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Auschwitz
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Por Ricardo Ayestarán
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"Los
que estuvimos allá, nunca vamos a poder salir de ahí,
los que no estuvieron, nunca van a poder entrar..."
"...Tan pesada era mi angustia que hice una promesa,
no hablar por lo menos por el tiempo suficiente para
aprender a escuchar las voces que lloraban dentro
de la mía..."
(Elie Wiesel)
Una
fría noche del pasado mes de junio, en medio del ruido
típico de la hora previa a la cena, mientras mis hijos
jugaban con el ruidoso bretón español que malcrían
y mi esposa conversaba con su madre de los sucesos
del día, yo veía un programa deportivo por televisión.
En medio de esa escenografía, cotidiana, casera y
doméstica, los grandes acontecimientos históricos
eran sin duda sucesos lejanos, sumergidos en la profundidad
de las páginas de los libros que habitan, hieráticos
y silentes, la penumbra erudita de la biblioteca.
A eso de las nueve de la noche una llamada telefónica
se sumó al bullicio normal de la hora. Una voz de
mujer, clara, vital y con acento extranjero preguntó
por el doctor Ayestarán. Había leído algunas cosas
escritas por mí y como le gustaron quería conversar
conmigo.
-“Usted
no me conoce,” - me dijo-, “mi nombre es Ana
Vinocur, y soy una ciudadana uruguaya nacida en Polonia”
Y acto seguido agregó: -“Yo
soy una sobreviviente de Auschwitz”
Durante
algunos instantes permanecí en silencio, con la vaga
sensación de ingresar a una suerte de túnel del tiempo,
donde las palabras y los sonidos se alargaban como
en una especie de cámara lenta, mientras una ráfaga
helada de historia, oscura y sombría, me alcanzaba
en el corazón mismo de la cotidianeidad cálida y familiar
de mi tranquilo hogar montevideano, tan lejano –afortunadamente-
de las cumbres borrascosas de la historia universal.
Días
después fui a visitarla, y en un típico y agradable
apartamento de clase media de Pocitos tuve la suerte
de conocer personalmente a Ana Benkel de Vinocur y
su increíble historia de vida. Esta extraordinaria
mujer, cuya vitalidad ya me había llamado la atención
por teléfono, es una persona llena de vida y optimismo,
que siente que está haciendo algo muy importante por
sí misma y por la humanidad, y que pese a todas las
adversidades que tuvo que enfrentar, se comprometió
con la vida, juramentándose recuperar el amor y la
esperanza de una familia, una familia como aquélla
que la calígine totalitaria destrozó en los campos
protervos del Tercer Reich.
Y
no cabe duda que lo logró. Alcanza con verla y oírla.
Ana
Vinocurn es el símbolo vivo de que el lado luminoso
del ser humano es capaz de superar el mal en su versión
más absoluta, omnímoda y poderosa, manteniendo intacta
la capacidad de amar, de ser libre y de soñar.
Tras
20 años de silencio que su esposo y sus hijos supieron
respetar con amor y sentimientos encontrados, Ana
decidió finalmente abrir las puertas de su memoria
para contar su vida y su experiencia en lo que intencionalmente
quiso que se llamara “Un libro sin título”,
y que tuvo la cálida gentileza de obsequiármelo. A
este trabajo le sucedieron otros dos: Volver a vivir después de Auschwitz, con introducción del entonces Ministro de
Educación Yamandú Fau y prólogo de Roger Mirza, fue
editado por el Ministerio de Educación y Cultura del
Uruguay y el Archivo General de la Nación; y finalmente Luces y
sombras después de Auschwitz de la Editorial Diana.
De
la larga charla que tuvimos vale la pena rescatar
la energía, el sentido de ir a más, de búsqueda perpetua
de un motivo para vivir, su amor a la música y la
alegría de poder cantar, hechos que mucho tienen que
ver con su capacidad para haber podido sobrevivir
a la
Shoá. Una vitalidad afirmada en recuerdos
entrañables atesorados en lo íntimo de su alma, pero
que lejos de anclarla al pasado deletéreo, la impulsaron
a fundar nuevamente la vida como homenaje recordatorio
de los que murieron. Ana Vinocurn se transformó por
voluntad propia en una portadora de la llama sagrada
de la memoria, y que habrá de legar a las nuevas generaciones
junto con el compromiso de mantenerla viva y ardiendo
sin que se consuma jamás.
