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Año V Nro. 317 - Uruguay, 19 de diciembre del 2008   
 

Visión Marítima

historia paralela

 
Raúl Seoane

El árbol de Navidad, el árbol de la Vida

por Eduardo Jesús West Morena
 
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         Una vez más pasaron doce meses, un año más de nuestras vidas. Eso parece que uno lo puede concientizar en estas fechas, aniversarios y eventos importantes para cada uno.

         Queridos lectores que se toman el trabajo de leer este artículo, que han dejado comentarios muy emotivos y reflexivos algunas ediciones atrás cuando llevé adelante el tributo a la Nona, les comento que en esta edición les brindaré un texto personal, propongo un pseudo psicoanálisis que se llevará adelante en esta lectura – sesión, entre ustedes y yo.

         Como les comentaba anteriormente, uno sobre estas fechas se pone a reflexionar sobre determinadas cuestiones que hacen a la vida y al transcurso de los acaecimientos propios de nuestra condición humana.

Brillante Sobre El Mic
Fito Paez

Hay, recuerdos que no voy a borrar.
Personas que no voy a olvidar
hummmm...
Hay, aromas que me quiero llevar.
Silencios que prefiero callar
hummmm...
Son dos, las caras de la luna son dos.
Prefiero que sigamos, mi amor, presos de este sol.
Dejar, amar, llorar,
El tiempo nos ayuda a olvidar.
Y allá, el tiempo que me lleva hacia allá
El tiempo es un efecto fugaz.
hummmm...
Y hay, yeah, hay cosas que no voy a olvidar.
La noche que dejaste de actuar.
Sólo para darme amor (3 veces)
Ah...
Yo vi tu corazón.
Brillante sobre el mic en una mano.
Y ausente de las cosas pensaste en dejarlo y tirarlo
junto a mí, junto a mí
Hay secretos en el fondo del mar.
Personas que me quiero llevar.
Aromas que no voy a olvidar.
Silencios que prefiero callar.
Mientras vos jugás.

         El otro día, de noche, me encontraba sentado solo en el living de mi casa. Contaba únicamente con la luces de colores del arbolito de navidad, que prendían y apagaban, brindándole al living una atmósfera llena de paz. La ventana se encontraba abierta y podía oler este aire típico de fin de año que anuncia las vísperas del verano. A su vez, podía escuchar la ciudad aminorando su tránsito y los grillos brindándome una serenata pegadiza, sencilla pero definitivamente hermosa. Concentrado en el momento, me detuve a mirar fijamente el árbol que había armado el 8 de diciembre. Recuerdo que esa noche no estaba muy inspirado y lo armé solo. En el momento, no me convencía la forma que iba tomando; pero durante el transcurso de aquella noche llena de tranquilidad que les comentaba recién, me dije: “guau, no quedó tan mal”. Continué, concentrado, mirando las pelotitas del árbol que reflejaban mi cara, la cara ya de un hombre con una barba de una semana, con algunas entradas en las sienes y con el pelo menos lacio que antes. ´Al menos con un poco más de sabiduría que antes´, pensé por un momento. Recordé y me dí cuenta que año a año, suelo hacer lo mismo en mayor o menor grado. Me siento frente al árbol y me evado un poco del presente, transportándome a diferentes momentos de mi vida. Esta vez, como enunciaba anteriormente, se veía reflejada la cara de un hombre. Pensé en un instante, diez años atrás, se trataba del rostro de un adolescente y otros ocho atrás el de un niño que culminaba algún año escolar y que con su madre colocaban en el árbol, el laurel recogido del carné escolar, junto a las postales navideñas de Mercedes provenientes de mi abuela Clora y de tantos otros que hoy no están, quienes respondían a mis mensajes.

         Volví un poco y reflexioné sobre cómo han transcurrido los años y cómo año tras año vengo al living, solo y algunas veces acompañado, a buscar junto al árbol un momento de intimidad que hoy comparto con ustedes mis queridos lectores. Es que de alguna manera, el árbol, las fiestas, el olor a jazmines, ese conjunto de elementos me encanta y como les comento lo hago desde mi más tierna edad. Solamente que han pasado algunos años y con los años pasaron algunas personas: abuelos, tíos, amigos, novias de flores, compañeros del camino, personas con quienes he compartido, años, meses, temporadas. Algunos siguen hasta hoy.

