Miembro de
Proyect Sindicate apdu
       
 
separador                                          Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
              
     
Google Buscar en la

 
No preguntes lo que tu país te puede dar, sino lo que tú puedes darle a él. 
Año V Nro. 382 - Uruguay, 19 de marzo del 2010 
 
Informe Uruguay

 
 
Documento sin título
 
historia paralela
 

Visión Marítima

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Helena Arce

Recuerdos de familia
Los ceibos y la lluvia
por Helena Arce

 
separador
   
rtf Comentar Artículo
mail
mail Contactos
pirnt Imprimir Artículo
 
 

         Los gloriosos veranos  cuando íbamos a San Luis,  a veranear a la casa de  nuestros padres, y yo pasaba el verano entero. Comenzaba en enero con mi hermana mayor y su marido, seguía el segundo mes con mi otra hermana y su marido,  y luego los últimos días hasta que empezaban las clases me mudaba a lo de mi Tía Queca, hermana de mi padre, ella y su marido el Tío Tadeo,  eran mis padrinos, no tenían hijos, pero como siempre decía la Tía Queca, “al que Dios no le da hijos el diablo le envía sobrinos”.  Así  siempre andaba la “sobrinada” revoloteando a su alrededor.

         Eran  veranos de gloria, de pesca a la encandilada, de ir a pasar el día a
pescar a Punta Fría y a la vuelta traer mejillones que luego limpiábamos entre todos  y se cocinaban  a la provenzal (con perejil y ajo), levantarse desayunar e ir a la playa, a media tarde volver y comer un asadito, o ensalada de arroz. Según los ánimos y como viniera el desarrollo de las circunstancias económicas,  de tarde juntarse con los vecinos a tomar mate y mantener charlas existenciales,  mientras aguardábamos la  digestión para volver a la  playa.  Ya de noche bañarse y cenar.  A mí,  en lo particular me esperaban  las salidas con la barra, al club, a los bailes, o  a hacer fogones en las cuevas (que se formaban  entre los árboles sobre las dunas,  a la altura de la calle 18 de julio, en la bajada a la playa,   pescábamos a la encandilada, freíamos  los pescaditos,  tomábamos mate  hasta cualquier hora, siempre con charlas que recorrían desde nuestros castillos en el aire, a las disquisiciones adolescentes sobre como mejorar el mundo, o simplemente cantando al son de la guitarra.

         Claro esto siempre y cuando no lloviera, en ese caso nos quedábamos en alguna casa a  jugar al tute, al scrabble, a la conga, a la generala o a la lotería de cartones.

         A veces en vez de reunirme  con amigos, simplemente me quedaba en casa, y repetíamos las mismas costumbres, sentados en aquellos perezosos de madera y lona, mirando las estrellas, charlando horas o simplemente jugando al “veo veo”. Si refrescaba nos cubríamos con frazadas y nos acomodábamos con almohadas, prendiendo aquel viejo brasero a carbón que nos daba calorcito, además de espantar los mosquitos.

         Mis sobrinos eran chiquitos y disfrutaban con alegría esos momentos, mientras iban durmiéndose de a uno, y los transportábamos a sus camitas.

         Un  verano en particular, no recuerdo el año, mi padre me trasladó  a San Luís con mis pertenencias, como hacia siempre al pasar  las fiestas, me tocaba el primer  mes,  con mi hermana mayor. El además vino con todas las intenciones de plantar unas semillas de ceibos que le habían regalado.

         Habíamos  tenido que cortar los pinos que rodeaban la casa y le daban cierta privacidad, además de protegernos del sol en las horas picos. Con dolor había sido necesario,  porque sus  raíces, se habían extendido tanto, al punto de  estar levantando los pisos de la casa.

         Bueno decía, a papá,  se le ocurrió plantar ceibos, que circundaran el jardín de la casa, con el objetivo de sustituir los pinos y su función, además de haberse entusiasmado con los agregados de ser nuestra flor nacional, y el color de los mismos. Se daría una nota de color a la casa, alegrando la vista. Ni bien llegó procedió a realizar su misión, le habían dicho, quienes cuando los adquirió, que era imprescindible, sobre todo teniendo en cuenta que transcurriría enero, la conveniencia de que tuvieran suficiente riego.

         Pero tenía miedo que sumergidas en nuestras vacaciones, los paseos, las alegres tertulias, nos olvidáramos de proceder al regado de los retoños que crecerían lentamente.

         Por ello, desde que llegamos, hasta su partida, nos repitió una y otra vez: “No se olviden de regar los arbolitos”

         Ese enero, compartía las vacaciones,  con mi hermana mayor y sus niños, mi cuñado viajaba los fines de semana, ese verano no podía descansar todo el mes.

