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Año V Nro. 317 - Uruguay, 19 de diciembre del 2008   
 

 
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Fernando Pintos

Danilo Arbilla, el cambio climático
y lúgubres predicciones de Lagos

por Fernando Pintos

 
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         En la edición del diario «Prensa Libre» correspondiente al miércoles 17 de diciembre se publicó un artículo de Danilo Arbilla, titulado «El récord de todos los récords». Las columnas de Arbilla, que ojalá se publicaran en «Informe Uruguay», sí se publican todos los miércoles en la sección de Opinión de este diario de Guatemala, y siempre sobresalen, no sólo por la frescura renovadora de las temáticas —es difícil, por estas latitudes, encontrar columnistas que pongan los ojos en América del Sur—, sino, ¡principalmente!, por la calidad, la cultura, el conocimiento, el depurado estilo y, ¿cómo decirlo de una manera menos rioplatense?, también por el mostrador que demuestra tener este excelente analista. Compartiré este artículo con ustedes, en consecuencia. Lean, entonces, lo que sigue:

«…Del Estado brasileño de Santa Catalina al departamento (provincia) de Florida en Uruguay hay unos mil 250 kilómetros. En las últimas semanas las inundaciones en Brasil y la sequía en Uruguay han hecho estragos. ¿Caprichos del destino? ¿Curiosidades del clima?
No, algo mucho más grave, producto del cambio climático, que hace que en materia de desastres se bata récord tras récord. Nevadas en verano, inundaciones, desbordes de ríos, deslizamientos de tierra como nunca se vieron y proliferación de huracanes, ciclones y maremotos. Fríos y calores como jamás se habían dado.
Sin embargo, a la gente le preocupa más la crisis financiera, que también batió récords y le robó el cetro a la del ’29. En una columna anterior hice referencia a una advertencia hecha en un seminario efectuado en Punta del Este (Uruguay) por el ex presidente chileno Ricardo Lagos, de que si se continúa con el ritmo de calentamiento global, es posible que en el 2100 la humanidad desaparezca . Esto es, en unos 90 años. Los pronósticos y reclamos de Lagos tuvieron poca repercusión en los medios de comunicación.
¿A quién le importa lo que va a pasar dentro de 90 o cien años? Ya se verá. Parecería que lo que hoy realmente preocupa es lo que va a pasar con los bancos y no con el planeta, y menos en momentos en que ninguno de los que estaban en el seminario, por ejemplo, va a estar vivo. Lagos insistió. Habló sobre la necesidad de controlar las emisiones de gas. Lo mismo que hicieron unos 10 días después científicos y dirigentes de todo el mundo, reunidos en Poznan, Polonia, para negociar sobre el cambio climático.
Y ya no se trata de un problema ideológico o que se pueda enmarcar en el viejo maniqueísmo de echarle la culpa a los países desarrollados. Éstos ciertamente tienen que hacer mucho reduciendo las emanaciones de gases del efecto invernadero, pero con eso no basta, porque ya no son el único problema. También está el rápido crecimiento de la emisiones de gas desde países emergentes y en vías de desarrollo, y que entienden, legítimamente, que a ellos también les tiene que tocar desarrollarse, crecer y mejorar el nivel de vida de sus pueblos.
Hace 30 años, cuando se hablaba de la deuda externa, el tema aburría a la gente. Ese es un problema de los gobiernos, de los países, pensaban, como si fueran parte ajena. Cuando vino la crisis se dieron cuenta de que los deudores eran todos y cada uno de ellos. Una forma de ser optimista pero a la vez iluso es pensar que “esas cosas, a uno no le suceden”. Sin embargo, a todos nos pasa.
El cambio climático es un hecho. No es cosa de viejos nostálgicos. Habrá más catástrofes. Se batirán nuevos récords y las crisis serán más serias y más graves, hasta que, si no se hace nada y no se toma conciencia, tendrá lugar, inexorablemente, la gran crisis, la madre de todas las crisis, la última crisis. Se batirá el récord de todos los récords. Para después ya no quedarán competidores. Todavía falta, se van a tomar medidas, hay mucho por delante. ¿Será así? Noventa años es mucho tiempo en la cárcel, pero están a la vuelta de la esquina. Es este mundo tan curioso en que llueve donde no hace falta, y no cae una gota de agua donde se necesita, es cierto que hay minutos que parecen siglos, tanto, como que los años pasan volando…».

