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Crónica
de un sábado lluvioso
Y mis hermosos ratos de divague
* Luis Tappa |
Son las 5,30
de la mañana, llueve intensamente, desde hace rato
estoy despierto y decido levantarme porque no me quiero volver
a dormir. El ruido de la lluvia sobre techos y ventanas me
suena a música y no me lo quiero perder, me revive,
soy como esas plantas y árboles o la tierra cuarteada
por la seca, que reciben el agua como una bendición,
y abren al cielo sus bocas sedientas para que entre la vida,
donde todo resurge, el verde se torna esplendoroso y la tierra
bebe y bebe hasta saciarse. No puedo evitar sentirme bien
cuando llueve, es visceral, como mi amor por el mar, la playa,
el campo, los animales.
Mi espíritu se renueva y cada gota de agua es un recuerdo
que acude a mi mente, recuerdos de tiempos idos, de momentos
felices y de los otros, mi cerebro se alimenta de agua de
lluvia y desde lo más profundo de mi ser surge una
fuerza y ganas de vivir que no puedo controlar.
Quisiera
ser más joven y más fuerte, quisiera correr
y saltar. Quisiera mirar al cielo y gritar bien fuerte, ¡Aquí
estoy! ¡Soy yo! Quisiera salir afuera y sentir el agua
golpeando mi rostro y correr por mi cuerpo, pero el sentido
común, ese que muchas veces nos impide ser felices
me dice que no.
El sentido
común que nos hace hacer cosas que muchas veces no
queremos y que no nos deja hacer esas lindas cosas locas que
a veces deseamos, que mantiene preso nuestro espíritu,
nuestro yo.
Ese sentido
común que nos hace ser tolerantes o intolerantes cuando
no queremos y nos mantiene atados a una vida de costumbres
y rutinas que nos arruina el alma y nos quita la esencia de
animales pensantes y nuestro propio albedrío.
Las ganas
de no hacer nada, de dejar volar libremente nuestra imaginación,
de pensar sin razonar, de olvidarnos del nombre de los días,
los meses, el reloj y hasta del nuestro propio.
Arrojar al pozo del tiempo las obligaciones y solo vivir por
el gusto de estar vivos, mientras nos dure la vida.
El sentido
común es la cadena que ata nuestra existencia y nos
convierte en un número, en una cedula de identidad,
nos llena de obligaciones que nos pesan y nos hace transitar
por la vida mecanizados, robotizados, insensibles al mundo
que nos rodea.
No existimos,
solo recorremos la vida, y al final del camino nos iremos
sin siquiera saber donde estuvimos ni para que vivimos.
¡Que
lástima, la lluvia está mermando! Ya casi ni
se escucha su tamboril en la ventana... desde hace rato un
fuerte olor a humo inunda mis narices, mi cerebro se niega
a reaccionar, pero lentamente voy volviendo a la realidad,
¿Qué pasa?... Se me está prendiendo fuego
la papelera, vacié el cenicero sin darme cuenta de
que iba un cigarro prendido, mi hermosos divagues se cortan
abruptamente para dar paso a la lógica, el sentido
común me dice que tengo que apagar este pequeño
incendio, la casa llena de humo, debo limpiar y ventilar.
Otra vez lo mismo, la rutina, y lo que no se puede dejar para
después. Y entonces Zorba el griego se dibuja en mi
memoria, y me parece que lo veo riendo y bailando mientras
se derrumba su ansiado proyecto, y me imagino sentado en la
vereda de enfrente riendo y mojándome, mientras arde
mi casa y alguna comedida llama a los bomberos.
La realidad
golpea de nuevo en mi rostro... se presenta de golpe, como
un fantasma
- ¿Qué pasó, que es ese olor a humo?
- ¡Nada vieja!... la papelera, se prendió fuego,
un pucho... ¡sabes! pero ya la apagué.
- ¡Vos siempre el mismo!, tenes todos los muebles quemados
y un día vas a prender fuego la casa con el maldito
cigarro...