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Año V Nro. 352 - Uruguay, 21 de agosto del 2009   
 
Informe Uruguay

 
 
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historia paralela
 

Visión Marítima

 
Julio Dornel

Juan Carlos Onetti
Por los laberintos del alcohol
por Julio Dornel

 
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         Cuando Onetti murió ni siquiera nos enteramos.

         En la sala de cuidados intermedios de una mutualista montevideana, también luchábamos para superar las complicaciones de una intervención quirúrgica que había finalizado con tres bay pas  y una  anestesia paralizante que parecía eterna.

         Algunas arterias obstruidas habían determinado una rápida intervención para mejorar el flujo sanguíneo y conducirlo al corazón por otra ruta. 

         Los familiares se turnaban en la vigilia, hasta que Susana (hija)  en un alarde de naturalidad, como queriendo demostrarnos que habían cosas peores que una operación nos dijo “el que murió fue Onetti”.

         Entreverado con los cables que nos mantenían enchufado a la vida y soportando la vergüenza del “water” portátil, fuimos repasando las etapas más importantes de su vida.

         La infancia montevideana a partir del 1º de julio del año 1909, las clases  de dibujo que le hicieron abandonar los  estudios, su llegada a Buenos Aires, su primer publicación en el Diario La Nación y sus amistades con Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Rafael Alberti.

         Días más tarde nos encontramos con la despedida de viejos  amigos y algunos que ni siquiera lo conocieron pero aprovecharon para buscar notoriedad  subiéndose al carro.

         El periodista Nerio Tello bajo el título de ADIOS AL PUERCOESPIN señalaba en la revista Visión que “Onetti fue un escritor que por llegar demasiado temprano, llegó tarde. Su obra, dicen los que lo estudiaron en profundidad, marcó la fundación  de la literatura urbana  en Latinoamericana, pero cuando llegó el boom, era un hombre demasiado grande, demasiado hosco, demasiado amargo para ganar un espacio en el festival de la media que pretendía   que los escritores  latinoamericanos volaran como criaturas  y mostraran mariposas saliendo de sus cabezas. Las criaturas de  Onetti se arrastraban, se desgarraban y Larsen Juntacadáveres, aquel proxeneta que rejuntaba las prostitutas más viejas, las rechazadas, los cadáveres, era la nostalgia  sin piedad y sin romanticismo”.

         Al respeto, el escritor argentino Abelardo Castillos –que también supo transitar como el uruguayo, los laberintos del alcohol-sostuvo que “debió pasar mucho tiempo  antes de que esa prosa  extraña y envuelta  en niebla se abriera paso entre tanto mal entendido ruidoso y tanta celebridad fabricada por los críticos oficiales y las modas”.

         También el novelista argentino Osvaldo Soriano definió la obra de Onetti como “la más vasta, sólida y compleja de las que se hayan escrito” describiéndolo como   “impresentable”, vistiéndose con ropas horribles, oliendo a whisky y cigarrillos”.

         P or su parte Eduardo Galeano, amigo de Onetti había señalado que  se trataba de un hombre difícil, hosco y como un falso puercoespín, porque atravesando la coraza  de pinchos y púas había un ser entrañable, tierno, que se defendía agrediendo.

         Entre algunas de sus frases célebres rescatadas en la nota de Tello bajo el subtítulo Palabra de Onetti, pero que fueron extraídas de un reportaje del periodista Ramón Chao  señalamos las siguientes: Sobre la posibilidad de volver al Uruguay: “No volvería nunca porque pasaron tantos años, todo aquello está más viejo, yo estoy más viejo. Sé que voy a tener  una terrible desilusión si voy”. Sobre las mujeres: “Existen muchas mujeres capaces de hacer feliz a un hombre, pero la diferencia está ¿por cuánto tiempo?   Sobre el alcohol: “Yo no busco nada. Escribo porque me gusta. ¿Por qué me mamo? No te puedo remitir a la sensación de bienestar que estoy experimentando cuando me tomo una copa”.

         A la semana nos dieron el alta y en un boliche de Avenida Italia  brindamos por el viejo Onetti  y nos fuimos con su misma sensación de bienestar.

© Julio Dornel para Informe Uruguay

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