o lista descriptiva de las publicaciones periódicas», para convertirse, dentro del ámbito académico, en el método hemerográfico.

Este método hemerográfico fue creado por el ya desaparecido investigador francés Jacques Kayser (1900/1963), quien pese a haber estudiado derecho y letras, desarrolló una intensa actividad periodística desde muy joven, época en la que incluso llegó a ser el redactor jefe del diario LA RÉPUBLIQUE. También ejerció la docencia en los campos del periodismo y la comunicación, y participó en numerosos foros internacionales, hasta llegar a convertirse —entre 1956 y 1961— en director de investigaciones de la UNESCO para temas de comunicación. La importancia de Kayser está dada no sólo por su dilatada actuación, o por algunos libros notables que llegó a publicar —ÉTUDE COMPARÉE DE 17 GRANDS QUOTIDIENS PENDANT 7 JOURS (1953); LA PRESSE DE PROVINCE SUR LA TROISIÉME RÉPUBLIQUE (1958); LE QUOTIDIEN FRANÇAIS (1963)—, sino más bien por la metodología que estructuró para el análisis de los medios periodísticos impresos. En determinado momento, aquel profundo conocedor del periodismo impreso que era Kayser debió interesarse profundamente en la caracterología del periódico en sí mismo, y posiblemente quiso ir más allá de las explicaciones apriori, superficiales, para averiguar las causas de las grandes diferencias de forma y contenido entre los medios. En cierta medida, debe haber influido en Kayser una de las más célebres definiciones de Marshall McLuhan, respecto a que «el medio es el mensaje». Y debe señalarse como intuición, porque UNDERSTANDING MEDIA: THE EXTENSIONS OF MAN, el libro de McLuhan donde figura aquella célebre definición, fue publicado en 1964, un año después de la muerte de Kayser. Sin embargo, los propósitos de Kayser parecieron ir en tal sentido: un método que permitiese averiguar las diferentes formas asumidas por los mismos mensajes canalizados a través de diferentes medios… Y de qué maneras tales diferencias en la forma —a veces también en el fondo— podrían llegar a influir sobre los auditorios respectivos. Jacques Kayser basó su método en los grados de preminencia dados por distintos periódicos a las mismas informaciones. Para establecer tales diferencias, analizó y valoró elementos tales como la presentación de las informaciones, su titulación, su ubicación —tanto global, dentro del periódico, como fáctica, dentro de una páginia específica—, etcétera. Al mismo tiempo, integraba al análisis aspectos tales como las características fundamentales del medio; los porcentajes existentes entre espacios publicitarios y textos periodísticos (al parecer atento a la vieja queja de los periodistas, acerca de «escribir en los espacios que los anuncios dejan vacíos»); la mayor o menor cantidad de fotos y grabados que pudieran utilizarse; la cantidad total de centímetros/columna o pulgadas/columna utilizados para contenidos periodísticos; y en una concepción muy actualizada, la utilización o no de color en diagramación y fotografías. Inclusive los tipos de letra (caracteres gráficos) utilizados; la utilización diversa de los elementos gráficos y tipográficos, tuvieron valor dentro del método de Kayser. Aunque el método descrito hasta el momento responde básicamente a técnicas cualitativas, también añadió estudios estadísticos con los cuales pretendía cuantificarlas calidades de cada medio en sí mismo como un producto cultural y como un específico difusor de información.Todo ello, en una época donde cuando menos en Europa y en América Latina no se habían desarrollado a gran escala esa clase de estudios.

La dimensión del trabajo desarrollado por Kayser no sólo se remitió a un análisis más que nada morfológico y fenomenológico de los medios impresos. También se dedicó a la tarea de distinguir los diferentes géneros periodísticos con sus respectivas funciones. Aparte de la catalogación de los géneros (que, grosso modo, se dividían en «informativos» e «interpretativos», como en el periodismo anglosajón) determinaba también el origen de los textos por categorías (literarios, históricos, periodísticos); por los ámbitos geográficos; por los objetivos del medio; y por los contenidos según las secciones específicas (Información Nacional, Información Internacional, Policiales, Deportes, etcétera).
Según señala José María Casasús, la fórmula analìtica de Jacques Kayser sobre el material informativo integraba tres componentes fundamentales: 1º) el emplazamiento; 2º) la titulación; 3º) la presentación. El emplazamiento tiene que ver con la ubicación física de los textos dentro de las páginas, con su compaginación y la superficie ocupada. En el caso de la titulación, se deben tener en cuenta su importancia real, su importancia relativa y su contenido. Y con relación a la presentación, se tendrán que tomar en cuenta otros tres conceptos fundamentales: ilustración, tipografía y estructura. Estos tres elementos mencionados: el emplazamiento (E), la titulación (T) y la presentación (P), confluyen en una fórmula para establecer la valoración (V) de un texto periodístico cualquiera. De conformidad con esta fórmula, Kayser asignaba unos valores porcentuales fijos para sus tres componentes. Estos valores eran: E=40, T=40, P=20. O sea, un 40% para el emplazamiento, otro 40% para la titulación, y un 20% para la presentación.

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