|
|
Avisos fatídicos
por Marcelo Ostria Trigo (Perfil)
|
| |
|
|
El insulto ya luce como una expresión común en la batalla política por prevalecer. Preocupa, y hay que temer, que el aluvión de odio sea –como ya ha pasado en Pando- la antesala de la violencia, del recrudecimiento de las persecuciones, del pretendido castigo, secuestrando a quienes no piensan igual que los populistas.
La experiencia de los últimos tres años, permite reconocer las señales que indican quiénes serán objeto de la persecución del oficialismo. Esto ya ha sucedido y, seguramente, se repetirá. El gobierno del Movimiento al Socialismo se ha hecho previsible cuando tiene el propósito de conculcar derechos y perseguir. Ya no hay que hacer pronósticos. Cuando arrecian los insultos y las acusaciones, es señal clara de que el régimen arremeterá con furia.
Estos son algunos ejemplos: Los ataques verbales del jefe de Estado contra los periodistas fueron seguidos por constantes agresiones de las hordas del oficialismo; las diatribas del presidente contra los Estados Unidos, tan parecidas a las de su “protector” Hugo Chávez, fueron seguidas por el acoso a la embajada de ese país en La Paz, la expulsión del embajador Goldberg y, finalmente, la forzada salida del país de la DEA, la agencia estadounidense de lucha contra el narcotráfico; los denuestos contra los dirigentes cívicos, precedieron a la persecución y a los arrestos en Tarija, Santa Cruz y Beni; las acusaciones contra los empresarios del campo, fueron el anticipo de la violencia que desató un viceministro en el Sur del departamento de Santa Cruz. Todo, sin que importen las consecuencias.
Por supuesto que no hay que olvidar que el prólogo de la tragedia de Pando fue el discurso, desbocado y cerril, del ministro de la presidencia, el más influyente y poderoso del entorno presidencial. Por anticipado anunciaba que se cobraría el “ultraje” de la derrota electoral del gobierno que ya veía venir, hundiendo al prefecto para que “conviva con los gusanos”. Caramba que mostraba furia anticipada e incontenible. Esta no fue una simple amenaza: ahora, el prefecto Leopoldo Fernández está encarcelado, sin juicio, sin ley, sin defensa y sin garantías; es una víctima de la autocracia. La amenaza que se precedió a la tragedia tuvo, como epílogo infame, el informe de UNASUR, el del guerrillero jubilado Mattarolo, que ahora descubre la existencia de los derechos humanos. Bueno, como escriba lo hizo bien; cumplió cabalmente su servicio al populismo, el que da refugio a los violentos extremistas de ayer, ahora nostálgicos de los años sesenta y setenta.
Nuevamente –esto es recurrente– el presidente arremete contra los periodistas. Con los antecedentes que se conocen, habrá que temer lo peor. Las orejas del lobo siempre asoman siniestras detrás de la diatriba presidencial.
La experiencia también avisa que una conducta inspirada en el odio y que se hace violenta y abusiva va inexorablemente al despeñadero. Sin embargo, no parece ser suficiente para inducir a los oficialistas de hoy a que cambien de ruta, la que ahora está alentada por la soberbia y por la embriaguez que produce el poder. Tarde o temprano, se tendrá que pagar por los daños inferidos, por el tiempo perdido en el afán colectivo de más de dos décadas de consolidar la democracia; por el mal manejo de los recursos naturales, que tanto llenan la boca del presidente que los malgasta.
Los pueblos pueden ser inconmovibles a la hora de exigir que se rinda cuentas. Entonces no valdrá la soberbia ni la convicción de que se perseguía un “cambio histórico”, porque lo único que resultará será el aumento de la pobreza, la incertidumbre y la vergüenza y la frustración colectivas.
» Arriba
|