Para quienes nos leen habitualmente, o aquéllos que nos siguen en el programa radial de los días sábados, hora 12.00, en Radio Continente y que no pertenecen profesionalmente a nuestra Institución, pueden parecerles reiterativos los temas en qué incursionamos con nuestras opiniones y más de uno, desprevenido o por desconocimiento hasta puede encontrarnos imbuidos de un autismo corporativo que sólo se preocupa de las circunstancias comúnmente adversas en que se desarrolla el ejercicio de nuestra profesión en este comienzo de milenio y eso está alejado de la realidad social, política y económica que hoy nos toca vivir.
No sólo como integrantes activos o en situación de retiro, sino ya como simples ciudadanos que fieles a su tiempo, a sus orígenes, a su destino de país chico con Patria Grande, donde esa realidad que todo lo condiciona, nos toca de cerca y más aún, nos hace protagonistas privilegiados, porque, para bien o para mal, somos parte importante de la historia que nos atrapa en este presente que avizoramos cada vez más dificultoso, sin voluntad política para comenzar a saldar esa deuda social que se mantiene desde hace décadas con los Policías, a quienes se les exige la mayor ofrenda que se puede entregar en casos límite: su propia vida.
Deuda ésta que va más allá del simple reconocimiento por parte de una sociedad que no ha participado, salvo raras excepciones, para que una organización llamada Policía Nacional obtenga los recursos básicos imprescindibles para llevar a cabo su misión en condiciones óptimas, en un mundo globalizado, en un continente con expresiones diversas en sus modelos de gobiernos, con un pasado lleno de heroicidades y también de mezquindades, en una región con alteridades en la distribución del ingreso y con una delincuencia cada vez más ensoberbecida, mejor armada, con recursos financieros, económicos y hasta con un aparato de inteligencia que carcome los Estados, que todo lo erosiona.
Nuevamente, -como siempre-, nos encuentra clamando por recursos, por mejores salarios, por mejores posibilidades de salud y educativas, no sólo para el policía, sino, -y lo más importante-, para el resto de su familia, en particular sus hijos y nietos, junto a otros hijos y nietos de tantos trabajadores y trabajadoras, ya que son nuestro mejor capital social y humano.
Con respecto a los recursos ese clamor ya es un grito en el silencio de tantos interesados en que no lleguen, creyendo, equivocadamente, si es de buena fe, que es para comodidad de esos Policías, que son ciudadanos con calidad de funcionario público pero que viven bajo sospecha, en una casa de cristal.
» Arriba