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MI MUSA
* Fernando Pintos
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En un artículo anterior les hablé de la inspiración, de cómo crear una obra literaria inmortal, y de la importancia de la musa dentro de todo este asunto. Pues les diré algo: hoy día cuesta un bigote conseguir una musa. Y no es tan sólo que las musas ahora no abunden, sino, mucho peor todavía, que por allí andan algunas que ahí les cuento. Después, claro, la gente que es mala y comenta suele opinar que los escritores somos un desastre, que cuando no escribimos mal lo hacemos peor, que padecemos incoherencia aguda, que de seguro escribimos borrachos o drogados, que esto o que lo otro& Pero no se paran un momento a pensar en nuestro problema con las musas. Eso sí que no. Mándennos nomás a escribir sin musa, y se hará realidad la lúgubre presunción de Víctor Púa, cuando dijo: "me mandan a la guerra armado con escarbadientes"&
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Pero esto es hogaño. Antaño, las musas abundaban y alcanzaban para la inspiración de un montón de escritores del siglo XIX y principios de XX. Bueno, a decir verdad, no sólo ellas: también el ajenjo, el opio y la morfina. Por entonces, ellas deambulaban por jardines, amables y etéreas, susurrando de vez en cuando algunos sabios consejos en los ansiosos oídos de creadores literarios. Aunque vestían telas vaporosas, con encajes, lacitos y todo aquello, de seguro eran unas tipas bellísimas, con unas caritas al estilo de Cameron Díaz y cuerpos al estilo de Angelina Jolie& Digamos. Aquellas bellísimas musas olían a destellos de ambrosía y sus voces eran una mezcla impresionante de armonías celestiales con sex appeal profundo. No en vano fabricaron un montón de grandes escritores y también algún que otro premio Nobel de literatura. Musas eran aquéllas, las de antes, pues como bien se ha dicho, todo tiempo pasado fue mejor.
Según la tradición de Gracia clásica, las musas eran nueve, todas ellas hijas del divino Zeus y una misma madre: Mnemósine (la Memoria). A cada una de las musas le correspondía una función específica. Calíope, representaba la elocuencia. Clío era la que destinaba sus afanes a la historia. A Erato le correspondían nada menos que la alegría y la poesía erótica. Bajo la protección de Euterpe estaban la música y los músicos. A Melpómene le correspondía la tragedia. Polimnia tenía a su cargo la mímica y la poesía lírica. Terpsícore era protectora de la danza. Talía tenía encomendada la comedia. Finalmente, Urania estaba vinculada con la astronomía. Aunque podían vagar por aquí y por allá, las musas tenían ugares preferidos de residencia. Uno de ellos era Pieria, al este del Olimpo; en el Parnaso, en Delfos; y en el monte Helicón, lugar donde Pegaso (aquel célebre caballo con alas), después de golpear el suelo con sus cascos, había hecho brotar una fuente que era inspiración para los poetas. Como las musas formaban parte del séquito de Apolo, pronto sucedió lo que era de prever: unos amores clandestinos que dieron nacimiento a los coribantes, que eran los danzantes sagrados de la diosa Cibeles. En vista de lo sangriento y cruel que era el culto a Cibeles, parecería que los tales -coribantes- no sacaron ninguna inspiración materna hacia la comedia. En cuanto a otra de las musas, Melpómene, sus amores con vaya a saber uno quién, dieron nacimiento a las sirenas. A las musas les gustaba tener sus mansiones junto a fuentes de agua o riachuelos, donde a veces cantaban y bailaban bajo la dirección de Apolo. Las musas tomábanse su honra muy a pecho y solían castigar a quien pretendiese emularlas en sus cantos. Las musas eran muy estrictas en cuanto a sus respectivas atribuciones, cuando menos hasta los tiempos de Homero. Pero sospecho que, pasado el tiempo, comenzaron a diversificarse y a hacer, cada una, un poco de todo.
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Hasta que llegamos al momento actual, siglo XXI, año 2005, Globalización, Posmodernidad& Las musas de hoy, no son como las de antes. Y díganmelo a mí, que el otro día, después de innumerables esfuerzos, desvelos y anuncios en los clasificados del periódico, conseguí el concurso de una. Puedo decirles que las musas de hoy no se bañan ni cepillan sus dientes con frecuencia. Se la pasan todo el día viendo televisión televisión por cable y devorando bocadillos. Aparentemente están agremiadas y tienen una exagerada conciencia acerca de sus derechos laborales. Poniendo muy mala cara, piden a gritos unos salarios astronómicos, y no digamos nada de las prestaciones y el seguro de salud. Pero una vez que han coseguido todo lo que piden& ¡Se ponen en huelga con una frecuencia alarmante! Cuando uno les suplica con voz entrecortada que depongan su actitud y retomen el trabajo -créanme que es difícil suplicar en calzoncillos, a una musa enfurecida, a deshoras de la madrugada-, contestan con un vocabulario que haría ruborizar a un carrero. ¡Y eso sí que es lenguaje! Cuando menos, ahí uno cae en cuenta de la extremada riqueza del idioma español. Sin embargo, la experiencia podría ser arruinada totalmente, y no sólo por la retahila de palabras soeces, sino también por el mal aliento de la musa (como ya expliqué, no les gusta cepillarse los dientes y detestan los anuncios de Colgate). Y para colmo de males: pueden pasarse horas enteras repitiendo esa cantaleta neoliberal acerca de "el juego de la oferta y la demanda". En resumen: una verdadera pesadilla. Ni siquiera Kafka hubiera tenido la capacidad para imaginarse algo así.
Como ya dije, es tan difícil conseguir una musa en estos días, que se debe recurrir a los anuncios clasificados y, cuando suerte hay, a las páginas amarillas. Pero debido a las malas maneras y el exagerado mal humor de las tales -musas-, los periódicos han optado por ubicar sus anuncios bajo clasificaciones ambiguas, tales como "Otros" o "Varios", generalmente, junto con masajistas de dudosa profesionalidad (aunque no pueda caber la menor duda acerca de sus verdaderas actividades). Como les contaba, a mí me costó una barbaridad encontrar musa. Pero, una vez hallada, lamenté haberla encontrado. La fichita que me tocó en suerte ha sido, a la postre, la responsable de todos esos disparates, desvaríos e incoherencias que he publicado en forma de libro. Pero& ¿qué se podría esperar de ella? Empecemos por su mal aspecto: es mórbidamente obesa y ofensivamente desaseada. Y dejemos pasar por alto el parche en el ojo. Lo peor, a mi juicio, es esa costumbre de mascar tabaco y de escupirlo cada 20 ó 30 segundos por el colmillo, sin preocuparse ni dónde caiga ni qué pueda manchar. Para colmo de males, a cada rato experimenta unos terribles accesos de cólera, que me han hecho sospechar el uso reiterado de estupefacientes y otras sustancias nocivas. Como consecuencia de todo ello, nadie se extrañará de que yo sea un escritor fracasado. Y menos podrá extrañarse, todavía, frente a ese caótico t patético panorama que es la literatura en tiempos de la Posmodernidad&