Algún
día alguien recogerá viejos testimonios
sobre las profesiones que han ido desapareciendo por
distintas circunstancias y no tenemos dudas que será
una tarea gratificante al reencontrarse con amarillentas
fotografías de los herreros, carpinteros, peluqueros,
panaderos, carniceros, lecheros, afiladores, relojeros,
lustradores, zapateros, sastres, esquiladores, talabarteros,
alambradotes y afiladores que en las primeras décadas
del siglo pasado prestaban sus servicios a los pocos
vecinos del rancherío inicial que iba surgiendo
sobre la línea divisoria. Sin embargo y pese
a la resistencia que sostuvieron durante muchos años,
terminaron finalmente vencidos por la tecnología
y los nuevos oficios incorporados por la sociedad
de consumo.
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No pretendemos
hacer un relevamiento sobre las profesiones que van
desapareciendo con el paso de los años, pero
en breve “racconto” podemos en cambio recordar algunas
que por su arraigo popular se habían integrado
al folklore fronterizo. Entre muchas profesiones que
han desaparecido y que tuvieron su relevancia cuándo
promediaba el siglo pasado, se encuentran los repartidores
a domicilio fundamentalmente los lecheros, panaderos
y carniceros que diariamente y con suma puntualidad
desempeñaban quizás sin saberlo un papel
importante en la economía fronteriza. En algunas
oportunidades y por causa de los dormilones o razones
de trabajo la leche se dejaba junto a la puerta en recipientes
y la confianza era tanta que algunos repartidores ingresaban
hasta la cocina para dejar también la carne y
el pan. Estaban también los vendedores de pescado
con sartas colgadas en una caña y pregonando
a viva voz el producto fresco. Como en aquellos años
las heladeras eran muy escasas en el pueblo, existían
los vendedores de hielo en barra, los que recorrían
las calles anunciando su
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mercadería.
Otra de las profesiones que han desaparecido son los
afiladores y sus pitos o flautas características,
anunciando su presencia en procura de tijeras o cuchillos
desafilados. También estaban los compradores
de “fierros” viejos, vidrios y hasta chucherías
que con algún arreglo volvían a vender.
Estaban además los vendedores de frutas y hortalizas
de sus propias chacras de campaña, sin ningún
tipo de contaminación, puesto que la tierra por
esos años no necesitaba de fertilizantes. Con
los adelantos técnicos han desaparecido casi
por completo lo vendedores de leña, derrotados
por el supergás y la electricidad. También
han desaparecido los vendedores de gallinas que llegaban
todas las semanas desde la campaña con sus jaulas
acondicionadas sobre los carros. Hace muchos años
que no vemos los pescadores artesanales con las sartas
de bagres colgadas sobre sus espaldas. Es posible que
la falta de peces y fundamentalmente la baja remuneración
que obtienen por el producto, haya determinado que buscaran
otra profesión. Recordamos también a los
vendedores de “mocotó” que recorrían las
calles llevando una lata con dos compartimientos; uno
para el “mocotó” y otro para el brasero. También
estaban los jóvenes que recorrían los
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comercios
minoristas en horas de la mañana, recogiendo
los pedidos de mercaderías que luego eran entregados
en horas de la tarde en un carro tirado por un caballo.
En algunas oportunidades llegaba a la frontera el hombre
de la buena suerte y que ofrecía una caja conteniendo
mensajes similares a los horóscopos , los que
eran retirados por una cotorra y ofrecidos al cliente
previo pago de 2 centésimos. Derrotados finalmente
por los horóscopos con sus alertas sobre el destino,
sustituyendo a la cotorra chillona y mal educada que
nos alcanzaba con el pico el papelito colorido con su
cuota de esperanza sentimental. Un recuerdo también
para los vendedores de “cachorro-quente”, que no tenían
puesto fijo, sino que recorrían el pueblo ofreciendo
sus condimentados panchos. También estaban los
mal llamados turcos que recorrían fundamentalmente
la campaña vendiendo ropa, peines, espejos y
todo tipo de chucherías. Una mención especial
para los fotógrafos ambulantes con sus armatostes
portátiles sacando las fotos de la felicidad,
al final nadie posa en los momentos de tristeza. Aniversarios,
casamientos, fiestas familiares y la tradicional pareja
de novios que reclama su retrato para la posteridad.
También se fueron las calesitas con sus caballos
de madera, aviones y automóviles para una aventura
que daba vueltas interminables y donde los niños
eran los dueños del universo. Y por si esto fuera
poco, justo a la hora de la siesta la corneta chillona
del vendedor de helados. Son estos algunos de los eslabones
suelto de aquella sociedad que vio desaparecer con pena,
muchos personajes que estaban integrados al quehacer
popular.
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