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Año V Nro. 290 - Uruguay,  13 de junio del 2008   
 

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Epocas difíciles
por Prof. Amadeo Arébalo

 
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         Todos los indicadores de la marcha de la producción de alimentos, son alarmantes y van señalando que vamos hacia una crisis bastante importante, signada por la inflación y el desabastecimiento. Nuestro país que es un productor de alimentos por excelencia, debe pensar en estrategias que aminoren este impacto que se viene mundialmente, principalmente en los sectores de menor poder adquisitivo. Claro que para ello, hay que tener sentido del futuro, que en este caso no es muy lejano, para buscar esas soluciones.

         Es muy visible el desarraigo que tienen los habitantes de nuestro Montevideo y de muchas partes de los demás departamentos, en lograr hacer producir la tierra por más pequeña que sea la parcela disponible.

         Vemos hogares muy carenciados o con pocos recursos económicos que tienen un terreno al frente y al fondo de su casa, y no tienen más que pasto, aspirando que sea césped parte de un enjardinado.

         Esta actitud es de hace muchos años, y es parte de lo ineficaz de nuestra enseñanza en las últimas décadas.

         En los tiempos de crisis, como lo es éste, donde el precio del petróleo es el que manda y está maniatando a todas las economías del mundo, empujando los precios hacia arriba, es también el tiempo donde los pueblos pueden ingeniarse en lograr el abaratamiento de su sustento.

         Yo recuerdo mi casa paterna, donde se trabajó siempre para poder subsistir y nunca se podía llegar a fin de mes con los salarios de mi padre y mi madre. Pero mi padre, hombre del interior, amaba la tierra y me enseñó a trabajarla. Teníamos una pequeña parcela de 6 mts. x 4mts en el frente y otra de 6 x 8 en el fondo. Él comenzó a abonarla, a traer tierra negra para mezclarla y enriquecer la que ya estaba, para comenzar a plantar: cebollas, chauchas, zapallitos, zapallos, tomates, lechugas, acelgas, repollo, melones, sandías, perejil, tomillo, morrones, etc., además de hacer un gallinero y una jaula, donde criaba gallinas y conejos. Teníamos la comida de todos los días y nos dábamos el lujo de vender alguna verdura que nos sobraba.
No éramos una familia de marcianos, simplemente queríamos comer mejor y muy sano y nos sentíamos felices por saber como obtener frutos de la tierra.

         ¿Por qué en estos momentos no comenzamos a prepararnos para la época que nos tocará vivir y volvemos a retomar las habilidades de formar nuestras huertas familiares y autoabastecernos? ¿ Por qué no se comienza desde la Escuela a despertar el interés de plantar alimentos, pero en forma masiva?

         Es ésta una forma más eficiente de rebajar nuestro presupuesto y comer más sano, sin plaguicidas, obteniendo alimentos más naturales y frescos.

         Es una idea que lanzamos y que hemos practicado y tratado incentivar en algún asentamiento, pero el estar totalmente aislado en el intento no da los frutos esperados.

         Pensemos si vale la pena intentarlo. No demoremos mucho porque los tiempos se acaban.

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