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Año V - Nº 269
Uruguay,  18 de enero del 2008
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Emilio J. Cárdenas
¿Cómo nos ven desde afuera?
por Emilio J. Cárdenas (Perfil)
 
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En contraposición a las edulcoradas y distorsionadas versiones que los voceros del gobierno tratan de instalar fronteras hacia adentro, en el exterior no ven con tan buenos ojos la gestión kirchnerista.

             Estamos lamentablemente acostumbrados a que, cada vez que alguno de los esposos Kirchner regresa de algún viaje al exterior, aparece en los medios un “vocero” de la Casa Rosada (generalmente de apellido Fernández) haciendo declaraciones que nos aseguran -a los argentinos- que el viaje en cuestión ha sido coronado por un éxito total, decisivo. Siempre es así. Sin excepciones. No hay, aparentemente, fracaso posible en los Kirchner. Es como si ambos estuvieran hechos de alguna suerte de “pasta divina” que los torna infalibles, nos dicen. Lo que la realidad está lejos de confirmarse.

             La verdad, sin embargo, es muy otra. Los “periplos” no sirven para cambiar la realidad. Sirven sí para torcer la opinión pública en casa. También para salir discretamente de compras, de manera de incrementar vestuarios de asombro por lo variado y fastuosos, aunque no necesariamente por el buen gusto. Y finalmente para aprender cómo es en realidad el mundo, aunque el mecanismo es obviamente caro, desde que en lo alto nadie se priva necesariamente de nada.

             No obstante, las cosas se definen por otros carriles. Por toda una variedad de ellos. Uno de esos carriles es el conformado por aquellos hombres que, en el exterior, tienen -desde hace rato- clavada la vista en nuestro país y que, de tanto en tanto, escriben sobre nosotros en las revistas especializadas. Ellos son los hombres “de consulta” de aquellos que, desde el sector público o privado, toman decisiones que nos conciernen. Los “especialistas”. Por eso, lo que ellos escriben o manifiestan pesa. Y mucho. No solo forma opinión, sino que atrae o espanta, según el contenido.

             Uno de esos reconocidos “especialistas " en la Argentina, que no son muchos, es Mark Falcoff, un buen investigador del American Enterprise Institute, autor de varios libros sobre la región, de pluma a la vez elegante y sumamente ríspida.

             Desde hace rato, Falcoff (que nos sigue de cerca y conoce bien) no escribía sobre lo que ocurre en la Argentina. Lo acaba de hacer desde las columnas de The American Interest, una influyente publicación bimensual, cuyo Comité Ejecutivo está dirigido nada menos que por Francis Fukuyama y en cuyo Consejo Editorial aparecen nombres como los de Ana Palacio y Mario Vargas Llosa, pero también los de Samuel Huntington, Zbigniew Brzezinski, Bernard-Henri Lévy y otros “pesos pesados” de similar dimensión. Me refiero al número de noviembre-diciembre de 2007 (Vol III, N°2).

             Falcoff nos dedica una nota, a la que gráficamente titula: “Conozca a los Kirchner”, absolutamente devastadora por su duro contenido.

             Allí define a nuestra presidenta como “una abogada ambiciosa con su propia agenda”, “virtualmente desconocida hace solo cinco años” cuya “audacia” y “rudeza” la lleva a imaginarse con su marido como “gobernando a uno de los países más importantes de América del Sur por un futuro indefinido”. Sin advertir, quizás, que es su propio marido quien la ha empujado al poder como un posible “cordero para el sacrificio” en caso de una eventual crisis futura. Duro, en extremo, lo de Falcoff.

             Según Falcoff, los Kirchner llegaron al poder de la mano de Duhalde que ha “demostrado ser un pobre juez acerca de lo que son sus propios intereses”, lo que es una manera discreta de describir a la incapacidad del oscuro personaje.

             Sobre la señora Kirchner, recuerda concretamente que, en su paso por el Senado, “ella fue lo suficientemente desagradable como para terminar siendo excluida del grupo de su partido”. Y que, como su marido, proviene de la Universidad de La Plata”, una institución en la que reina la izquierda radical. Lo que, sugiere, explica su pertenencia a la generación perdida, la de los 70, que señala Falcoff se inspiró en la revolución cubana, en el experimento de Allende en Chile, en los destrozos callejeros de París de 1968 y en el movimiento anti-guerra entonces existente en los Estados Unidos. Esa, sugiere, es la matriz de su ideología. Por esto destaca que su gobierno está repleto de personajes de esa tendencia, como Eduardo Sigal, estacionado en la Cancillería, que es un antiguo líder del Partido Comunista argentino.

