Aguarde unos instantes...
hasta que cargue completamente la página y desaparezca esta imágen.

Año III - Nº 148 - Uruguay, 16 de setiembre del 2005

 
Menú de Navegación

Crónica de un sábado lluvioso
Y mis hermosos ratos de divague

* Luis Tappa


Son las 5,30 de la mañana, llueve intensamente, desde hace rato estoy despierto y decido levantarme porque no me quiero volver a dormir. El ruido de la lluvia sobre techos y ventanas me suena a música y no me lo quiero perder, me revive, soy como esas plantas y árboles o la tierra cuarteada por la seca, que reciben el agua como una bendición, y abren al cielo sus bocas sedientas para que entre la vida, donde todo resurge, el verde se torna esplendoroso y la tierra bebe y bebe hasta saciarse. No puedo evitar sentirme bien cuando llueve, es visceral, como mi amor por el mar, la playa, el campo, los animales.
Mi espíritu se renueva y cada gota de agua es un recuerdo que acude a mi mente, recuerdos de tiempos idos, de momentos felices y de los otros, mi cerebro se alimenta de agua de lluvia y desde lo más profundo de mi ser surge una fuerza y ganas de vivir que no puedo controlar.

Quisiera ser más joven y más fuerte, quisiera correr y saltar. Quisiera mirar al cielo y gritar bien fuerte, ¡Aquí estoy! ¡Soy yo! Quisiera salir afuera y sentir el agua golpeando mi rostro y correr por mi cuerpo, pero el sentido común, ese que muchas veces nos impide ser felices me dice que no.

El sentido común que nos hace hacer cosas que muchas veces no queremos y que no nos deja hacer esas lindas cosas locas que a veces deseamos, que mantiene preso nuestro espíritu, nuestro yo.

Ese sentido común que nos hace ser tolerantes o intolerantes cuando no queremos y nos mantiene atados a una vida de costumbres y rutinas que nos arruina el alma y nos quita la esencia de animales pensantes y nuestro propio albedrío.

Las ganas de no hacer nada, de dejar volar libremente nuestra imaginación, de pensar sin razonar, de olvidarnos del nombre de los días, los meses, el reloj y hasta del nuestro propio.
Arrojar al pozo del tiempo las obligaciones y solo vivir por el gusto de estar vivos, mientras nos dure la vida.

El sentido común es la cadena que ata nuestra existencia y nos convierte en un número, en una cedula de identidad, nos llena de obligaciones que nos pesan y nos hace transitar por la vida mecanizados, robotizados, insensibles al mundo que nos rodea.

No existimos, solo recorremos la vida, y al final del camino nos iremos sin siquiera saber donde estuvimos ni para que vivimos.

¡Que lástima, la lluvia está mermando! Ya casi ni se escucha su tamboril en la ventana... desde hace rato un fuerte olor a humo inunda mis narices, mi cerebro se niega a reaccionar, pero lentamente voy volviendo a la realidad, ¿Qué pasa?... Se me está prendiendo fuego la papelera, vacié el cenicero sin darme cuenta de que iba un cigarro prendido, mi hermosos divagues se cortan abruptamente para dar paso a la lógica, el sentido común me dice que tengo que apagar este pequeño incendio, la casa llena de humo, debo limpiar y ventilar. Otra vez lo mismo, la rutina, y lo que no se puede dejar para después. Y entonces Zorba el griego se dibuja en mi memoria, y me parece que lo veo riendo y bailando mientras se derrumba su ansiado proyecto, y me imagino sentado en la vereda de enfrente riendo y mojándome, mientras arde mi casa y alguna comedida llama a los bomberos.

La realidad golpea de nuevo en mi rostro... se presenta de golpe, como un fantasma
- ¿Qué pasó, que es ese olor a humo?
- ¡Nada vieja!... la papelera, se prendió fuego, un pucho... ¡sabes! pero ya la apagué.
- ¡Vos siempre el mismo!, tenes todos los muebles quemados y un día vas a prender fuego la casa con el maldito cigarro...