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Año V Nro. 404 - Uruguay, 20 de agosto del 2010 
 
Informe Uruguay

 
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Visión Marítima

 
Raúl Seoane

Continuemos con la laicidad
por Helena Arce

 
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         Es importante explicar el motivo por el cual, algunos nos preocupamos por machacar sobre estos temas.

         No se debe por cierto al hecho de que nos molesten que las personas tengan sus creencias, y encuentren un refugio para ellas dentro de una religión determinada. Eso es sumamente respetable, pues todas las personas sobre todo tienen el derecho y el deber agrego yo,  a ser felices, y cuando su fe coadyuva a que así lo sean, es altamente gratificante.

         He visto familias con múltiples problemas, y sintieron el llamado de una fe en particular, y lograron a través de ellas superar sus dificultades, salir adelante y encontrar un camino de paz. Estos sucesos, ayudan a toda la sociedad en su conjunto a lograr la sensación de bienestar,  cuando un individuo en particular, o un grupo de individuos en general, logran mediante la ayuda que les sea posible encontrar, hacer caer las barreras que les impedían lograr superar los obstáculos que los separaban de la realización personal y grupal,. La felicidad de cada individuo, suma a la felicidad de los demás.

         El grave problema se centra en cuando esos individuos, piensan que eso es válido para todos los demás individuos. Remarco, me  estoy refiriendo a aquellos que de buena fe, sienten que esas creencias le proporcionan su desarrollo integral como personas, y lograr alcanzar la paz, viviendo la vida de acuerdo a postulados que les complace cumplir.

         No todos quienes abrazan una determinada fe, creen que quienes tienen otras formas de concretar sus creencias, o quienes no tienen creencias en algo superior, están equivocados. Existen personas amplias de espíritu y de mente, que comprenden que no todos sentimos igual, que tenemos creencias metafísicas diferentes, y que además necesitamos postulados diferentes para ser felices. Muchas personas, respetan las creencias de los demás y comparten la posibilidad de convicciones diferentes. Sin embargo, no sucede así con todos los individuos, algunos se ciegan en su fe, y exigen que todas las demás personas deben vivir de acuerdo a ellas, pues de lo contrario estarían cometiendo, lo que su religión considera un pecado, faltando a los dictados divinos. Y es en estas donde se centran los problemas. La historia, la milenaria y la reciente, nos muestra las atrocidades en que se puede caer, cuando alguien se fanatiza en sus creencias particulares, y entiende que todos deben vivir de acuerdo a ellas. Cada persona puede vivir honestamente, de acuerdo a sus creencias, siempre y cuando no vulnere el derecho de los “otros” a vivir de acuerdo a las suyas propias. Para garantizar que eso sea posible, es que existe la laicidad.

         En el último artículo que escribí, entre otras cosas, hacía mención a como era conciente de a través de los años, haber reelegido día a día a mi compañero de ruta, y haber sido reelegida por él. Posiblemente algunas personas piensen que esto es una blasfemia, pues una vez que una pareja se une, solo la muerte debe separarla. Bien yo respeto esa creencia, y me parece maravillosa, siempre y cuando eso no signifique negarse a la felicidad real de compartir la vida con una persona, por no poder separarse de alguien a quien se ha dejado de amar. Si esa persona “entiende”, que eligió a su compañero/a de ruta una vez, y nunca más se separaron porque lo que Dios ha unido y  solo él puede separarlos, pero han sido feliz a través de los años, para mi esa pareja ha logrado el mismo resultado que yo, aunque a mi nada me impida separarme de mi esposo, ni a él de mi, no lo hemos hecho porque no hemos querido, simplemente porque nos hemos reelegido día a día. El resultado es el mismo, se han compartido años de felicidad al lado de una persona, con el placer de hacerlo.

         O sea cada ser humano tiene que ser feliz, y encontrar su camino para lograrlo, lo que no puede, por la lógica natural de los hechos, es pretender obligar a los demás a obtener el mismo resultado por el mismo camino.

         Todos las personas son únicas y especiales, la forma en sobrellevar los problemas a los que nos vemos enfrentados, corresponde a esas características. Cuando un ser querido se va, algunos esperan encontrarlo luego en otro lugar, otros sentimos que ese ser nunca nos abandona y mora en nuestro corazón, otros piensan que la muerte es el fin, y simplemente lo ven como un compañero de viaje que se fue. Algunos pensamos que lo que queda en los cementerios nada tiene que ver con los seres que alguna vez, habitaron esos huesos y fueron tan importantes en nuestra vida, otros entienden que allí algo queda de quienes partieron y se sienten de alguna manera acompañados al visitar los cementerios.