         Mi padre daba una vuelta, acomodaba algo, amagaba a ir hacia el auto y nos volvía a repetir: “No se olviden de regar los arbolitos”

         Una y otra vez, ante su preocupada solicitud, le contestábamos: “Tranquilo prometemos solemnemente,  no olvidar regar los arbolitos”

         Tantas veces repitió lo mismo: “No se olviden de regar el arbolitos”, que cuando dejó de decirlo nosotras le tomábamos el poco pelo que le quedaba diciéndole: “ Tranquilo, no nos vamos a  olvidar de regar los arbolitos”  Y así se lo seguimos repitiendo, hasta que destornillado de risa, arrancó el auto, para su vuelta a Montevideo, aun cuando estaba ya a una cuadra de distancia, corrí para darle un beso, y cuando entre paró el auto, me acerqué, le di el beso y le dije:” No, papá, no nos vamos a olvidar de regar los  arbolitos” ·

         Mi padre, cada vez que mi cuñado viajaba los fines de semana para San Luís, solía enviarme cartas, en ellas me contaba como marchaban las cosas en casa, solía agregar algunos regalitos, por si los podía necesitar, y algunas monedas para cubrir mis necesidades. En aquellas cartas, las primeras siempre terminaba con su consabido: “Matatutis Pap” (nuestra peculiar manera de denominar a los abrazos que nos dábamos, fuertes, siempre muy fuertes) y agregaba una posdata: “Por favor, no se olviden de regar los arbolitos”

         Mi padre siempre me enviaba cartas, era su forma de estar conmigo todas esas vacaciones que por su trabajo, no podíamos compartir, si por casualidad mi cuñado no viajaba a Montevideo esa semana, por coincidir de pronto con sus menguadas vacaciones, me las hacía llegar por algún pariente o amigo que se trasladase a San Luís ese día. Cartas muy ansiadas  por mí, porque en ellas me trasmitía todo su amor mezclado con alguna broma, y  además, justo es reconocerlo siempre esperaba las  divisas que enviaba para que yo, pudiese seguir solventando mis vacaciones, también  me mandaba cigarrillos, pues entendía que ya que fumaba, por lo menos, con eso  se aseguraba que fumara los cigarrillos que él,  me compraba.

         Pero  debo decir que ese enero, transcurrida la primera semana de vacaciones,  llovió tanto, tanto,  que no solo no pudimos dedicarnos a cumplir su encargo  de regar los  arbolitos, sino que los pobres  recibieron  tanta agua del cielo,  que se ahogaron, y por lo tanto no crecieron. Por lo que mi viejo se quedo sin sus ceibos, y nosotros casi sin hacer playa,  meta mate y tortas fritas.

         Eso si,  juntando agua para lavarse la cabeza, dado que del pozo que había en mi casa, el agua era bastante salada, aunque plenamente potable, solíamos utilizarla para cocinar, para lavar los platos, para bañarnos. Sin embargo no podíamos tomar con ella el mate, y tampoco lavarnos la cabeza, pues el pelo quedaba reseco, y opaco.

         Ese verano tuvimos, agua en abundancia para el mate, descansando así, la tía Queca, cuyo pozo poseía un agua tan rica, que era nuestra habitual proveedora de agua para el mate, y  el pelo brillante como nunca, que juntábamos en baldes, en ollas y en aquel latón en el cual nos fuimos bañando sucesivamente, todos los niños que crecimos en aquella casa. Todos los días obteníamos  dosis diarias,  más que suficiente. Eso si ese verano tuvo dos peculiaridades, poca playa pudimos hacer, y mucho menos cumplir con el insistente encargo paterno:”no tuvimos oportunidad de regar el arbolito ni una sola vez:”.   

         Por supuesto, los retoños de aquellos anhelados ceibos paternos, no pudieron crecer, sucumbieron ante tanto riego del cielo.

         A partir de allí, cada año cuando partíamos para San Luís, mi padre nos miraba con aquella expresión seria que ponía cuando quería hacer ver que nos daba una orden, y de la cual uno descubría únicamente que nos hablaba en broma, mirando sus ojazos color miel, que no podían disimular su mirada pícara, y nos despedía diciéndonos: “No se olviden de regarme los arbolitos”.

© Helena Arce para Informe Uruguay

Comentarios en este artículo

» Arriba

separador

 
21
Informe Uruguay se halla Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
Depósito legal No. 2371 deposito Nos. 338018 ley No - 9739, dec 694/974 art. 1 inc A
20
Los artículos firmados son de exclusiva responsabilidad del autor
y no reflejan, necesariamente, la opinión de Informe Uruguay
20
Los enlaces externos son válidos en el momento de su publicación, aunque muchos suelen desaparecer.
Los enlaces internos de Informe Uruguay siempre serán válidos.
21
 
Estadisticas Gratis