         Resulta difícil refutar las conclusiones finales del artículo de Danilo Arbilla. En la práctica, estamos presenciando un deshielo acelerado de los polos y territorios adyacentes —como Groenlandia—, cuyas consecuencias en el mediano y largo plazos serán desastrosas para buena parte de la Humanidad. En la práctica, esto que vivimos ahora es apenas una etapa de aceleración. Digamos que el vehículo está en quinta velocidad y corriendo hacia el precipicio, a 300 kilómetros por hora. El choque, al parecer inevitable, será sólo una cuestión de tiempo. Es decir: de minutos más o menos… Y recién ahora es cuando algunos medios comienzan a poner un tibio interés por este tema crucial. En cuanto a las predicciones de Lagos… Bueno, estemos de acuerdo en que se avecina en el mediano y largo plazos una verdadera catástrofe, y que por la misma, la civilización mutará radicalmente y buena parte del género humano podría desaparecer. Pero de ahí a una extinción de la Humanidad, hay mucho recorrido. Los seres humanos somos supervivientes por naturaleza, y en cuanto abandonemos nuestra torre de marfil, es decir, esta civilización alienante que nos ha forjado y que nos tiene aprisionados, volveremos a ser lo que siempre fuimos. Supervivientes exitosos. El hombre no dejará de existir sobre la faz de la Tierra. Pero existirá en condiciones muy diferentes a las que ahora conocemos.

         Para decir verdad, no es de mi agrado tener que salir con aquella impertinente muletilla: «se los dije hace ya un buen rato»… Y no lo haré. Pero este artículo de Arbilla, que fue generado por las lúgubres predicciones del ex presidente chileno Lagos y que se ha publicado ya comenzando la segunda mitad del mes de diciembre de 2008, me obliga a poner sobre el tapete uno de mi autoría, que se publicó en mi columna «Trinchera», del diario «Siglo Veintiuno» de Guatemala, el 5 de enero de 1997, casi, casi, 12 años atrás. Aquel artículo estaba precedido por un título lacónico: «Noticias importantes». ¡Y vaya si aquéllas lo eran! Pero, como el mismo texto lo explica, pasaron inadvertidas y fueron opacadas por otras informaciones que tenían muy superior relumbrón por entonces. Los invito a leer, en consecuencia, una vez más:

«…Siglo Veintiuno, del lunes 30 de diciembre. En primera plana, a título desplegado, la noticia del día parece clamar a los cuatro vientos: ¡Terminó la guerra!… Y no cabe duda de que, para Guatemala, el acontecimiento más importante del 29 de diciembre fue la firma de la paz entre el Gobierno y la URNG. Como saben bien todos aquellos que han estudiado periodismo, el factor proximidad es uno de los elementos más poderosos para aportar importancia o interés a cualquier información. ¿Quién podrá negar que esa noticia tan esperada, la firma de la paz, era a la vez importante e interesante? Y no sólo a los guatemaltecos. Hacía mucho tiempo que Guatemala no despertaba una expectación tan grande y generalizada en los medios de comunicación internacionales, quienes por una vez no iban a exportar imágenes desfavorables o distorsionadas. El 29 de diciembre fue un día de alegría y actividad en todo el país. El 30, una jornada de satisfecha distensión. El titular de Siglo Veintiuno enfatizaba la gran noticia, la buena noticia para Guatemala y los guatemaltecos. José Luis Martínez Albertos, Mitchell V. Charnley, Gonzalo Martín Vivaldi, Fraser Bond, Daniel R. Williamson, Theodore Peterson, John Hohenberg, José Martínez de Sousa y otros maestros del periodismo hubieran aplaudido… Y muy posiblemente, el único en agitar la nariz con alguna leve reticencia fuera Marshall McLuhan, aquel genio metafísico y metafórico de la comunicación convertida en ciencia.
Pero si al venerable doctor Robert Malthus hubiese correspondido continuar la lectura del periódico, él sí habría topado con la verdadera noticia del día, humilde y casi enterrada, recién en la página 29 y como simple información de relleno, bajo titular ominoso: “Alteración del clima amenaza ampliar enfermedades a tierras altas”. El cable de la agencia EFE, proveniente de Washington, explicaba que científicos norteamericanos de distintas especialidades llegaron a la conclusión de que el progresivo aumento de temperatura en todo el planeta tendrá, como consecuencia casi inmediata, que insectos portadores de epidemias amplíen su radio de acción hacia las tierras más altas, que hasta el momento se encontraban libres de ellos. Al abordar el capítulo de las inundaciones se mencionaba que las ratas, afectadas por aquéllas, abandonarían sus madrigueras e invadirían las zonas pobladas por el hombre, contribuyendo a difundir nuevas pandemias… Por otra parte, una reciente edición de la revista Perspectivas, de OPS (Organización Panamericana de la Salud), previene que, de mantenerse las actuales condiciones de deterioro del medio ambiente, el próximo siglo será “alborada para un ciclo de pestes y miseria humanas”. Y como broche de oro, un director de OPS advierte contra esa piadosa creencia de que las alteraciones climáticas serán graduales: No sucederá nada de eso, explica… Y en consecuencia, las epidemias provocadas por los cambios serán masivas y repentinas. Y la conclusión es una sola: Dios nos agarre confesados…».

         La conclusión de aquel artículo de enero de 1997 sigue manteniendo estricta validez. Será mejor que la debacle que se avecina nos encuentre perfectamente confesados… Por las dudas.

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