         ¿Quién tiene la razón? Posiblemente todos y ninguno. Pero cada uno de nosotros, enfrentamos la separación física definitiva de aquellos a quienes amamos, de la forma que más nos consuela, de la forma que somos capaces de hacerlo.  

         Existen otros temas, más álgidos, más difíciles que hemos hablado en otros momentos, pero que no es el caso tratar hoy.

         Cuando hablamos de vivir en un Estado Laico, hablamos justamente de un Estado donde todos tengamos cabida, y para ello es imprescindible que las leyes a las que debemos ceñirnos, sean inclusivas,  a los efectos de poder tener una convivencia pacífica y tolerante del colectivo social.

         Leyes que nos contemplen a todos, así existe la ley del divorcio, para hablar de un tema laudado, al cual hoy por hoy, ya nadie cuestiona, dado los años pasados desde que se promulgó dicha ley. Fue necesario en determinado momento, por la fuerza de los hechos, que la comunidad que constituimos quienes habitamos en este suelo, pudiera rectificar la decisión de haber elegido una persona para compartir su vida, más allá de haber realizado el acto en el Registro Civil o haber jurado ante un altar, el consabido “hasta que la muerte nos separe”. Nada obliga en esa ley a que una pareja se divorcie, sin embargo si se protege el hecho de que cuando uno de los dos quiere hacerlo, el otro no  se lo impida, incluso a través de los años, la misma ley ha cambiado de forma, de ir protegiendo los derechos, haciendo cumplir los deberes, ninguna persona quede atado por una decisión que con la mejor de las intenciones, tomó en un momento particular de su vida. Tampoco es tan sencillo divorciarse, existe todo un proceso de forma, de que no sea livianamente que se tome la decisión, de que se cumplan con los deberes adquiridos en el momento de concretar la unión, y por sobre todo se protege a los hijos menores nacidos de esta.

         No podemos dictar leyes que contemplen las aspiraciones de los creyentes, o leyes que cumplan con las aspiraciones de los creyentes de una religión en particular, como tampoco podemos dictar leyes que contemplen únicamente las aspiraciones de los no creyentes.  Las leyes deben cumplir con  las necesidades de toda la sociedad.
Así como en nuestro país, vivimos en una sociedad heredera de los postulados occidentales, del cristianismo y del judaísmo, no aceptamos el casamiento con más de una persona, en cambio en otros países con tradiciones diferentes, y herederas de otras culturas también milenarias, aceptan la poligamia.

         Es impensable que un día los musulmanes en nuestro país, pidiesen que se les autorizase la poligamia, pues eso va contra la propia esencia de las tradiciones más antiguas de los seres que aquí habitamos, por generaciones aun las de aquellos antepasados de quienes descendemos, se ha cultivado la monogamia. Como dice Rousseau en el capítulo V de su contrato social, “Es necesario conocer los primeros rudimentos de la sociedad, sus inicios estructurales para luego poder aplicar en el un tipo de sometimiento legal y que no melle su esencia en si”. La primera convención para Rousseau es volver al Estado de naturaleza del hombre, y partiendo de allí entender su esencia para cultivar ya el contrato social, que seria necesario para la evolución de este hombre del Estado natural al Estado civil,   Para poder implementar cambios sustanciales, debemos saber si los habitantes del país están afines a esos cambios.

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         Es imposible que exista una ley que vaya contra la esencia misma de quienes habitan en una comunidad, las leyes a medida que van cambiando las necesidades de los individuos que conviven en esta, van siendo dictadas a los efectos de ir solucionando las distintos inestabilidades que se presentan en la convivencia social, pero esos desequilibrios deben contemplar a todos los ciudadanos, independiente de sus credos, incluso de sus formas de encarar su vida particular. Las leyes regulan la vida de los ciudadanos, pero debe buscar  su  felicidad en comunidad, sometiendo el interés particular al interés general.  Para ello quienes legislan deben detectar cuales son los cambios que se presentan en la sociedad e intentar mediante las leyes, lograr el bien común.

         Pero los seres que habitan en una comunidad, si bien herederos de tradiciones similares, son seres diferentes, con distintas necesidades, con distintas creencias, y las leyes deben beneficiar al conjunto.

