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La paz del Grupo Río
por Carlos Malamud
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Como si se tratara de una sesión de terapia de grupo o de un psicodrama colectivo guiado por un telepredicador carismático, los presidentes latinoamericanos reunidos en la Cumbre del Grupo de Río comenzaron una larga ovación en reconocimiento del esfuerzo colectivo que permitía reducir la tensión del continente y lograr, al menos de momento, desactivar los vientos de guerra que bajaban amenazantes. Las imágenes eran sumamente elocuentes. El lenguaje corporal y facial de los mandatarios allí presentes daban cuenta de la tensión vivida, de las amenazas vertidas en todas direcciones y, por encima de todo, de la plena vigencia de la retórica latinoamericana, cada vez más cercana de la que se empleaba a comienzos del siglo XIX que de la necesaria en el actual milenio. Quizá sean los aires de los bicentenarios los que están influyendo.
Los presidentes de Rapública Dominicana, el anfitrión Leonel Fernández, y el de México, Felipe Calderón, fueron los verdaderos artífices del "milagro" producido. Es posible que Lula haya influido a la hora de moderar a Hugo Chávez, pero de momento se trata únicamente de una especulación. Recuérdese que a lo largo de la reunión, Chávez hizo gala de un discurso moderado, muy diferente del tronante tono amenazador que había caracterizado sus últimas intervenciones. La actuación de unos y otros, inclusive aquellos mandatarios que querían tener un alto perfil y los que buscaban uno más bajo, permitió que las excusas ofrecidas por Uribe y su compromiso de no volver a realizar acciones semejantes a las que acabaron con Raúl Reyes, fueran tomadas como prenda de reconciliación.
Uribe fue a lo suyo desde el principio. Tras una semana de estar a la defensiva, criticado desde todos los flancos por su agresión a la soberanía ecuatoriana, el presidente colombiano contraatacó, develando los potentes lazos que han tejido las FARC con algunos de sus vecinos. La postura de Uribe se explica si vemos que Correa llegó a hablar de un ataque colombiano a su país y a sus gentes, dejando la puerta abierta para denunciar, en el siguiente paso, una casi segura invasión de su vecino del norte.
Probablemente el mayor derrotado de la Cumbre sea el propio Correa. Pese a su insistencia en obtener una declaración condenatoria contra Colombia en la OEA y en el Grupo de Río, sus pretensiones no se vieron totalmente satisfechas. Por si todo esto fuera poco, su rostro de pocos amigos al verse obligado a estrechar la mano de Uribe habla sin duda alguna de la valoración que debió hacer de su actuación, pese a los encendidos discursos de antes y de después. A otro al que tampoco le fue nada bien fue a Daniel Ortega, que de repente rompió relaciones con Colombia y de forma súbita se vio forzado rápidamente a normalizarlas. Por el contrario, se puede decir que los principales ganadores fueron Uribe y Chávez.
Si uno repasa las intervenciones presidenciales, incluso la de los presidentes ausentes de la Cumbre de Santo Domingo, como Alan García o Lula da Silva, las referencias a la soberanía son omnipresentes. A la vista de los discursos presidenciales parecería que en la América Latina del siglo XXI la mayor preocupación de todos sus gobernantes, sin excepción, es la defensa de la soberanía, muy por encima, incluso, que el combate a la pobreza, la eliminación de la desigualdad social, la potenciación de la educación y, no hablamos ya del combate al terrorismo, porque para los estándares latinoamericanos se trata de algo que no existe o es pecado.
Por si todo esto fuera poco, a lo largo de las casi siete horas de tensa discusión sostenida en la Cumbre del Grupo de Río, no faltó la demagogia, como ocurrió, por ejemplo, cuando el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, alertó a sus anfitriones dominicanos del riesgo que corrían de ser bombardeados por los colombianos si éstos descubrían a un nuevo Raúl Reyes en su territorio. La respuesta del presidente Uribe fue contundente: en ese caso, dijo, lo capturaríamos con la ayuda de la policía dominicana, algo que en el caso ecuatoriano no fue posible por la más que obvia connivencia de ciertos sectores del gobierno y de las Fuerzas Armadas locales con los terroristas de las FARC.
La lectura de la prensa de los diferentes países deja una sensación conocida después de unas elecciones generales: todos ganan y nadie pierde. Con el nacionalismo que los caracteriza, porque en definitiva toda la discusión en torno a la soberanía descansaba en una fuerte dosis nacionalista, los periódicos de cada país respaldaban a su "pollo", con independencia de la mayor o menor simpatía que les provoque. Éste fue el caso de Uribe, de Correa, de Chávez e, inclusive, de Daniel Ortega, el último convidado a un convite que, en principio, le era totalmente ajeno.
La cuestión de fondo es en qué medida se podrá avanzar en el proceso de integración latinoamericano si el nacionalismo y las cuestiones soberanistas siguen siendo protagonistas. Inclusive, bajo estas premisas, la última propuesta genial de un mandatario latinoamericano, en esta ocasión otra vez el ecuatoriano Correa, la creación de una OELA (Organización de Estados Latinoamericanos) en lugar de la OEA, está irremediablemente condenada al fracaso. Lo lamentable del caso es que en los últimos años, bajo la deriva de la exuberancia bolivariana, han brotado un caudal inaudito de siglas, como Oppegasur, Banco del Sur, Unasur, etc., la mayor parte de las cuales no han pasado del umbral de las buenas intenciones, y otras, las menos, tienen que recorrer un largo camino para madurar.
Apelar a las pulsiones nacionalistas, y a veces guerreristas, de los pueblos latinoamericanos sigue siendo un negocio rentable para los líderes, y lideresas, políticos de cualquier filiación. Uribe podría estar aspirando, sería terrible, a una nueva reelección; Chávez intenta restañar sus heridas después de la derrota electoral de diciembre pasado; Correa tendrá próximamente un referéndum para aprobar su proyecto de nueva Constitución y Daniel Ortega también debe afrontar en algunos meses unas cruciales elecciones municipales.
Con los actuales mimbres, con una política regional del gobierno venezolano que tiende más a dividir que a unir a la región, es imposible avanzar en la integración latinoamericana. Por eso, ni la energía, ni la convergencia política o ideológica, ni la petrodiplomacia podrán hacer de América Latina un continente mejor. Sólo si sus mandatarios comienzan a pensar en los verdaderos problemas de sus gentes, con independencia de los tópicos sobre los que basan su poder, la hora de los latinoamericanos habrá llegado. Mientras tanto, seguiremos moviéndonos en torno a las buenas palabras y a las mejores intenciones.
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