Porque
el pueblo judío es,
esencialmente, la milenaria fidelidad a la memoria
como deber inapelable y como condición de existencia,
esa memoria que ha encontrado su patria en un libro
infinito y abierto en el que habita –único lugar del
que nadie ha podido ni podrá expulsarlo jamás- desde
hace 4000 años.
Y el libro
sin título de Ana, que me lo leí de un tirón en una
tarde de domingo, que lo leyó después mi esposa, que
ahora lo está leyendo la madre de mi esposa, que luego
leerán mis hijos, y que deberían leerlo todos los
que creen que el ser humano es siempre más importante
que cualquier ideología, es esencialmente, un testimonio
digno y conmovedor. Escrito en forma de diario personal,
tiene la frescura y la espontaneidad del que no pretende
escribir una obra de arte, sino retratar con fidelidad
lo que sintió una adolescente judía polaca atrapada
juntos a sus seres queridos en mundo que se desintegró
completamente en pocos meses. Escrito sin concesiones,
pero sin golpes bajos ni truculencias viscerales,
la obra va relatando un drama que es a la vez universal
y personal, doméstico y familiar. Y aunque el lector
sabe que la tragedia inexorablemente irá empeorando
a medida que corran las páginas, también percibe que
al final, la heroína, seguramente herida en cuerpo
y alma, habrá de sobrevivir, y eso hace psicológicamente
menos duro el hecho de saber que todo lo relatado
increíblemente pasó en el país más culto de Europa
El
libro vale la pena por varias razones. Primero porque
cumple con una regla básica de cualquier libro que
es atrapar al lector con su contenido. Segundo porque
es un documento histórico invalorable, escrito desde
el corazón, y tercero porque ha pasado a integrar
aquella memoria colectiva que hacíamos referencia
y que está en la esencia misma del vivir, del morir
y del eterno sobrevivir del milenario pueblo de Israel.
Conocer
a Ana Vinocur me sirvió para muchas cosas. Pero quiero
rescatar tres.
La
primera fue comprobar que Ana Vinocur es un símbolo
de la maravillosa capacidad del ser humano de levantarse
desde la sima mas profunda y con amor y alegría volver
a reconstruir una vida destrozada, recreando la esperanza
en su plenitud para depositarla intacta y hermosa
en el alma y en las manos de sus hijos y sus nietos.
En
segundo lugar para reflexionar sobre los límites extremos
a los que es capaz el hombre de llevar el mal puro,
duro y absoluto. Comprender lo sucedido en Auschwitz
es básico para llegar a las raíces culturales que
necesariamente deben decodificarse para asegurar que
tales atrocidades no vuelvan a reeditarse una y otra
vez sobre la faz de la tierra.
Auschwitz
es el símbolo del espanto, el recuerdo perenne del
horror de la carne destrozada, de los huesos rotos
y los pulmones quemados de las víctimas, pero también,
atrocidad mayor si fuera posible, la evocación
perpetua de las almas vacuas, infamadas y muertas
para siempre de los victimarios, de los verdugos y
de todos aquellos bípedos fenotípicamente humanos,
que de una manera u otra, por acción u omisión, en
los campos, en los trenes, en los púlpitos o en la
aquiescencia silenciosa, colaboraron con una iniquidad
de ribetes inconcebibles para la conciencia y el sentido
humanitario de cualquier persona normal.
Auschwitz
nos revela toda la maldad que es capaz de desplegar
el ser humano cuando un estado, una autoridad, una ideología, una religión,
un partido, nos convence de que lo que hacemos no
está mal, que tiene algún propósito superior bueno,
que el sufrimiento que infringimos tiene un sentido
y que no somos responsables de ello. Y esta capacidad
para el mal ha
acompañado como una sombra siniestra la historia de
la humanidad. Y su condición de intemporal permite
suponer que el horror puede volver a ocurrir mañana
mismo en el lugar menos pensado.
A
lo largo de la historia las variantes políticas, religiosas,
raciales o ideológicas de la maldad colectiva siempre
han sido el resultado de una creencia ciega y acrítica
en dogmas infalibles que han asegurado a sus prosélitos
la certeza de la posesión absoluta de una verdad única,
universal y excluyente. Y atrapados en el micro universo
de esos dogmas, seres humanos comunes y corrientes,
amantes de sus familias y sus animales domésticos,
fueron capaces de cometer los actos más abominables
que la mente humana pueda concebir, en la medida que
se sentían moralmente legitimados por la verdad infalible
de su cultura superior, de su raza predestinada, de
su iglesia única y sagrada, de su partido infalible
o de su führer inimitable y genial.