         Por ello es imposible contemplar en ellas, las diferentes particularidades de cada individuo o grupo de individuos. La única forma que se puede lograr esto, es manteniendo la imparcialidad, y para ello es menester que quienes legislen, se mantengan asépticos de sus propias creencias, y de las de los grupos de poder. Deben si escuchar las necesidades manifestadas para comprender lo que sucede en totalidad y no vulnerar derechos y deberes, pero a la hora de decidir deben optar por el bien común, amalgamando lo diferente, en bien del conjunto. Buscando  que las leyes logren,  además de la  armonía  necesaria para la convivencia pacífica, satisfagan  al conjunto para un futuro mejor, apuntando a valores comunes.

         Por ello existen políticas de estado, que tienden a solucionar los problemas que existen en una sociedad, y se establecen pautas para atacarlos.

         Si esos problemas por ejemplo, se centran en el maltrato físico, se legislará contra este, aunque una religión en particular crea que el maltrato físico repara males causados en esta vida, y permite que al terminar la misma, la persona se encuentre en mejor situación para afrontar lo que sea esa religión crea existe, más allá de la muerte.

         Al mismo tiempo  las leyes, deben modernizarse para poder regular la convivencia de la vida acompañando sus cambios, por ello, por ejemplo,  cuando se creo la ley del divorcio no se permitía que los hombres, para seguir con el mismo ejemplo, se divorciaran por propia voluntad. Cuando la primera ley del divorcio se votó en nuestro país, los derechos de las mujeres casi no existían, y se pretendía que las mujeres tuvieran una situación más protegida. Los cambios han llevado, por la fuerza de los hechos, más allá incluso que las luchas por la no discriminación, ha llevado a que las  mujeres no sean tan inválidas a la hora de hacerse cargo de sus propias vidas, por ello hoy por hoy, la ley permite que en determinadas condiciones, los hombres también puedan divorciarse por su propia voluntad.

         Los adelantos médicos, tecnológicos, también llevan a que las leyes no permanezcan inmutables, deben acompañar las nuevas situaciones a las que los ciudadanos nos enfrentamos, ante estos cambios. Pero si una religión en particular, rechaza esos adelantos, no puede cercenarse la posibilidad de una población de beneficiarse de estos cambios, por creencias particulares de un grupo de individuos. Eso no implica que los individuos que adhieren a esas creencias, se vean necesariamente obligados a recurrir a esas tecnologías, sin embargo en algunos casos, sobre todo cuando de las decisiones de esas personas, depende la salud de otros, por ejemplo menores, es deber del estado hacer valer sus políticas de estado, inmiscuyéndose y tomando decisiones. Así sabemos que algunas religiones, no aceptan que se realicen transfusiones, entonces si es un adulto quien se niega  a recibirla, plenamente conciente de las consecuencias de no recibirla, el estado podrá respetar su determinación, pero si esa persona pone en riesgo la vida de un menor de edad, quien no está aun en condiciones de tomar la decisión por si mismo, el estado debe velar para que esa persona, quien también tiene derechos se beneficie de las posibilidades que le permitan mejorar, aun contra la voluntad de su padre o madre.

         Así todas  estas modificaciones que la dinámica de los descubrimientos, nos va ofreciendo a los seres humanos y en especial al aceptar vivir en comunidad, no pueden estar supeditados a lo que un grupo de individuos, aun cuando sea con la mejor de las intenciones, o con la mayor de las convicciones, crea es mejor.

         Cuando uno necesita curarse de una enfermedad, debe ir a atenderse con un médico, que debe asegurarnos la mejor atención dentro de las posibilidades mundiales y nacionales existentes, no a lo que ese médico crea de acuerdo a sus convicciones personales es lo mejor. Cuando es necesario prevenir que una enfermedad  no ocurra, sucede igual.

         Por ello, no podemos supeditar las políticas de estado, y mucho menos las leyes dictadas, a las creencias personales de un individuo o grupo de individuos. Debemos pensar en el interés general, y allí no podemos basarnos en conceptos teológicos, sino científicos.   

         La única garantía que tenemos todos los individuos, de poder tener nuestros derechos contemplados, y claros cuales son nuestros deberes, supeditados siempre al interés general, es cuando el estado en que nos hayamos insertos es un estado laico.

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© Helena Arce para Informe Uruguay

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