         Continué mirando el árbol y los adornos, algunos datan de los 90´s, como algunas personas que me acompañan hoy en día. Algunos chirimbolos los compramos a comienzos de esta década, otros hace 5 años, algunos el año pasado. Las luces por ejemplo son de este año. Por un momento me detuve a pensar que las personas somos de alguna manera como estos árboles que la mayoría armamos en Navidad. Estos arbolitos, más pequeños, más grandes, generalmente no están del todo solos. Son nutridos de guirnaldas, pelotitas, chirimbolos varios, algunos están iluminados, otros tienen música y tantos otros tienen otras tantas cosas, las que ustedes hayan visto, las que ustedes se imaginen. En definitiva, cada chirimbolo va contribuyendo y marca las notas características de ese árbol que lo hace único e irrepetible.

         De repente, cambié la mirada y observé un adorno del árbol de mi casa. Se trataba de una frutilla. Al verla, me vino la imagen de mi tía Lorena quien me la regaló cuando era un niño de 7 años. Cuando iba de visita a su casa me detenía a observar la frutilla, la tocaba comprobando su textura, miraba su rojo intenso, hasta que un día la tia me dijo: “tomá es tuya”.

         Continué observando los adornos, las serpentinas. Por un instante, me contuve en la casita roja decorada de un papel amarillo brillante, que me recordaba a mis años de infancia en la calle Durazno viviendo en aquel humilde y digno edificio, que no resguardaba en lo más mínimo a sus habitantes del intenso calor del verano. Se me vino la imagen también de aquel dormitorio perteneciente a este servidor, cuya puerta estaba rodeada de pegotines graciosos. Recuerdo aquel que rezaba: “al que madruga le da sueño”, entre otros. Ese cuarto cuya ventana daba a un pozo de aire donde se podían divisar el resto de las ventanas de los vecinos. Cuando estaba aburrido llamaba a mi vecina Cecilia por la ventana, una niña que vivía en el 304. Recuerdos hermosos y maravillosos con esos vecinos típicos del Uruguay de la década de los 80 y 90, esos edificios fraternos de pocos apartamentos donde cuando necesitaba un huevo para terminar la torta o una taza de azúcar se iba a lo de la vecina a buscarla y viceversa.

         De un instante al otro, volví al presente a mi actual casa, donde vivo ya hace más de ocho años y pensé que uno establece relaciones humanas que marcan determinadas etapas en su vida. Algunas otras datan de tiempos más recientes. Las relaciones mutan, se transforman, se contaminan, se solidifican, qué se yo, los caminos de la vida son tan azarosos y eso le otorga cierta adrenalina y emotividad, que más allá de todo, está muy bueno.

         Estableciendo un paralelismo con el árbol que obviamente tiene una connotación religiosa y basada en la creencia cristiana del nacimiento del niño Jesús, ¿no sucede algo parecido entre estos árboles que adornan nuestras casas y nosotros mismos?. Somos una escencia, un tronco que es nutrido por nuestros afectos más preciados, nuestros padres, nuestros tíos, nuestros abuelos, nuestros amigos, nuestras parejas, todos ellos han aportado su adorno, para que hoy tengamos ese árbol cuyo producto es una increíble simbiosis de momentos únicos e irrepetibles que solo uno los puede traer anafóricamente y vivenciarlos nuevamente como solamente nuestros recuerdos pueden hacerlo, provocando la emotividad a la hora de re ver nuevamente, y solo para nosotros, esas películas de las que supimos ser protagonistas. Pero cuidado, esas películas no deben opacar los estrenos y los que vendrán. Solo son muy importantes y son reflejo de lo que somos hoy: nuestro árbol actual. El árbol (pueden ser todas las cosas que se les ocurran sino les gusta el árbol) es un reflejo de una coexistencia de momentos únicos e irrepetibles y solo uno puede saber de qué se trata. Un chirimbolo, generalmente es más que eso, es una persona, una situación, un momento, una época, un beso, una historia importante, un roce, una caricia, una fragancia. Por lo que cada elemento que hace a nuestro árbol de navidad conlleva una historia una vivencia que solo es recordada de una manera particular y propia por quien la protagonizó.

         Continué sentado contemplando ese luminoso árbol que ha pesar de todo conservaba aquellos chirimbolos que resistieron golpes, aquellos que datan no de tanto tiempo y aquellos que son recientes. Por un momento pensé, todos son especiales e importantes, en mayor o menor medida y sobre todo hacen original este árbol y el árbol de cada uno de ustedes: El Árbol de la Vida.

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