             A Néstor Kirchner lo describe como una persona “no particularmente atractiva” a la que “le falta carisma y simpatía”, luego de lo cual destaca su incapacidad de hablar correctamente y su problema ocular, para pintar así al lector un personaje que, desde su pluma, luce poco atractivo. Desde las de otros ocurre lo mismo.

             Destaca que los Kirchner han sido “particularmente suertudos” -nos dice- al presidir la economía de un país impulsado, de pronto, por factores exógenos sin par. A lo que agrega que la particular negociación de la deuda externa argentina, la más grande de la historia, en rigor dejó a los titulares de unos 20 billones de dólares (los que no quisieron aceptar la imposición de las severas condiciones que hicieron sucesivamente los personajes que poblaron las adminstraciones de Duhalde y Kirchner) sin “lugar al que recurrir”. En rigor, están recurriendo a los tribunales de distintos países de manera de tratar de embargar lo que alguna vez puedan para poder cobrar sus acreencias, lo que puede parecer lógico, pero nos ha dejado sin acceso al crédito internacional, lo que será complicadísimo si la temida recesión norteamericana se materializa. Pero nada dice del “comodín” chavista que aparentemente genera “retornos” inmensos para ambas partes, según podría deducirse del nefasto episodio “Antonini Wilson”, cuyas revelaciones obviamente ocurrieron después de que Falcoff escribiera su artículo. De lo contrario, Falcoff se habría “hecho un pic-nic” con todos nosotros, seguramente. Y no es para menos.

             Describe, asimismo, la grosera manipulación del INDEC. La caída de las inversiones. La ostentación y el propósito subalterno de los frecuentes viajes al exterior de Doña Cristina, con lujo de detalles. También, con fina ironía, sus pretensiones de que, como fruto de esos periplos, la Presidente tiene ahora “amistades estrechas” con otros líderes de la región.

             Pero lo que más daño le hace a la “imagen” de los Kirchner (en verdad, a lo que de ella queda después del desastre de lo de Don Antonini Wilson que pulverizó universalmente la imagen externa de la Presidente tan solo algunas horas después de que, orgullosa, ella se hiciera cargo de nuestra “primera magistratura”) es una frase en la que Falcoff dice, textualmente, al lector: “La falta de instituciones sólidas, ejemplificada por un Congreso neutralizado, por tribunales que son serviles, y por una prensa mayoritariamente oficialista, empuja a la gente a exteriorizar su quejas periódicamente a las calles”. Y uno se pregunta, ante algo tan rotundo si efectivamente no es así Tremendo, pero realista. Así nos ven, pese a todos los “triunfos” externos de los Kirchner en el exterior, que -nos dicen- se han “acumulado” en los últimos cinco años.

             La nota comentada tiene asimismo una notable curiosidad. Incluye una fotografía poco conocida, realmente de horror, de nuestra Cristina, que aparece estrechando sonriente (ella) la mano con Hillary Clinton. Fue tomada en el 2003, cuando el ajuar de nuestra Presidente era más discreto que el de hoy, su peinado más primitivo, y su silueta quizás más redonda.

             Hillary Clinton (vestida, en cambio, discretamente, de negro y gris, pero con una chaqueta “a lo Mao”, en abierto contraste con los distintos tonos “rojizos pastel” del trajecito de Doña Cristina) está rígida, mirándola, como preguntándose: ¿Qué es esto?

             Hoy, nuestra Cristina no podría ciertamente pretender reproducir esa foto. Pese a que cree “haber llegado” al Club al que imperiosamente quería ingresar. Al de los Jefes de Estado, en el que los socios-mujeres son muy pocos.

             Esto por la manera en que -está claro- lo hizo y porque Doña Hillary (en campaña) ha rehuido (correctamente, según queda ahora evidenciado por lo que surge del caso “Antonini Wilson”, que -por lo que ese feo caso institucionalmente significa- la hubiera lastimado) a todas los requerimientos de fotografías, los que fueron aparentemente “piloteados” por el periodista que ahora es nuestro “nuevo” Embajador en Washington. El que, aún antes de asumir, no vaciló un instante en “defender el interés nacional” (y así “hacer mérito”) mediante el recurso de fustigar duramente al “imperio” frente al que, insólitamente, “nos representará” a todos por igual.

             No obstante, como aparente especialista en “contra-operaciones de prensa” y “cartas de lectores”, no pudo con Falcoff. Ni con nadie. Presumiblemente porque está residiendo en un país al que está claro “no quiere”, pero en el que lo cierto es que la libertad de prensa es algo serio, no declamado, ni manipulado. Con lo que no se juega.


Fuente: Economía Para Todos
 
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