Auschwitz fue mucho más que un campo
de exterminio, un lugar donde la barbarie genocida
nazi tuvo su epicentro; Auschwitz fue la estación
terminal de los apocalípticos trenes de la muerte
que empezaron a rodar por Europa muchos siglos antes
que naciera George Stephenson, en un itinerario que
transitó todo el mundo cristiano. Y que lo recorrió
haciendo del judío el culpable universal de todas
las desgracias e iniquidades que ocurrían en cualquiera
de las ciudades, regiones o países donde siempre,
por la razón que fuere, el judío se convirtió en el
chivo expiatorio por excelencia, en el receptáculo
y vertedero final de todos los desaguaderos de la
maldad colectiva social, política y religiosa del
mundo occidental y adyacencias.
Los trenes de la muerte
que un día llegaron a Auschwitz se fueron llenando
durante siglos con judíos acusados, juzgados y condenados
por la opinión pública de intrigantes, deicidas, asesinos
de niños, adoradores del demonio, usureros, apátridas,
traidores y contumaces. Imputaciones que culminaron,
con una lógica de acero, en una hecatombe de cuerpos
calcinados en una gigantesca hoguera, que los nazis
construyeron como corolario de la imposibilidad de
la existencia de un espacio vital para ese parásito
solapado y resbaladizamente foráneo, que pretendía
habitar en el seno de una civilización fundada sobre
otros valores pretendidamente superiores.
Mientras Occidente en
general y Europa en particular, siga creyendo que
Auschwitz fue una contingencia trágica de la historia,
un accidente pavoroso e imprevisible, una paranoia
colectiva y alucinante que atacó al pueblo alemán
en un instante desgraciado de su historia, una distracción
aciaga de Dios, una puerta del infierno que se abrió
un día fatídico en el centro de Europa, mientras todas
esas mentiras intenten encubrir los verdaderos prejuicios
irracionales que le dieron cobertura moral a una judeofobia
irrecusable y perversa que incubó la sistematización
atroz y repugnante de la
Shoá perpetrada por el sádico aparato
político creado por Hitler, la civilización occidental
seguirá doblegada por la lógica del mal absoluto y
estará en condiciones de volver a repetir el espanto
organizado de otros holocaustos.
Auschwitz
no sólo fue el punto criminal culminante y paroxístico
de la judeofobia europea acumulada durante mil años,
sino que también supuso una fractura moral de la civilización
occidental, que en mi opinión no sólo no ha sido cabalmente
asumida, sino que dolorosamente hoy, en pleno tercer
milenio, algunos gobernantes europeos y muchos intelectuales
de todo el mundo se han unido al totalitarismo teocrático
musulmán, para intentar barrer impúdicamente bajo
la alfombra de la historia los desgarros éticos de
nuestra moral quebrada mediante obscenos recursos
banalizadores de lo ocurrido en el holocausto.
Finalmente, en tercer
lugar, conocer a Ana Vinocur me sirvió para hacer
una pregunta que solamente un sobreviviente de la
Shoá puede intentar contestar:
¿Se puede creer en Dios
después de Auschwitz?
Le hice la pregunta cuando
estaba ya a punto de irme. Una sombra cruzó su mirada
un instante mientras me decía que pese a su temperamento
positivo y optimista por naturaleza, hubo momentos
realmente terribles, muy difíciles donde era imposible
creer en nada. Pero casi de inmediato, mientras recuperaba
la luz de sus ojos, me contó que la pregunta no era
nueva para ella porque ya se la habían hecho muchas
veces antes.
Siempre pensé intuitivamente
que los sobrevivientes, que vieron, que vivieron,
pero que también sobrevivieron al horror, podían tener
dos opciones de respuesta antagónicas. Por eso insistí
con mi pregunta:
-“Entonces dígame Ana, ¿se puede
creer en Dios después de Auschwitz?”
La respuesta vino inesperadamente
en forma de pregunta:
- “¿Y usted, que cree?”
Desde la profundidad de mis dudas
metafísicas tan legítimas como las certezas de cualquiera,
pensé un instante tratando de ponerme inútilmente
en su lugar, y dejé fluir la respuesta de la forma
lo más espontánea posible:
- “La verdad, yo quisiera creer que
sí ...”
Sin perder la sonrisa, Ana Benkel
de Vinocur, una mujer que conoció el infierno en la
tierra, una sobreviviente de Auschwitz, me respondió
sencillamente:
- “Yo también”
Montevideo, julio de 2004