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Año III - Nº 148 - Uruguay, 16 de setiembre del 2005

 
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Protocolo de Kyoto
Dos lados de la historia
* Eduardo García Gaspar

Quizá la versión más común es la que dice que el Protocolo de Kyoto salvará al mundo del calentamiento global, a lo que suele añadirse que los EEUU son los villanos de la historia por negarse a aceptar ese compromiso. Ésa es la versión más común de la historia, pero que lo sea no significa que se trate de una verdad demostrada.

Siendo de naturaleza escéptica, suelo dar la bienvenida a las ideas que con información y razonamientos presentan los lados opuestos de lo tomado como cierto. Por eso resulta interesante una pequeña nota del Calgary Herald, del 15 de mayo y que llegó a mis manos gracias a un buen amigo. Los datos principales de la nota reportan lo siguiente.

De acuerdo a los datos del tratado mismo, en el caso de que todos los países cumplieran con sus compromisos, el efecto neto estimado sería una reducción de 0.07 grados centígrados. El cambio es tan pequeño, que resultaría difícil medir, me parece, además de tratarse de pronósticos de modelos que no son perfectos. La causa del bajo efecto es debido en buena parte a que a él no están obligados China, ni India, naciones que producen casi la mitad de las emisiones.

El problema se complica con otro dato, el del costo de cumplir con los compromisos que implica el tratado a los países comprometidos. Existe un estimado de reducción de crecimiento para EEUU de hasta 5 por ciento en su economía en 2010. Esto dañaría a México como efecto colateral, es decir, debe alegrarnos que ese país se negara a firmar tal protocolo. Otros estimados calculan la elevación de la gasolina en más de un 50 por ciento y de la electricidad en más de 85.

El costo es elevado para tan pocos resultados. Adicionalmente, el protocolo presenta otro problema, que es el de no ser la única manera de resolver problemas ambientales. Puede dedicarse dinero a crear nuevas tecnología, lo que ya se está haciendo en EEUU, dando créditos fiscales por ejemplo. Se estás sembrando más árboles y usando dióxido de carbono para elevar la producción de pozos petroleros marginales, según ese periódico canadiense.

Mi punto no es tanto el atacar al Protocolo de Kyoto como el mostrar que en casi todos los asuntos de la política y las cuestiones humanas, existen al menos dos lados en la historia. Y que inclinarse por uno sin haber oído el otro es un error común, demasiado común. No hace mucho que la carta de un lector a un periódico decía que los EEUU eran los culpables de los cambios climáticos por negarse a aceptar el tratado y que esos compromisos, de realizarse, salvarían al mundo de una inevitable catástrofe.

Pues bien, la cosa no es tan sencilla. Los resultados esperados de Kyoto son extraordinariamente reducidos y tienen un costo elevado. De entrada, por tanto, no puede verse como una buena inversión. El protocolo no salvará al mundo, pero sí lo puede meter en una crisis económica mayúscula, con severos impactos en la elevación de la pobreza. Sin embargo, en mi percepción, domina la opinión de Kyoto como salvador del planeta y de los EEUU como el villano de la película. Todo en una situación en la que al menos puede decirse que las cosas no son nada claras. Digo que domina esa percepción por una razón principal entre varias: las posiciones políticas están más sujetas a campañas de relaciones públicas que a análisis profesionales y diálogos objetivos.

Es una desgracia que no creo que pueda ser solucionada. Existen medios que honestamente creen que Kyoto es la salvación y dan prioridad a lo que lo apoya, sin publicar el otro lado de la historia. También hay organizaciones de ese tipo, como la ONU que promovió el protocolo y no va a ver con facilidad los argumentos opuestos. El terreno de la ecología es especialmente sujeto a este fenómeno que hace de lado a los razonamientos científicos, como en el caso de los alimentos genéticamente modificados.

En el fondo está también un par de variables de importancia. Una es eso que se ha llamado lo políticamente correcto y que tiene como efecto el sostener opiniones aprobadas por la mayoría y no por razonamientos ni análisis. La otra es el acaloramiento del que son víctimas algunas personas que confrontan datos y razonamientos opuestos a ellas y que reaccionan con insultos y calificativos.

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