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Año V Nro. 374 - Uruguay, 22 de enero del 2010  
 
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Fernando Pintos

Para quedar sin aliento
por Fernando Pintos

 
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         En Uruguay, conmemoramos como una de nuestras fechas patrias fundamentales el 18 de julio de 1830, día en que se juró la primera Constitución Política que tuvo la República. Y ese mismo nombre, «Dieciocho de Julio», se le dio a ésa que fue, durante tanto tiempo, la principal avenida de nuestra ciudad capital, Montevideo. Aunque muchos uruguayos no recuerden muy claramente por qué conmemoramos el 18 de julio, cuando menos todos tienen una vaga conciencia acerca de su innegable importancia como fecha patria.

         En el plano de los grandes acontecimientos que han marcado con fuego la Historia Universal, uno de tantos aniversarios que el paso del tiempo ha sumergido en el anonimato acostumbra pasar de largo cada 18 de julio. En aquella misma fecha —el año fue 1936— dio comienzo a uno de los conflictos más crueles del pasado siglo XX: la Guerra Civil Española, que duró casi tres años y arrastró, en un caudal de violencia cuyas huellas y heridas todavía perduran, centenares de miles de vidas. Se ha escrito mucho sobre ese conflicto y casi siempre se ha hecho con una tendencia ideológica, ya se hable de un Arthur Koestler («Dialogue with Death»), un Georges Bernanos («Les grands cimetières sous la lune») o un André Malraux («L’espoir»). Pero entre un verdadero cúmulo de obras que han abordado el tema, rescato sin asomo de dudas la torrencial tetralogía de José María Gironella, integrada por «Los cipreses creen en Dios» (la preguerra), «Un millón de muertos» (la guerra), «Ha estallado la paz» (posguerra inmediata), y «Los hombres lloran solos» (posguerra tardía).

         Quien no haya leído esa obra monumental de Gironella, debería tomar la sana previsión de hacerlo con urgencia. Posiblemente no llegue a los dos libros finales, pero cuando menos debería leer «Los cipreses creen en Dios» y «Un millón de muertos», que muestran aquel conflicto despiadado en toda su descarnada dimensión, a través de los ojos y las experiencias vitales de una familia de la ciudad catalana de Gerona, los Alvear. Sería imposible comentar tamaño despliegue literario en tan poco espacio, pero destacaré cuando menos tres cualidades que impresionan en la obra de Gironella sobre la Guerra Española y que, para decir verdad, no son comunes en la gran mayoría de quienes han escrito sobre el tema.

         La primera cualidad, es riqueza argumental. Gironella pretendió abarcar un conflicto de tremenda complejidad a través de un cúmulo de personajes muy humanos y absolutamente auténticos, cada cual con su óptica particular. Que lo haya conseguido, es de por sí una proeza literaria. La segunda cualidad, es ausencia de maniqueísmo. En esas páginas torrenciales no se encontrará —como es casi de rigor— la confrontación entre «los buenos» y «los malos», sino entre dos bandos que se encontraron en pugna por culpa, eso sí, de sus irreconciliables posturas ideológicas… Cada cual con sus razones y métodos, pero todos con indiscutibles virtudes, remarcados defectos e inevitables errores humanos. Con respecto a tamaño ejercicio de equilibrio e imparcialidad, el mérito se agiganta si se tiene en cuenta que Gironella escribió y publicó los primeros libros de su formidable  tetralogía en pleno régimen franquista, esquivando muchas veces la censura.

         Y la tercera cualidad que anoto en esos libros, sobre todo los dos primeros, es el desenlace… Al decir así, me estoy refiriendo al párrafo (o párrafos) que pone punto final en cada historia, pero muy especialmente al que se puede leer en «Un millón de muertos»… En pocas obras literarias he leído desenlaces tan impresionantes y a un mismo tiempo lacónicos. Gironella tenía un arte especial, el cual le permitía rematar unas historias de impresionante grandeza con el contraste de una brevedad que, en y por sí misma (y paralelamente, en su concepción general), incluía un subtexto estremecedor, tremendista. Y vuelvo con el ejemplo de «Un millón de muertos». Tras ese torbellino de emociones y tragedias, después de aquel baño de sangre y del panorama global de una pugna titánica, que fue antesala y campo de entrenamiento para los horrores superlativos de la guerra mundial que acechaba su turno macabro, Gironella sitúa su desenlace en el escritorio del Generalísimo Francisco Franco, quien a pesar de un estado gripal se encontraba trabajando. Es el instante preciso en que un asistente llega, para entregarle el histórico parte de operaciones que dio final a la guerra: «…En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, las tropas nacionales han alcanzado los últimos objetivos militares. La guerra ha terminado…». Franco no se inmuta en lo más mínimo. «Está bien, muchas gracias», dice. Y continúa su trabajo, como si nada hubiera pasado. Cada vez que vuelvo a leer ese final, me quedo una vez más privado de aliento.

© Fernando Pintos para Informe Uruguay

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