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Sudamérica y sus rumbos
por Luis Alberto Lacalle Herrera
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Se aproximan en nuestro continente del Sur, conmemoraciones importantes, recordación de episodios que detonaron sucesivas explosiones de carácter bélico y político y que, en un par de décadas, iban a dar nacimiento a un puñado de nuevos países. Los acontecimientos de mayo de 1810 fueron solamente el principio de la larga peripecia de una empresa desarrollada a través de varias etapas. La primera de ellas la separación del tronco español, con las dudas que ello aparejó y las amenazas de retorno del poder colonial, que tantas veces se intentó. Luego lo más difícil, dar forma institucional viable a esas incipientes nacionalidades que muchas veces ni conocían sus límites respectivos ni su espacio interior. Esas luchas estuvieron sangrientamente presididas por un primitivo jacobinismo que fue lo único que realmente se imitó del proceso revolucionario francés, junto con su amor por las palabras vacías, por las ideas abstractas, por leyes a las que se atribuía el poder de solucionar los problemas reales y una ignorancia total acerca del origen de los fondos públicos, arrancados al contribuyente sin devolverle sus esfuerzos en obras. Así fuimos tambaleándonos hasta hace poco y todavía hay algunos países que no han salido de esa pubertad histórica.
Todas las formas organizativas fueron ensayadas. Desde la monarquía a la democracia directa, casi todas fallaron por no saberse que los mecanismos institucionales, tal cual las prendas de vestir, solamente con el uso adquieren la forma perfecta. Todo se quiso hacer de un plumazo y hacerlo el héroe, el que vivía adelantadamente en el bronce y no tenía tiempo para el tiempo histórico, que lleva más tiempo aún. La humilde convicción de que cada uno es solo un eslabón, que solamente hay un tiempo para cada uno, antecedido y seguido de otros, no hizo carne en nuestras elites, las que gastaron sangre y recursos, con vigor y con valor, inútilmente, en procura de la quimera, siempre lejana, mientras el día a día esperaba las medidas sencillas de paz, legalidad, orden jurídico cumplido, respeto por la propiedad y el ahorro, fortalecimiento de la educación.
Algunos países escapamos de esa fatalidad recurrente, en parte. Vinieron los tiempos de las intervenciones. Las de vecinos en casa de vecinos, aprovechando conflictos internos. La de los lejanos, argumentando una relación de "patio trasero" que nadie consintió. Luego la guerrilla marxista, esa otra intervención tanto menos criticada y tanto más efectiva, que debilitó y derrumbó democracias estables en alianza con su inevitable compañera, la dictadura militar.
Así estamos ahora cercanos a los bicentenarios. Ensayos de alianza política se intentaron muchos. En el río de la Plata, en el Caribe y Pacífico. Sólo una lucidez, un total realismo, puede anotarse en esos planes y es en el proyecto artiguista. Su conexión con la realidad de las provincias, la sencillez de la coordinación de las provincias autónomas en un gobierno confederado, lo adelantado de sus ideas comerciales y aun cívico-religiosas, lo destacan entre tanto absurdo soñar con imperios y perfecciones lejanas a la realidad. No pudo ser porque los intereses de Buenos Aires pudieron más que el de las demás provincias. La quimera de Bolívar duró menos que su propia vida. San Martín -para su mayor gloria- no pretendió ser más que lo que fue en el grado supremo: el soldado libertador sin ulterioridades palaciegas. El verdadero y ejemplar Soldado Republicano.
Llegó luego el tiempo de los intentos de integración comercial y económica en el siglo XX, cuando las naciones ya estaban asentadas en sus realidades jurídico territoriales. La idea era buena, es buena. Potencia los mercados, asociarnos para negociar en bloque, complementar las economías. Hacernos atractivos para inversiones regionales más que nacionales. Pero ello requiere un nivel de claridad para ver el futuro común. Es preciso saber que cada nación es más nación si es más próspera y es más próspera si comercia más, si genera más riqueza y empleo que son la base de la paz social. Tan claro como eso. En esa sintonía se creó el Mercosur, el verdadero, el exclusivamente económico y comercial que aún hoy no funciona bien porque los socios mayores no tienen interés.
En medio de este panorama surgen peregrinas ideas e iniciativas de uniones políticas supranacionales, de asociaciones de naciones o de comunidades de ellas. Cuando no somos capaces de compartir el gas de Bolivia que ellos quieren vender y nosotros comprar con seguridad de suministro, mal podremos integrar comunidades de ese tipo, que más parecen propias del adorno de alguna nación que funge de líder, que de una convincente, sana y razonable concordancia de intereses.
Nosotros, como orientales, queremos ser libres e independientes en lo político. Amigos y clientes de todos, aliados de algunos, parecidos a unos pocos, pero iguales a ninguno. Que quede claro que así pensamos, desde nuestra modesta posición, pero desde nuestra fiera lucha por el interés nacional. Ya se equivocó y feo, el actual gobierno al ingresar al país -sin consulta con las demás fuerzas políticas- en una institución patética, llamada "Parlamento del Mercosur", dedicada a la rápida creación de una frondosa y bien paga burocracia y a servir de activa agencia de viajes. No le pregunten a ese "parlamento" (¿?) qué pasa con los cortes de puentes porque contestará que de eso no se ocupa, ni se reclame en su seno por los laudos que no acatan ni Brasil ni Argentina porque para eso son los "grandes"....
Mejores metas se merece nuestro pobre continente al aproximarse el bicentenario del año 1810. Que, a no olvidarlo, pronto será seguido de los gloriosas episodios de la revolución artiguista, de las Instrucciones del XIII y de la difícil gestación de nuestra patria, libre e independiente para siempre. Otros son los rumbos que necesitamos: comercio libre de verdad, aceptación de las decisiones de los tribunales internacionales, cooperación científica, explotación conjunta de recursos naturales y su fluida comercialización, seguridad jurídica para las inversiones.
¡Al archivo con los sueños imperiales! ¡Paso a los planes verdaderos que los pueblos sí necesitan y añoran, en la América de las calles y las plazas, que no es siempre la misma de las cancillerías!
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